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CRÓNICA

Brexit: tres semanas después

"Dirijo un equipo de ingleses, en una organización inglesa, pero con negocios internacionales. Mis colegas, urbanos, profesionales, liberales, sin problemas con que su jefa sea yo, cubana con pasaporte español, todos ellos votaron para mantenerse en la Unión Europea"

LONDRES.-IRIS CEPERO*
Especial

Me preguntaron que creía del Brexit  y solo respondí: “un día triste y desesperanzador. Hasta tarde noche aún no lo creí posible. Ganó realmente Little Britain y perdió todo lo que hay de Great in Britain. La respuesta, concisa, llena de frustración y dolorosa, significaba exactamente incredulidad. No tuve tiempo ni ánimo para elaborar más. El resultado del voto del pasado 24 de junio mostró un país decidido por la separación, el aislacionismo, la falta de solidaridad, y no el país integrador, abierto, globalizador, pragmático y solidario que también es. No el país en el que he vivido la última década de mi vida y al que admiro y quiero profundamente.

Salí de viaje el día siguiente al referéndum. Cuando a las cinco de la mañana sonó la alarma y miramos las noticias en el teléfono, -habíamos estado siguiendo los reportes de varios condados hasta alrededor de las 2 de la madrugada- no podía creerlo. Mi amigo me repetía, “ganó el Brexit” y yo decía que era muy temprano para chistes de mal gusto. Tres horas después, sentada en un avión a punto de partir de vacaciones, nosotros y un grupo de pasajeros, oímos el discurso de renuncia de David Cameron. Sí, el mismo primer ministro que en un innecesario acto de vanidad e irresponsabilidad convocó a un referéndum creyendo absolutamente que ganaría.

Esa mañana los pocos ingleses del vuelo se miraban estupefactos y decían no entender nada. Yo tampoco. El avión despegó y cuando cinco horas después hicimos el primer cambio de libras esterlinas a rublos en San Petersburgo, Rusia, mi dinero inglés había dejado de valer ya cinco puntos y se precipitaba hacia su más estruendosa caída en décadas.

Cuando volví a Londres dos semanas después -durante las cuales cada día una nueva mala noticia hacía los titulares, y hubo que hacer un esfuerzo para que el extraordinario viaje a Rusia no se dañara por la necedad del Brexit-,  la llegada fue tan normal como cualquier otra: las mismas vistas hermosas antes de aterrizar, las mismas colas en el aeropuerto para pasar el control de pasaportes, los mismos mil tipos distintos de caras y pelos y burkas y grelos, el mismo metro con su relativa eficiencia y las mismas calles del barrio, con la misma gente llevando su vida de cada día. Como si nada hubiera pasado.

Entonces y hoy nada delata, a primera vista, la profundísima crisis política que esta generación británica enfrenta. En apenas unos días los incitadores de la campaña del Leave, todos abandonaron el proyecto. Fue claro que nadie, ni los que prefieren abandonar ni  los que hicieron campaña para quedarse tenían ningún plan previsto en caso de que el país votara por la separación; los que no votaron o dicen que fueron engañados, demandaron un segundo referéndum; los más soñadores pidieron al gobierno no aceptar el resultado del referéndum (constitucionalmente el gobierno no está obligado a aceptarlo); las aspiraciones independentistas de Escocia e Irlanda del Norte se envalentonaron; los racistas empezaron a ensayar sus actos criminales creyendo que el voto les daría impunidad; muchos de los que votaron de un lado o del otro se lanzaron a Google a buscar que es exactamente la Unión Europea y qué significa en sus vidas;  alguna gente de los pueblos que votaron mayoritariamente para irse de Europa, se despertaron para descubrir que muchos de los mejores proyectos e instituciones en sus respectivas aldeas son subsidiados con dinero europeo. Como escenario de fondo, el Partido Laborista se tira los trastos a la cabeza con más rencilla que nunca antes, viviendo su más profunda crisis de liderazgo en décadas.

En medio de la desesperación de tantos, o sea, de casi la mitad del país, no ha faltado humor: “Si tuviéramos buen tiempo, seríamos una república bananera”.

