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EL JARRÓN CHINO

Llorando en Jerusalén

Les confieso que desde que puse el pie en el Museo del Holocausto comencé a sufrir como pocas veces en mi vida. Pero, en ese momento, de pie sobre suelo real del gueto de Varsovia perfectamente recreado, mirando a los ojos de esos niños inocentes atrapados en esa ratonera de odio, comencé a llorar

Por MANUEL AGUILERA

La secuencia es en blanco y negro pero tan conmovedora que parece que esté sucediendo realmente a tiempo real delante de nuestros ojos. Una niña pellizca a otro niño en la mejilla suavemente, con la delicadeza que demuestra que el pequeño es su hermano. Pero ese pequeño ángel nunca despertó. La escena fue grabada hace 75 años en el gueto judío de Varsovia, un pequeño reducto de viviendas donde los nazis arrinconaron a los judíos de la capital tras la ocupación de Polonia.

Eran tan lamentables las condiciones del hacinamiento, el frío, la falta de higiene y sanidad y el hambre, que la muerte salpicó la cotidianeidad de una forma tan cruda como la que pude contemplar en el video de los dos hermanitos, que forma parte de los materiales históricos y artísticos que componen el Yad Vashem Holocaust Memorial de Jersusalén.

Tuve la oportunidad de visitarlo este viernes junto con el grupo de comunicadores que hemos viajado a Israel esta semana dentro de un programa que organizan el Project Interchange y AJC.

Hilda, la fantástica mujer que nos guió por este necesario viaje a las tinieblas, nos reveló cómo la mismísima Angela Merkel, la primera ministra alemana, quedó absolutamente impactada por el recorrido pero en especial por la escena de la niña intentando volver a la vida a su hermanito. Tal fue el grado de conmoción para Merkel que ese año retiró una iniciativa de su país para la candidatura a los premios Príncipes de Asturias y favorecer así -como finalmente sucedió- que el Museo del Holocausto de Jerusalén obtuviera el prestigioso reconocimiento en España.

Les confieso que desde que puse el pie en el Museo del Holocausto comencé a sufrir como pocas veces en mi vida. Pero, en ese momento, de pie sobre suelo real del gueto de Varsovia perfectamente recreado, mirando a los ojos de esos niños inocentes atrapados en esa ratonera de odio, comencé a llorar. Primero pensé en mis hijos, en lo mucho que les quiero y agradezco que no tengan que sufrir un momento y un lugar tan catastróficos como en el de este fragmento de película que se ha conseguido conservar. Pero continué llorando mientras cruzaba el monumento homenaje al millón y medio de niños judíos que fallecieron en la Segunda Guerra Mundial a causa de los nazis. En una sala pueden verse las caritas inocentes y felices de muchos de ellos, ajenos a la tragedia que se avecinaba. En el cuarto contiguo, a oscuras, una voz repite uno a uno sus nombres. Mientras escribo esto sigo llorando por el niño al que su hermana pellizcaba en la mejilla y nunca despertó.
Lo peor del Holocausto no fue la maldad de los nazis, fue la pasividad del resto del mundo que miró hacia otro lado. Tristemente no podemos estar seguros de que algo tan execrable como el Holocausto no volverá a producirse. Así que comprometámonos a no mirar hacia otro lado.

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