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PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

Mis amigos literarios

MADRID.- Es hora de decirlo: estás perdiendo el tiempo leyendo toda esa basura que brilla en el escaparate de la librería, que reluce en las listas de ventas como fuegos artificiales.

Por ITXU DÍAZ

MADRID.- Soy un tipo extraño. Que me alegro de los éxitos ajenos. Que celebro cuando mis amigos publican buenos libros y firman buenos artículos en la prensa. Que recomiendo con insistencia el trabajo de otros periódicos, de otros diarios, de otros autores, incluso desconocidos, sin necesidad de mirarles antes el cuño ideológico que llevan oculto en el brazo para ver si son de los míos o de los otros. Tampoco sé muy bien quiénes son los míos, por tanto desconozco quienes son los otros. A veces me siento un poco extraterrestre, porque no me hacen feliz los fracasos de los demás por el mero hecho de disfrutar con el mal ajeno, pasatiempo estrella en estos mundos digitales que habitamos.

Tengo la suerte de contar entre mis amigos con algunos de los mejores escritores del momento. Quizá aún no los hayas descubierto. Es hora de decirlo: estás perdiendo el tiempo leyendo toda esa basura que brilla en el escaparate de la librería, que reluce en las listas de ventas como fuegos artificiales. Mira un momento hacia España, si es que en este mundo globalizado aún pueden existir fronteras literarias. Y si no has leído a Ignacio Peyró, si no has leído a Kiko Méndez-Monasterio, igual que si no has leído a Jorge Bustos, a Manuel Jabois, a Enrique García-Máiquez, o a David Gistau, puedes estar seguro de que te estás perdiendo tu siglo literario. Lo mismo puedo decirte de la televisiva Marta García Bruno, -cultura, inteligencia, y gran estilo- el último de mis felices hallazgos literarios, de Begoña Marín –a la que leo menos de que lo desearía-, del aún desconocido Mario Crespo, del viejo faro de redacción Carlos Esteban, o de la periodista cubana Dania Ferro, ilustre compañera de columna en nuestro DIARIO LAS AMÉRICAS.

Me gustan los libros viejos. Me gustan los grandes autores de hoy. Y celebro muchísimo que leas y releas a Neruda, cada uno elige su propia tortura. Pero las mejores letras hispanas del momento no están hoy –como nunca han estado- bajo el foco de los centros comerciales, sino en los rincones perdidos de los periódicos insospechados, en las revistas para amantes de los libros, y en los posavasos de bares de la peor calaña. Madrid es todavía una enciclopedia universal de estos antros literarios, aunque siempre nos quedará también el romanticismo de la plaza veneciana de San Marcos, la crema intelectual de los cafés de París, o los miles de manuscritos secretos de Buenos Aires.

Hubo en España una generación de satíricos sobresaliente. De todos los colores y disciplinas literarias y artísticas, y coincidentes en una sola cosa: su afilado e inteligente sentido del humor. A muchos los hemos perdiendo para siempre -¡vuelve Campmany!-, a otros simplemente los hemos ido olvidando. Levanta con orgullo la antorcha –no sé si es la más afortunada de las metáforas-, aún en plena forma, mi amigo Alfonso Ussía. Con su columna diaria en La Razón, y sus desternillantes memorias del Marqués de Sotoancho, que vuelven ahora por Navidad. Y hay que buscar en el dobladillo de cierta prensa, el talento de alguno de los más brillantes continuadores de la tradición satírica española. Ahí nos encontramos a mi compadre Javier Quero, amigo del alma, admirado y reído, dentro y fuera de sus columnas. “El de las palabras”, aún le dicen las viejitas por la calle, por su increíble habilidad para retorcerlas y jugar con ellas. Me refiero a las palabras. También hereda con gran clase la coña marinera Pablo Molina, y los satíricos del verso más brillantes del momento: Juan Bosco, Fray Josepho y Monsieur de Sans-Foy. Y en honor a la verdad, y al equilibrio ideológico de mi selección de hilarantes autores, también debería citar al querido y viejo cabrón Joaquín Sabina y sus sonetos.

Niños y mayores, antes talentosos que ideológicos, populares o prácticamente desconocidos. Los que cito y los que me he dejado en el tintero hoy. Son mis amigos literarios, a veces, mis talismanes, otras. De ellos aprendo, plagio, y presumo. De ellos me enorgullezco. Y ellos, siempre que los recomiendo en alguna columna, no dudan en celebrarlo invitándome a varias copas de ron caro, en lo que resulta una suerte de soborno literario al que casi siempre soy receptivo. Que los cite tan a menudo se debe a su talento, no a mi afición a no pagar en los bares.

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