MIAMI.– Aun cuando la Guerra Fría haya terminado hace casi 25 años, Washington y Moscú no han dejado de ser rivales. Como potencias al fin, una siempre quiso ejercer su influencia sobre los adversarios de la otra.
Rusia no renuncia a sus viejas ansias de manejar a Occidente
El grupo político y diplomático en Estados Unidos puede haber cambiado pero en Rusia, con la llegada de Vladimir Putin en 1999 –alternando como primer ministro y presidente, su presencia suma ya casi dos décadas–, el antiguo jefe de los servicios secretos soviéticos en San Petersburgo, la temida KGB, nada ha cambiado en la práctica de la diplomacia.
Durante la era de la difunta Unión Soviética, Estados Unidos siempre esgrimió el miedo de la “amenaza roja” y tenía razón. La Guerra Fría fue el escenario de los infinitos intentos de penetración en el país, como también Estados Unidos lo intentó en Moscú, discutiendo en la arena internacional la supremacía de un sistema político y forma de vida.
El espionaje soviético fue siempre una constante en esos tiempos, un hábito de vida cuya disolución con la llegada de la democracia a Rusia no tenía, realmente, porqué acabar. “Moscú siempre se ha visto como un protagonista de la expansión hacia occidente. Esa ha sido siempre su meta desde el tiempo de los zares”, apunta uno de los mayores especialistas en la vida clandestina rusa, el investigador británico Christopher Andrew.
Interferencias
La interferencia de Rusia en las elecciones presidenciales de Estados Unidos es, de hecho, apenas un detalle de toda esa expansión. Tras asegurar el control de Rusia, “pacificar” sus regiones rebeldes como Georgia y Chechenia, lograr el control de la economía e industrialización tras la anarquía de las privatizaciones que sucedieron el fin de la Unión Soviética, Putin comenzó a maniobrar para ampliar la influencia rusa y regresar a los tiempos de las ambiciones de los zares y los comisarios soviéticos.
“Primero controló la prensa, la industria, el parlamento, el ejército y la seguridad del Estado. Y ahora, llegó el momento del resto del mundo”, comentó el exespía ruso y soviético Vladimir Andronov en un programa de la BBC, en el 2010. Fue lo que comenzó a suceder a partir de entonces y se ha intensificado en los últimos dos años con el despliegue de la aviación de combate en el espacio aéreo europeo, la intervención en la guerra civil en Siria en busca de espacios de influencia y, naturalmente, la manipulación de las elecciones en el mundo occidental.
Lo que ha pasado en Estados Unidos no es realmente único. Ha sucedido en Europa Oriental, donde los antiguos partidos comunistas parecen volver paulatinamente al poder. Y Estados Unidos no podía ser diferente.
Embajador ruso
El gran atractivo que Estados Unidos tiene para Rusia es “el espacio de ampliar y dividir una zona de influencia, excluyendo la Unión Europea y China”, definió recientemente en un editorial el diario francés Le Monde. La comunidad de inteligencia estadounidense cree que hubo una intervención rusa en las últimas presidenciales. No hay indicios de que el candidato beneficiado, el actual presidente Donald J. Trump haya participado en ello. Pero en las últimas semanas se ha sabido que miembros de su entorno, incluso su propio yerno y actual consejero en la Casa Blanca, han sostenido contacto que hubieran preferido mantenerse en la oscuridad con el embajador ruso en Washington, Sergey Kislyak.
Pero, ¿quién es Kislyak? Uno de los tipos más simpáticos en Washington que ha sabido cultivar la sociedad política pero, a la vez, logrado construir una amplia agenda de contactos convenciendo a todos algo que Putin siempre ha querido, aprovechar la apertura de una sociedad democrática como la estadounidense para influenciarla. Fue ese, siempre el talón de Aquiles durante la Guerra Fría.
Kislyak es lo que se llama un “embajador global”. Estuvo acreditado en la Organización del Tratado del Atlántico Norte, se ha especializado en presentar el rostro amable ruso, cultivando una serie de contactos que desfilan en soirés de té negro mientras explica la ocupación de Crimea o la invasión de Ucrania. No hay una diferencia entre esto y todas las justificaciones que Moscú dio en los 70 a la invasión de Afganistán. Es la misma táctica, apuntó a la cadena CNN, el analista británico Nigel Morgan.
Desde que llegó a Washington en el 2008, Kislyak ha sido protagonista del mundo diplomático. Le han tocado tareas difíciles como explicar el expansionismo de Putin, un tema sobre el cual adquirió experiencia cuando estuvo destacado en la misión de la Unión Soviética en Naciones Unidas, en la década de los años 80, durante la crisis afgana.
Es este hombre sobre el que muchos se preguntan en Washington si ha estado detrás, o al menos al tanto, del hackeo ruso a las elecciones presidenciales estadounidense, como recordó el viernes el diario The Washington Post. Es posible pero poco probable. “Kislyak es el clásico diplomático, el rostro bueno que cultiva amistades siguiendo políticas e instrucciones. Escuchando”, agregó Morgan.
Si le tocan a la puerta, él escucha. El problema es quién le ha tocado a la puerta, ha destacado la cadena BBC. Hasta ahora dos han caído, el exasesor de seguridad nacional Michael Flynn y el secretario de justicia Jeff Sessions, que ha tenido que retirarse de la investigación federal que el FBI hace a la presunta intervención rusa en las elecciones. Y el jueves se supo que el yerno del presidente, Jared Kushner, también ha conversado con Kislyak.
En medio de todo esto, no hay un solo indicio de que Trump estuviera al tanto de todo. Si la Unión Soviética todavía existiera, Kislyak ya hubiera recibido la Orden de la Bandera Roja por no haber dicho, al menos hasta ahora, una sola palabra.
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