Filipinas: cómo la vida renace de los escombros y las cenizas
Tacloban, una ciudad que el tifón Haiyan redujo a cadáveres y árboles arrancados
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En mi condición de corresponsal extranjero en medio de una zona de terrible desastre, no esperaba ver a gente divirtiéndose, ni tampoco invitándome a jugar.
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Los chicos querían jugar para dejar de pensar en lo que ocurrió, explicó Elanie Saranillo, una espectadora."Y nosotros queremos ver para olvidar también". n nSaranillo, de 22 años, ahora vive en una iglesia debido a que su casa fue destruida por la tormenta. n nIncontables familias perdieron seres queridos por el tifón, que mató a más de 4.000 personas.
Cientos de miles de sobrevivientes han sobrellevado un sufrimiento inimaginable: hambre, sed, refugios improvisados, poco o ningún cuidado médico y una espera desesperante, a veces de días, para recibir la primera ayuda.
Tacloban estaba llena de rostros atemorizados y desesperanzados. Todavía ahora yacen algunos cadáveres ennegrecidos junto a los caminos o han quedado atrapados bajo los escombros. n nPero a medida que empieza a llegar ayuda, asoma un rayo de esperanza.
La gente sonríe, aun esporádicamente. Son atisbos de vida. No significa en modo alguno que estén felices pese a la tragedia. Pero para algunos significa un nuevo entusiasmo por la vida que deriva de haber escapado de la muerte. n
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Cuando un jovencito con zapatos de distinto color me lanzó la pelota, intenté tiros al aro y milagrosamente emboqué los dos primeros ante el entusiasmo de los presentes. Mi tercer disparo pegó en el borde del aro y salió afuera, y los presentes emitieron un murmullo solidario. n
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En el vecindario de Saranillo vi a cuatro niños saltando sobre dos colchones atravesados sobre unas vigas de madera entrecruzadas de lo que alguna vez fue una casa. Dos mujeres bailaban sobre una colina cercana. n nA pocos metros (yardas) de distancia, un joven de 21 años, Mark Cuayzon, punteaba una guitarra. También sonreía.
Y en esta ciudad virtualmente barrida por la naturaleza le tuve que preguntar por qué. n n"Estoy triste por Tacloban", me respondió."Pero estoy feliz porque todavía estoy vivo. Sobreviví. Perdí mi casa pero no perdí a mi familia". n
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Cubrí como reportero las consecuencias del maremoto del 2011 en Japón y no puedo recordar una sola sonrisa. Cada nación es resistente a su manera, pero hay algo diferente en las Filipinas que todavía no puedo precisar. n
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Quizás tiene algo que ver con una expresión filipina:"Bahala na", que esencialmente significa: ocurra lo que ocurra, déjalo a Dios. n nElizabeth Protacio de Castro, profesora adjunta de sicología en la Universidad de las Filipinas en Manila, dijo que su nación se ha acostumbrado a las catástrofes.
Unos 20 tifones se abaten sobre el país cada año. A eso se suman terremotos, erupciones volcánicas, insurgencias armadas e inestabilidad política. n n"Lidiar con el desastre ha devenido un arte", afirmó. Pero el tifón Haiyan"fue muy diferente, inmenso".
Y sin embargo hay que sobrevivir."Por eso, en vez de gritar o mirar fijo una pared en una sala siquiátrica, uno hace todo lo que puede y después se desahoga". n nTocar música o hacer deportes entre las ruinas, dijo la sicóloga,"es un modo de afirmar que la vida sigue. Es una reacción normal a una situación anormal".
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