En pocos días, Estados Unidos celebrará unas elecciones de medio término que podrían alterar considerablemente el equilibrio político del país y, por extensión, del mundo. Mientras tanto, Europa atraviesa una etapa de profunda incertidumbre, con protestas en Francia, tensiones migratorias en Alemania y el Reino Unido, una crisis de vivienda en Irlanda y un creciente descontento con el rumbo económico y político del continente. En América Latina también presenciamos cambios importantes, desde el experimento de Javier Milei en Argentina hasta la segunda vuelta presidencial en Brasil.
El espíritu de Occidente
La crisis de una civilización que ha dejado de admirarse y el papel de las Américas en su renovación
A estos cambios se suman el envejecimiento de la población en buena parte del mundo, la inflación, los conflictos internacionales, las dificultades para acceder a una vivienda y una revolución tecnológica impulsada por la inteligencia artificial. Son problemas distintos, con causas complejas y consecuencias difíciles de predecir, pero ocurren al mismo tiempo en sociedades de todo el mundo.
Mi hipótesis es que buena parte de las tensiones actuales son manifestaciones de un conflicto más profundo. Occidente atraviesa una crisis de identidad y confianza que va más allá de sus dificultades económicas o políticas. Estamos presenciando una batalla por determinar qué significa ser occidental, cuáles valores e instituciones merecen ser preservados y, más importante aún, si todavía somos capaces de admirar y amar la civilización que hemos heredado.
Quid est Occidens
Para comprender este conflicto, primero debemos preguntarnos qué es Occidente. Aunque existen distintas interpretaciones históricas y filosóficas, una manera particularmente útil de comprender sus fundamentos es a través de tres ciudades: Jerusalén, Atenas y Roma.
De Jerusalén heredamos buena parte de nuestra tradición moral judeocristiana, incluidas las ideas sobre la dignidad humana, la responsabilidad individual y la relación entre el ser humano y una autoridad moral superior. Atenas aportó la filosofía, el pensamiento racional y la búsqueda del conocimiento mediante el cuestionamiento y el debate. Roma desarrolló instituciones, tradiciones jurídicas y conceptos de ciudadanía que continuaron influyendo en la organización política europea durante siglos.
Estas tradiciones se transformaron y combinaron a través del cristianismo, el Renacimiento, la Revolución Científica, y la Revolución Industrial. De allí, surgieron muchos de los principios que hoy asociamos con Occidente: el Estado de Derecho, la libertad individual, la propiedad privada y una extraordinaria capacidad para generar conocimiento e innovación.
El físico y filósofo David Deutsch desarrolla esta idea en su libro The Beginning of Infinity. Las sociedades capaces de progresar continuamente son aquellas que permiten cuestionar sus propias ideas, identificar errores y producir mejores explicaciones sobre el mundo. Esta tradición de crítica y corrección constituye, en mi opinión, una de las características más extraordinarias de Occidente.
Su historia también contiene errores e injusticias, pero debemos evitar compararla con sociedades utópicas que jamás han existido. La esclavitud, por ejemplo, fue practicada por numerosas civilizaciones. También fue dentro de Occidente donde surgieron algunos de los movimientos abolicionistas más influyentes, capaces de convertir su erradicación en una causa moral, política y jurídica. La capacidad de una civilización para reconocer errores y transformarse debe formar parte de cualquier evaluación seria de su legado.
En mi artículo anterior sobre sistemas, poder y teoría de juegos expliqué cómo parte del orden económico moderno evolucionó desde las innovaciones comerciales y financieras de los Países Bajos hacia el Imperio británico y, posteriormente, Estados Unidos. Cada potencia heredó instituciones de la anterior, las transformó y las llevó a una escala superior.
Occidente tampoco puede entenderse únicamente como una región geográfica. Japón y Corea del Sur conservan culturas distintas de la europea, pero han adoptado importantes instituciones occidentales y forman parte de su sistema de alianzas. América Latina, por su parte, es heredera directa de la tradición ibérica, el cristianismo y las instituciones que llegaron con España y Portugal, posteriormente transformadas por nuestra propia historia.
Conocer los orígenes nos ayuda a responder ¿Quid est Occidens?, ¿qué es Occidente? Comprender su legado nos obliga a formular otra pregunta: ¿Quo vadis, Occidens?, ¿hacia dónde vas, Occidente? Para responderla, conviene recordar el mundo que hemos heredado y preguntarnos qué estamos haciendo con él.
