Roma. - El 7 de junio de 1926, un anciano de aspecto humilde fue atropellado por un tranvía en las calles de Barcelona. Nadie lo reconoció. Lo llevaron al hospital de los pobres, donde murió tres días después, el 10 de junio, con sus últimas palabras dirigidas a quien nunca lo había abandonado: “¡Dios mío, Dios mío!”. Solo cuando se supo quién era, la ciudad entera salió a las calles. Unas 30.000 personas acompañaron sus restos hasta la cripta de la iglesia que él mismo había comenzado a construir y que sabía que nunca vería terminada.
Antonio Gaudí, el arquitecto que buscó a Dios y encontró la eternidad
A cien años de su muerte, la figura de Antonio Gaudí, arquitecto de la Sagrada Familia y hombre de profunda fe, es celebrada.
Cien años después, el papa León XIV inauguró en esa misma basílica la Torre de Jesucristo: 172,5 metros de altura, el templo más alto del mundo. Ante una basílica abarrotada, donde se encontraban los Reyes de España, el presidente del Gobierno y el presidente de la Generalitat en primera fila, y miles de fieles siguiendo la ceremonia desde la calle, la historia cerró un círculo de cien años.
El genio que eclipsa al místico
DIARIO LAS AMÉRICAS conversó con Javier Muriel horas antes de que comenzara la misa solemne. Arquitecto técnico, especialista en patrimonio sacro, autor del libro El Secreto de Gaudí y uno de los estudiosos más reconocidos de la obra gaudiniana, Muriel conoce bien el problema de fondo: la genialidad arquitectónica de Gaudí eclipsa, casi siempre, su profundidad espiritual. Lo había dicho también días antes el secretario general de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Francisco César García Magán, en una misa conmemorativa celebrada en Madrid: “La popularidad de la obra de Antonio Gaudí suele dejar en segundo plano la vida de la persona; hoy sabemos que no es posible separar al genial arquitecto del gran hombre de fe”.
Muriel lo explica con precisión: “La Sagrada Familia es un ejemplo de arquitectura puesta al servicio de lo trascendente. Las personas no solo ven las maravillas de la obra, sino que también pueden llegar a contemplar y a trascender con ella”, dijo.
Pero, Gaudí no era simplemente un arquitecto creyente, era algo más raro y difícil de catalogar: "Era un místico. Igual que otros místicos, a través de los textos y las poesías, como Santa Teresa o San Juan de la Cruz, nos transmiten su experiencia espiritual, Gaudí es capaz de hacerlo a través de la arquitectura”. Y añade una observación que en el fondo lo explica todo: “La Sagrada Familia también le construyó a él”.
De hecho, la Santa Sede ha reconocido esa dimensión. El 14 de abril de 2025, papa Francisco promulgó el decreto de venerabilidad de Antoni Gaudí, reconociendo la heroicidad de sus virtudes. El arquitecto que vivió sus últimos años al costado de su propia obra, que rechazó nuevos encargos para concentrarse en la Sagrada Familia, que practicó ayunos tan rigurosos que en 1894 estuvo a punto de morir, es hoy Venerable Siervo de Dios.
Una cruz para alzar la mirada
Cuando se le pide a Muriel que señale el rincón de la Sagrada Familia al que más atención merece prestar, su respuesta no apunta a ninguna fachada en particular. Apunta hacia arriba: “Lo que hoy, cien años después de la muerte de Gaudí, podemos contemplar es la cima del templo. Esa cruz de cuatro brazos que es un símbolo gaudiniano: es una invitación a alzar la mirada, a mirar hacia lo alto, a mirar hacia Dios”.
No es una coincidencia menor que esa frase —alzar la mirada— sea también el lema del viaje apostólico del papa León XIV a España. Muriel lo señala con la satisfacción de quien encuentra en la historia una coherencia que nadie planificó: el arquitecto que construyó durante décadas una torre para invitar a mirar hacia arriba, y el papa que llega cien años después con la misma invitación.
La cruz que corona la Torre de Jesucristo está revestida de vidrio y de 15.000 piezas de cerámica esmaltada, para reflejar la luz del sol durante el día y ser iluminada por la noche. “Esta luz, que es Cristo, llega a todos”, dice Muriel. Y añade la dimensión que trasciende el edificio: “No solo nos invita a mirar hacia arriba, sino también al que tenemos al lado. A dejarnos transformar por la belleza que cada símbolo, cada pequeño elemento del templo contiene”.
Un detalle técnico que Muriel cuida de señalar dice mucho sobre el carácter de Antonio Gaudí: la Torre de Jesucristo mide 172,5 metros, el monte Montjuïc 173 metros. La diferencia de medio metro es deliberada, pues Gaudí “no quería ofender a Dios, no quería que la obra humana no superase la obra divina”.
Lo que el papa vio en el templo
Cuando León XIV entró en la basílica a las ocho de la tarde, lo que encontró no era un museo ni un monumento. Era, en sus propias palabras durante la homilía, “una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo”.
El interior de la Sagrada Familia —ese bosque de columnas arborescentes que emulan la naturaleza, esa luz de colores que cae desde los vitrales y transforma la piedra en algo vivo— hizo al papa detenerse en el hombre que lo concibió: “Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos ha propuesto una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros”, dijo en su homilía.
Luego, el agradecimiento a los artífices humanos de una obra que tardó más de un siglo en completarse: “Recordamos y damos gracias a todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz”. Y la lectura del edificio en clave contemporánea: “En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización”.
El cierre de la homilía reunió en pocas frases todo el peso de la jornada: “Mientras alzamos la mirada hacia Él, el Crucificado Resucitado, comprometámonos a levantar el rostro de quienes yacen en el polvo. Y demostremos así que la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en esta tierra de Cataluña, con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo”.
La lección del hombre que no quiso figurar
El dato biográfico más revelador sobre Gaudí no es ninguno de sus edificios. Es la escena de su muerte. El arquitecto más célebre de Barcelona llevaba en sus bolsillos apenas unas monedas, un rosario y el breviario cuando el tranvía lo atropelló. Nadie lo reconoció en la calle. Eligió morir en el hospital de los pobres.
Muriel lee esa paradoja sin nostalgia: “Él no quiso figurar, no quiso ser famoso. Él buscó a Dios y el resto llegó por añadidura. Este templo es el culmen de una vida dedicada a Dios. Increíble estar hoy aquí, en el centenario de Gaudí. Seguro que desde el cielo está cantando con los coros de ángeles”, expresó emocionado.
Tras la bendición de la Torre, un despliegue de luz y color envolvió la basílica y en el firmamento fue dibujado el rostro de Gaudí con drones de color rojo. Desde entonces, todas las noches, la cruz de cristal se enciende sobre Barcelona e inevitablemente alzaremos la mirada para recibir su luz, tal y como lo soñó el venerable Antonio Gaudí.
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