viernes 3  de  julio 2026
OPINIÓN

La cleptocracia no sabe de muertos

Un análisis minucioso y normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia

Diario las Américas | ASDRÚBAL AGUIAR
Por ASDRÚBAL AGUIAR

Le escucho decir a Cayetana Álvarez de Toledo, historiadora de formación, de inteligencia zahorí y no sólo parlamentaria española de fuste, que la cuestión compleja por la que atraviesa hoy Occidente - mirándosela desde el laboratorio venezolano - es algo que trasvasa a la cuestión ideológica de derechas o de izquierdas. Supera a las formas de configuración del poder dentro del Estado: dictaduras vs. democracias o democracias formales o autoritarismos electorales que vacían de todo contenido al Estado constitucional de Derecho. El asunto es más ominoso, pues se trata de la corriente confiscación, corrupta y utilitaria, del poder en abierta pugna con las leyes más elementales del decoro o la decencia humana. Media, en efecto, un dilema moral a la vez que antropológico. Es la cleptocracia que se hace presente para cosificar toda expresión de dignidad humana, mientras sus víctimas - valorando aún más sus derechos elementales luego de perderlos - se aferran a las leyes de humanidad.

Algún escritor señala que los griegos no discernían sobre la cleptocracia. Se trataría de una noción moderna. Pero leo a Samuel James (El robo de las naciones, 2024), a cuyo tenor no se trata simplemente de la corrupción dentro de un gobierno sino de “una enfermedad sistémica en la que la propia arquitectura del Estado facilita el enriquecimiento de la élite gobernante a expensas de la nación”. Evoca los fenómenos de corrupción desenfrenada en la Roma antigua, bajo Calígula y Nerón, el caso de algunas de las monarquías medievales y el saqueo durante la colonia.

Hago presente, para mis adentros, que la memoria de Venezuela quedó sellada con la criminalidad expoliadora de la familia Welzer, integrada por banqueros y comerciantes de Augsburgo, Alemania, durante el siglo XVI, precisamente entre los años 1528 a 1556; una paradójica elipse de tiempo similar a la que aún padecemos los venezolanos desde 1999, año marcado por la tragedia de Vargas y sus miles de muertos. Hasta que en este 2026, la parca, ayudada por la cleptocracia reinante otra vez se ceba con el fatal destino del llamado Estado La Guaira. Decenas de miles, entre muertos, heridos y desaparecidos alimentan al registro fúnebre.

Dice el autor citado que los siglos XX y XXI son testigos mudos en la evolución de las prácticas cleptocráticas tras la sofisticación de los métodos para el ocultamiento, el lavado y la multiplicación de las ganancias mal habidas, una vez como capturan al Estado y desmontan, para tal finalidad, sus instituciones. De donde precisa - y es la clara radiografía que nos deja a los venezolanos el doble terremoto del pasado 24 de junio - que, a diferencia de la corrupción como expresión de avaricia individual y oportunista, o del robo de una porción del pastel o botín oficial, acontece un desvío sistémico que distorsiona todo el sistema económico y político “para asegurar un flujo continuo de recursos” hacia los propios bolsillos de los cleptócratas en ejercicio.

Desmaterializada así y a propósito la república y pulverizada como termina siempre la nación - volvamos al caso nuestro, el de Venezuela - de suyo emerge el “estado cleptocrático” como vehículo para el beneficio privado de los gobernantes cleptocráticos en defecto del Estado de servicios. Y la ley, entonces, se vuelve “herramienta de saqueo y escudo para la élite corrupta”. Luego emerge la “infraestructura de la ofuscación”, a saber, las redes de empresas fantasmas o conchas que con sus capas de secretos ocultan a los beneficiarios finales, los paraísos fiscales, los fideicomisos, armados todos por escritorios de abogados trasnacionales reconocidos, contadores y agentes de registro de empresas especializados en la opacidad de las estructuras que forjan para integrar los beneficios de la cleptocracia al mundo de la economía lícita.

Tras los terremotos, insisto, Venezuela ya muestra de modo palmario la radiografía de esa desviación o enfermedad que hace metástasis. Explica, sin justificarla, la ausencia criminal de los militares durante la hora nona, pero que está encontrando admirable reparo - para bien del futuro del país - desde un emergente, envolvente, resiliente y valeroso espíritu civil y ciudadano.

La explicación que nos da el finado Piero Calamandrei, que vivió en carne propia y como testigo la experiencia del fascismo italiano y escribe sobre el régimen de la mentira (Il regime della menzogna, 2014), ni siquiera calza o basta ante esta otra experiencia actuante de la cleptocracia. Decía el eminente jurista italiano que aquél régimen era algo más turbio que la ilegalidad, pues es simulación de la legalidad, engaño legalmente organizado a la misma legalidad; de donde surgió el “gobierno de la indisciplina autoritaria, de la legalidad adulterada, de la ilegalidad legalizada, del fraude constitucional”. Mas al cabo, bajo la dictadura de Benito Mussolini el Estado y sus actores eran políticos, existían, aun cuando manipulasen el lenguaje para darle a las palabras de la ley significados acomodaticios o diversos, según fuese su avieso propósito.

