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Fricción

Un viento de guerra fría sopla en el gran norte europeo

Las crecientes tensiones entre Rusia y los países occidentales han llevado a ambas partes a reforzar sus ejércitos como en tiempos de la Guerra Fría
Por REDACCIÓN/Diario Las Américas

Bombarderos estratégicos de la fuerza aérea de Estados Unidos posarán pronto su inquietante y esbelta silueta en Noruega, una nueva muestra de una efervescencia militar sin parangón en la región desde el final de la Guerra Fría.

"Gran Norte, baja tensión", reza un viejo dicho que describe la situación de seguridad y las relaciones diplomáticas relativamente tranquilas en el Ártico durante décadas.

Pero las crecientes tensiones entre Rusia y los países occidentales, sobre todo desde la crisis de Crimea en 2014, han llevado a ambas partes a reforzar sus ejércitos, incluso en este remoto lugar que se cree rico en recursos naturales y donde el deshielo abrió nuevas rutas marítimas.

Este mes, la base área de Orland espera por primera vez la llegada de bombarderos de largo alcance B-1B para entrenarse algunas semanas con las fuerzas aéreas noruegas, que vigilan la frontera septentrional de la OTAN.

"Este despliegue se inscribe en el contexto de las actividades militares globales en el Gran Norte que han aumentado significativamente en los últimos años, tanto por Occidente como por Rusia", según el investigador Kristian Åtland.

Para este experto del Instituto Noruego de Investigación sobre Defensa (FFI), "el hecho de que sean bombarderos estratégicos provoca naturalmente preocupación en Rusia".

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Un bombardero B-1B Lancer asignado al 37mo Escuadrón es visto en la Base Aérea de Ellsworth, en Estados Unidos, el 16 de julio del 2020.

De hecho, a Moscú le hierve la sangre, al considerar que estos aviones pueden, en determinadas circunstancias, transportar armas atómicas.

"Nadie en el Ártico se está preparando para un conflicto armado. Sin embargo, hay indicios de una tensión creciente y de una escalada militar", declaró el embajador ruso en el Consejo Ártico, Nikolai Korchunov.

Esta militarización en la región "podría retrotraernos décadas a los días de la Guerra Fría", dijo a la agencia rusa RIA a principios de febrero.

Oslo le quita hierro al asunto, máxime cuando la base en cuestión, situada en pleno corazón de Noruega y por debajo del círculo polar ártico, se encuentra a 1.200 kilómetros de la frontera con Rusia.

"Tener a nuestros aliados entrenando aquí con nosotros es un aspecto bien establecido y natural de nuestra política de seguridad y de la cooperación en el seno de la OTAN", explicó el ministro noruego de Defensa, Frank Bakke-Jensen.

"Rusia lo sabe y no tiene motivos para sentirse provocada", aseguró en un correo electrónico enviado a la AFP.

Pero no se trata de un episodio aislado.

Noruega acaba de decidir poner a disposición de sus aliados estadounidenses, británicos y franceses un puerto de abastecimiento para sus submarinos de propulsión nuclear cerca de la ciudad ártica de Tromsø.

En 2009, la vecina y antaño secreta base de Olavsvern, en las entrañas de una montaña, fue cerrada y vendida a intereses privados por el gobierno del entonces primer ministro Jens Stoltenberg, actual secretario general de la OTAN.

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En esta foto tomada el miércoles 3 de abril de 2019, un soldado ruso hace guardia como sistema de defensa aérea Pansyr-S1 en la isla Kotelny, parte del archipiélago de las islas de Nueva Siberia ubicado entre el mar de Laptev y el mar de Siberia Oriental, Rusia. Rusia ha hecho de la reafirmación de su presencia militar en el Ártico la máxima prioridad en medio de una rivalidad internacional cada vez mayor sobre la región que se cree que contiene hasta una cuarta parte del petróleo y gas no descubierto del planeta.

Pero, con el aumento de las tensiones en la región, ha surgido la necesidad de contar con una base desde la que rastrear los submarinos rusos que navegan por el cercano "Bear Gap", un paso obligado entre sus bases en la península de Kola y las profundidades del Atlántico.

Haciéndose eco de la oposición de la población local, Greenpeace criticó la iniciativa de Oslo por considerar que "juega a la ruleta de la OTAN" con la naturaleza, la vida de la población local y las relaciones con Rusia.

El aumento de la tensión también condujo a la vecina Suecia --que no es miembro de la Alianza Atlántica-- a anunciar un aumento del 40% de su gasto militar para 2025, el más alto desde los años 1950, y a remilitarizar la isla báltica de Gotland.

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Aire de Guerra Fría: El año pasado, los cazas noruegos despegaron de emergencia en 50 ocasiones para identificar un total de 96 aviones rusos que volaban frente a las costas de Noruega

Rearme ruso

Por primera vez desde la década de 1980, la marina estadounidense desplegó un portaaviones en el mar de Noruega en 2018 y, un año después, varios buques más en la zona económica exclusiva de Rusia en el mar de Barents.

El cambio de administración en Estados Unidos no debería traer cambios.

"Estados Unidos tiene una larga historia de cooperación con Rusia en la región del Ártico y espero que pueda continuar", dijo el nuevo secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin.

Sin embargo, Austin expresó su preocupación por "el refuerzo del ejército ruso en la región y el comportamiento agresivo de Rusia en el Ártico y en el mundo".

Rusia, de hecho, también se rearma.

En marzo de 2020, el presidente ruso, Vladimir Putin, ordenó "reforzar las capacidades militares" y la "creación y modernización de las infraestructuras militares" en el Ártico para 2035.

La poderosa Flota del Norte rusa, con sus 86 buques, 42 de ellos sumergibles, fue la primera en dotarse el pasado verano de un submarino nuclear de cuarta generación de la clase Borey.

Apertura o modernización de bases, pruebas de nuevos misiles y drones, simulación de ataques contra sitios occidentales, despliegues marítimos y aéreos cada vez más lejanos ejemplifican la política de reafirmación militar de Rusia.

El año pasado, los cazas noruegos despegaron de emergencia en 50 ocasiones para identificar un total de 96 aviones rusos que volaban frente a las costas de Noruega.

Muchos menos que los 500 o 600 aviones soviéticos identificados anualmente a mediados de la década de 1980, durante la Guerra Fría, pero muchos más que la decena de identificaciones que era la norma en la década de los 2000.

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