Como resultado de todo esto hoy tenemos una nueva primera ministra por la que nadie votó (uno de los puntos de los brexiteers era la falta de democracia de la UE) y un gabinete más aún a la derecha que el anterior – eso parecía difícil de lograr, pero es muy posible como demuestran los nombramientos- y en el que, si no fuera tan patético y peligroso, daría risa tener un secretario de Exteriores cuya mayor  virtud personal y profesional es trabajar para trastornar las relaciones internacionales del Reino Unido, insultando a cuanto país y persona tiene delante.

Aunque sorpresivo para todas las partes, políticos y gente de a pie, leavers y remainers, el voto es, tristemente, la más clara expresión del país, o mejor puesto, de los dos países que conviven bajo el mismo nombre: el liberal, globalizador, multirracial, multisexual, joven, urbano, multilingüe, rabiosamente orgulloso de ser multi-todo y todos los etcéteras imaginables; y el otro que se duele, desaprueba y sobre todo teme y se resiente de lo que esa otra parte significa.

La más triste de todo este proceso que comienza ahora es que para quienes votaron Leave pero realmente votaron en protesta contra la pobreza en tantas zonas del país, la salida de la Unión Europea les traerá aún más miseria durante los próximos años y décadas; los que lo hicieron contra el status quo, vivirán para confirmar que quienes los embarcaron en la campaña de abandonar la UE seguirán, cínicamente, vacacionando en el sur de Francia, manteniendo su segunda casa en el Algarve y yendo fines de semana a Copenhague y Estocolmo, tal como hacen ahora. Como en todas partes, los ganadores y perdedores son siempre los mismos.

Mientras toda la derecha mundial, de Trump a Marine Le Pen, siguen bebiendo champán por la metedura de pata de los británicos, se podría hacer la larga lista de consecuencias que traerá y ya se están viendo en todas y cada una de las industrias, en todos y cada uno de los aspectos de la vida diaria. Desde la caída de la libra, cuánto podrían aumentar los precios de servicios, hasta el costo monetario y de tiempo de toda la burocracia estancada en mesas de negociaciones y papeles para poder transitar de un país comunitario a uno que no lo es de la mejor manera posible y luego rehacer cada tratado, cada negociación.

No veo al actual gobierno, ni a los por venir, teniendo tiempo para otra cosa que no sea lidiar con la transición post Brexit. Si alguna vez llegaran a verse algunos resultados ventajosos –en términos prácticos-, por ejemplo, de aquí a dos décadas, para entonces la mayoría de los que votaron la salida (la gente más vieja y rural) no podrán disfrutarla, mientras sus hijos y nietos viven las consecuencias.

Dirijo un equipo de ingleses, en una organización inglesa, pero con negocios internacionales. Mis colegas, urbanos, profesionales, liberales, sin problemas con que su jefa sea yo, cubana con pasaporte español, todos ellos votaron para mantenerse en la Unión Europea y ahora se mezan los cabellos, metafóricamente porque son ingleses y primero muertos que mostrar emociones.

Aunque aún estamos en medio de la incertidumbre, nadie se imagina un escenario en el cual el Reino Unido pueda prescindir de los casi tres millones de europeos que viven aquí y trabajan en todas las industrias y todos los puestos. Nuestro futuro aquí seguramente pasará por regulaciones y se hablará   de nosotros en las mesas de negociaciones, y seremos calculados en libras y penique a penique, y no siempre como individuos en algunos círculos: la primera ministra nos considera “una carta de negociación”.

Más allá de todos los argumentos que pueda dar de por qué es mejor ser parte del más exitoso proyecto de integración jamás alcanzado en cualquier parte del mundo, más allá de sus múltiples deficiencias, de por qué una sociedad integradora es mejor que una aislacionista, de por qué los problemas del mundo que son globales se resuelven entre partes y no por separado, de por qué solidaridad debe seguir en el diccionario, mucho más allá de mi ideología, si nada de eso influyera en mi opinión, aun así pensaría que es una decisión necia, y que quienes determinaron ese voto comprometieron el presente  y el futuro de sus hijos y nietos.

El país al que yo vine a vivir y al que sigo admirando con cada célula de mi cuerpo ha empezado a moverse hacia otra parte, no precisamente hacia todo lo que hace Great a Britain.

*Iris Cepero es una periodista cubana, residente en Londres. Es la autora del blog Viajes de una guajira

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