Miedo a lo incorruptible

La cleptocracia desafía, atropella sin miramientos, no finge, es descarnada y soez, sólo se mira a sí desde su óptica cleptocrática y utilitaria con desprecio de la fraternidad que emerge en los momentos de dolor y tragedia compartidos. La solidaridad, la empatía, el acompañamiento leal son abiertamente burlados. Por lo que la cleptocracia, ajena a todo encuadramiento social y político y asimismo humano, no podía encontrar un rostro más acabado que el ofrecido por el funcionario judicial que se aprovechaba de la catástrofe para robarse el dinero de los cadáveres en La Guaira. Es el rostro igual del ministro que ante las cámaras de televisión ordenaba confiscar las donaciones y ayudas recolectadas por cada víctima y sus familiares para apoyar a las otras víctimas y sus familiares o vecinos. O que les cerraba el paso a los rescatistas urgidos de salvar vidas durante la emergencia.

Es la misma maldad trágica del ser humano corrompido por la hybris (la soberbia); esa que, desde el palacio que ocupa a distancia de los mortales Delcy Rodríguez - sin meter las manos en el lodo ni manchárselas con la sangre que brota de los escombros - se limita a ofrecer celebraciones y otorgar condecoraciones a los cooperantes venidos desde lejanas tierras, mientras crece y se expande la catástrofe que apenas muestra sus dientes en Venezuela.

Sólo se entiende de tal modo lo incómoda que le resulta a la cleptocracia venezolana y a quienes la endosan desde el exterior la figura de María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz. Y al mencionarla no cedo a la baja manipulación de quienes, para beneficio de la cleptocracia, alegan lo imperdonable de usar a la tragedia para propósitos políticos; sobre todo, por cuanto al cabo lo que buscan es eludir o encubrir las responsabilidades políticas y penales de quienes, por acción y por omisión, agravaron y han hecho más destructivos los efectos devastadores del doble terremoto.

No media en esto una cuestión de poder por el poder, antes bien, queda al desnudo la oposición irresoluble, de imposible sincretismo, entre quienes abogan por la defensa de la moral y las leyes de humanidad, consustanciados con la “institución invisible” de la confianza entre quienes sufren, y los practicantes de la cleptocracia. He allí, justamente, la élite política, académica y empresarial, los zapateros empeñados en normalizar la venalidad y encontrar, usando del terremoto duplicado, una vía expedita para la purificación de sus complicidades y colusiones. Es como si quisiesen, demonizando a la Nobel de la Paz, vertebradora del sosiego colectivo, forjar un derecho al olvido o la desindexación de quienes, apalancados con los dineros de la cleptocracia o gozando de sus licencias, levantaron edificios de utilería en el litoral marítimo que, al caer, se engulleron a millares de inocentes.

Enhorabuena, la fatalidad está mostrando en paralelo el rostro auténtico de la nación que somos, la real y no trucada, que es digna, empática, amigable, y que resoluta se empina por sobre el mal absoluto del abuso oficial y de la indolencia, y cubre la ausencia imperdonable de los ciudadanos de uniforme; esos “Carujos” que desafiaron la civilidad del rector Vargas en 1835 y que ahora ocupan el territorio lacerado de la patria en calidad de expoliadores. No la aprecian como tal y la han violado a mansalva. Hacen parte de esa pequeña legión de malos hijos, unos 2.000 generales, tal como los describía desde su circunstancia de exiliado el poeta Andrés Eloy: “A Venezuela el hijo bueno se le muere afuera, y el hijo malo se le eterniza adentro”.

Sobre la emergencia decretada por la cleptocracia, ella no sorprende. Ha ordenado “ejecutar, o hacer ejecutar las requisiciones de bienes” indispensables para la población afectada. Antes que proveer al levantamiento de los escombros que urgía para salvar al mayor número de vidas, los comisarios del interinato se han creado otra ocasión para proseguir en su constante confiscatoria, sin solución de continuidad. Antes que producir el desalojo de las instalaciones militares cuya inutilidad es evidente y que resultan suficientes para paliar a los damnificados y atender a los heridos, optan por la ocupación mediante la fuerza de los terrenos y establecimiento privados, los muy pocos que restan sobre la geografía.

A propósito del gobierno de los ladrones, que en esencia y por naturaleza es depredador, el economista francés Philippe Naszályi (¿L’incompétence est-elle seulement de fruit de l’idéologie? Kakistocratie, cleptocratie et cacocratie, 2019) recuerda con cierta hilaridad lo que apropiadamente es y se ha de llamar «cleptocracia», a saber, donde el amiguismo de formación y la intercambiabilidad de las carreras hacen que, al gobernar los unos, se favorezca, mediante el robo de los fondos públicos a las empresas de los otros, todos amigos de promoción que han ido a «colocar sus posaderas» y que se mostrarán receptivos durante los cambios de poder” o cuando se vea amenazado.

¿Acaso le importara esto a la Casa Blanca?, es mi pregunta.

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