Amor fati y amor propio
Durante el siglo XX, Europa estuvo cerca de destruirse a sí misma en dos ocasiones. En 1945, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el continente estaba devastado y Estados Unidos emergió como la principal potencia económica, militar y política del mundo occidental. Bajo su liderazgo comenzó la reconstrucción europea y se estableció buena parte del orden internacional que conocemos hoy.
Durante las décadas siguientes, Occidente experimentó uno de los períodos de mayor crecimiento y prosperidad de la historia moderna. La generación que hoy conocemos como baby boomers creció, en buena parte de estas sociedades, dentro de un entorno de oportunidades extraordinarias. Millones de familias pudieron comprar viviendas, acceder a la educación universitaria, desarrollar carreras profesionales y acumular más riqueza que sus padres.
Ese modelo comenzó a enfrentar problemas durante los años setenta, cuando la inflación y el estancamiento económico pusieron en duda muchas de las premisas dominantes. Margaret Thatcher y Ronald Reagan impulsaron posteriormente una mayor confianza en los mercados y la iniciativa privada. La caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética parecieron confirmar el triunfo definitivo del modelo occidental, dando paso a una etapa de globalización acelerada que transformó profundamente las economías del mundo.
Hoy experimentamos algunas de las consecuencias de esas transformaciones. La crisis financiera de 2008, la pandemia, el regreso de la inflación y las dificultades para acceder a la vivienda han debilitado la confianza de muchos ciudadanos en un sistema que sus padres consideraban una fuente casi garantizada de progreso.
El problema es particularmente complejo en Europa. Sus sociedades envejecen, las tasas de natalidad permanecen bajas y los sistemas de bienestar enfrentan presiones crecientes. Muchos ciudadanos desean mejores servicios públicos, menos impuestos, mayor crecimiento económico, viviendas accesibles y políticas migratorias más restrictivas, todo al mismo tiempo. Pero los recursos son limitados y las decisiones económicas tienen consecuencias. Una sociedad no puede prometer beneficios indefinidamente sin responder quién los financiará. Tampoco puede resolver sus problemas demográficos mediante la inmigración sin ocuparse de la integración cultural de quienes llegan.
A estas dificultades se suma una crisis de confianza en las propias tradiciones. Europa, que durante siglos fue el centro de la civilización occidental, se ha vuelto considerablemente más secular y tiene cada vez más problemas para explicar cuáles valores espera que compartan sus ciudadanos. Cuando una sociedad deja de saber qué representa, también se vuelve más difícil exigir a quienes llegan que respeten y adopten sus principios fundamentales.
Pero hay algo importante que estamos perdiendo de vista. El mundo que hemos heredado, con todas sus dificultades, es extraordinario. Vivimos más años, disfrutamos de avances médicos y tecnológicos impresionantes y contamos con libertades y oportunidades que la mayoría de nuestros antepasados jamás conoció. Deberíamos estar profundamente agradecidos por esa herencia.
Eso no hace menos reales los problemas actuales. Las dificultades para acceder a una vivienda, el estancamiento económico y la inmigración exigen soluciones inteligentes y decisiones difíciles. Cada sociedad enfrenta sus propios desafíos, pero detrás de las protestas de París, las tensiones políticas en España e Italia y los enfrentamientos que observamos en Estados Unidos aparece también una batalla por determinar qué significa ser occidental y qué aspectos de nuestra civilización merecen ser preservados.
En febrero de este año, durante la Conferencia de Seguridad de Múnich, el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio pronunció un discurso sobre la historia compartida entre Europa y Estados Unidos y la necesidad de revitalizar la civilización occidental. Su argumento era que la alianza transatlántica tenía un fundamento cultural, religioso e histórico mucho más profundo que sus acuerdos comerciales o militares.
Alexandria Ocasio-Cortez ofreció una perspectiva distinta durante su paso por Múnich. Describió la cultura como una base cambiante y delgada, y puso el énfasis en las condiciones materiales, los intereses de clase y los resultados concretos para los ciudadanos. La diferencia es reveladora porque representa dos maneras de aproximarse a una misma civilización: desde la admiración por su legado o desde la insatisfacción con sus imperfecciones.
