IVÁN GONZÁLEZ ROMERO
@ivanGonRom
No todo fue Rebelión con Joe Arroyo
Joe fue la voz de La Protesta, una pequeña orquesta que le sirvió de trampolín cuando Fruko, un bajista salido de Los Corraleros de Majagual, orquesta madre de muchas otras en Colombia, necesitaba una voz para reemplazar a Piper Pimienta, la primera voz de aquella formación
Si tocara hacer la lista de los mejores músicos y cantantes del Caribe, que no alcanzaron toda la fama que se merecían, el nombre de Joe Arroyo estaría de primero, con varias páginas escritas describiendo su talento. Queda claro que “El Joe” tuvo gran éxito en Colombia y es de los cantantes colombianos más reconocidos, tanto que figuras como Shakira o Juanes le han rendido merecidos tributos. Pero Joe mereció más.
Barranquillero por adopción, Arroyo nació en Cartagena, un puerto estratégico de su país, donde la literatura y la música entraban primero. A los ocho años ya cantaba en burdeles, un hecho que le marcó por los cuatro costados, porque fue así como conoció la noche y sus tentaciones, mientras cultivaba sonoridades exóticas. Resulta toda una curiosidad en sus biografías el hecho de que también cantaba en el coro de una iglesia, algo que de alguna manera ha debido influir en lo armónico. Se estaba cultivando, además, un batido sónico que a los pocos años germinó en un trabajo rico y sabroso.
Joe fue la voz de La Protesta, una pequeña orquesta que le sirvió de trampolín cuando Fruko, un bajista salido de Los Corraleros de Majagual, orquesta madre de muchas otras en Colombia, necesitaba una voz para reemplazar a Piper Pimienta, la primera voz de aquella formación. Con Los Tesos (algo así como los panas, los amigos) supo qué era el éxito al pegar temas que marcaron la gran referencia bailable de Colombia en los años 70. Tenía que ser así, porque esa voz metálica y poderosa atrapaba la atención y sobresalía. Y eso que aún no había madurado.
Pero lo de Joe iba más allá. Sin tener una educación musical formal, simplemente se dedicó a escuchar y sobre todo a absorber sonidos de sus alrededores. A Barranquilla había llegado la salsa y su novedad, pero también por esos aires paseaban los ritmos negros de la costa caribeña. Al notar la afinidad de la negritud y unirla a lo que traía consigo la noche, se suma otro nuevo ingrediente que lo iba a distinguir del resto de la música. Es toda una particularidad, que para esos años, la gran influencia que resultó la música cubana no significó tanto, como sí ocurrió con el resto de los músicos del momento.
Y de pronto al Joe todo lo anterior pareció quedarle chico. De allí la necesidad de montar tienda aparte y convencer a los ejecutivos de que él tenía el derecho a hacer las cosas en las que creía. Fruko y sus Tesos, o los Latin Brothers –la otra orquesta de Fruko- no le dejaban hacer su música. De allí nació La Verdad, la orquesta que le acompañó el resto de su vida para hacer lo que quiso y para marcar una impronta única.
Hasta aquí la historia de Joe se parece a la de muchos otros. Un chico pobre que saborea la fama y que se deja envolver por ella. Esa seducción casi le costó la vida en su momento y a la postre le pasó factura, pero pudo librarse de la trampa de las drogas, eso sí, sin salir ileso, pues su voz y su salud comenzaron a mermar. Todo eso fue a comienzos de los 80. Por suerte para la historia se produjeron los grandes éxitos de su carrera. El primero en la lista, como no, es Rebelión, ese lamento del esclavo que mira cómo el amo castiga a su compañera, hasta que el hastío obliga a la queja. Pero hay tantos éxitos, tal vez con un carácter local pero con una sonoridad única, que hacen pensar en este cantor como en uno universal.
Arroyo murió muy pronto. Ha debido vivir más para contar las historias de la Colombia negra y sabrosa, pero el tiempo no le alcanzó para dejarse oír con toda la fuerza ancestral que poseía.
www.youtube.com/watch?v=HMFuqv0EHl4
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