En Enrique V, William Shakespeare escribió una frase que siempre me ha marcado: “Self-love, my liege, is not so vile a sin as self-neglecting”. El amor propio, en otras palabras, no es un pecado tan grave como descuidarse o abandonarse a uno mismo.
Cuando amamos algo, desarrollamos un instinto para protegerlo, cuidarlo y procurar su bienestar. Eso ocurre con nuestras familias, nuestras comunidades y, de una manera más amplia, con nuestros países y culturas. Podemos reconocer errores, exigir cambios e incluso sentirnos frustrados con aquello que amamos sin abandonar nuestro compromiso con su futuro.
El resentimiento produce incentivos muy distintos. Cuando un movimiento político construye su identidad principalmente alrededor del rechazo o el odio, concentra mucha más energía en destruir aquello que considera injusto que en construir soluciones. El filósofo Bertrand Russell reflexionó sobre este problema después de visitar la Rusia bolchevique en 1920. Aunque simpatizaba con algunas aspiraciones socialistas, terminó preocupado por el dogmatismo y la intolerancia que encontró dentro del movimiento revolucionario. En la mayoría de las expresiones colectivistas, pareciera que el odio hacia los ricos siempre es más fuerte que el amor hacia los pobres.
Es cierto que todos los actores políticos creen estar del lado correcto de la historia. Por eso, es tan importante analizar sus ideas dentro del contexto de la naturaleza humana y de sus consecuencias reales, en lugar de compararlas con una utopía imaginaria. Podemos considerar que Occidente representa una herencia extraordinaria y reconocer que tiene mucho que mejorar. Podemos defender nuestras tradiciones y aceptar que algunas prácticas deben cambiar.
Y aquí regreso al nombre de esta sección. Amor fati significa amar el destino: aceptar la realidad que hemos heredado, con sus virtudes, dificultades y limitaciones. El amor propio implica reconocer su valor y asumir la responsabilidad de proteger ese legado. Occidente necesita ambas cosas: la madurez para enfrentar sus problemas sin perseguir utopías imposibles y la confianza para preservar aquello que ha hecho posible su éxito.
Las Américas y el futuro de Occidente
Estados Unidos sigue siendo el principal representante de la civilización occidental, con una capacidad económica, militar y tecnológica difícil de igualar. Sin embargo, es allí donde se libra una de las batallas más importantes por su futuro. Un sector político ha convertido el rechazo hacia la historia, las tradiciones y las instituciones estadounidenses en un elemento central de su ideología. Las elecciones nos obligan a establecer prioridades y decidir cuáles principios consideramos fundamentales. En mi caso, uno de ellos es la protección y continuidad de la civilización occidental, y ese será un criterio importante para evaluar a los candidatos en las elecciones estadounidenses de noviembre.
Al mismo tiempo, soy particularmente optimista respecto al futuro de América Latina. Mientras Europa enfrenta dificultades económicas y culturales, países como Argentina intentan recuperar principios de libertad económica que durante mucho tiempo fueron fundamentales para la prosperidad occidental. Muchas de nuestras sociedades conservan una conexión profunda con su herencia cultural, sus tradiciones religiosas y su identidad occidental. Las Américas, con Estados Unidos a la cabeza y una América Latina con mucho potencial por desarrollar, tienen la oportunidad de continuar impulsando el futuro de Occidente.
En uno de mis artículos anteriores mencioné una reflexión de Renny Ottolina que considero muy relevante: Para amar a Venezuela, primero debemos conocerla, respetarla y, sobre todo, admirarla. Es curioso cómo esa idea conecta con unas palabras escritas por Shakespeare hace más de cuatro siglos. Ambos nos recuerdan que es difícil proteger aquello que no valoramos.
Occidente ha sobrevivido a guerras, revoluciones y profundas transformaciones gracias, en buena medida, a su capacidad para aprender, cambiar y reinventarse. Pero esa capacidad depende también de la voluntad de sus ciudadanos de reconocer el valor de su civilización y continuar perfeccionándola. Por eso creo que la gran batalla de nuestra era es precisamente por el espíritu de Occidente.
Para los venezolanos, esta reflexión no es abstracta. Tenemos una historia extraordinaria que recuperar y un país por reconstruir. Tenemos razones suficientes para confiar en nuestras capacidades, valorar nuestra herencia y aspirar a mucho más. Proteger el legado occidental, aprender de sus errores y extender sus logros también es nuestra tarea.
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FUENTE: Con información de Jesús A. Riera S.
