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OPINIÓN

90 millas: entre el amor y el odio

Los kilómetros de distancia duelen, sí, pero en ese dolor también habita el amor. Duele al que se va y duele al que se queda, como si ambos cargaran una misma cruz

Por YALIL GUERRA

La Habana, 4 de abril de 1980. Un suceso sacude la ciudad: un autobús arremete contra el muro de la embajada del Perú. Un custodio muere por fuego cruzado y de repente, comienza una de las crisis migratorias más caóticas en Cuba.

Tonito, un niño de solo diez años, ve las noticias en el noticiero nacional. Días más tarde, su tío Felo se convierte en uno de los más de 10.000 cubanos que se asilan en esa embajada. Después de varios meses, logra irse a Estados Unidos. Al enterarse, el niño le pregunta a su padre:

—¿Por qué tío se fue?

—Porque es un gusano, traicionó a la patria —responde el padre, visiblemente molesto.

El niño no entiende, su corta edad no le permite procesar ese lenguaje. Solo sabe que ama a su padre y ama a su tío, y que de pronto parece que ese amor no puede convivir.

Cuarenta y tres años más tarde, Tonito atraviesa la selva maya junto a parte de su familia. Deja atrás a una hija casada, que a su vez espera un hijo: otra despedida, otro desgarro que se repite. Su travesía comenzó con un vuelo de La Habana a Managua y desde allí, emprende un recorrido que se prolonga por semanas hasta alcanzar la frontera con los Estados Unidos.

Finalmente, emigra a la misma ciudad donde una vez vivió su tío. Porque a pesar del paso del tiempo, nunca logró borrar de su memoria aquella separación que fracturó a su familia y partió en dos la vida de dos hermanos. Sin embargo, el destino le impone su última ironía: la ausencia de su tío, quien ya había fallecido años atrás. Nunca pudo volver a abrazarlo, ni decirle en persona cuánto lo quiso.

Ese es uno de los cuadros más tristes de los cubanos. Pero hay algo aún más doloroso: ver cómo el amor puede transformarse en distancia, y la distancia en juicio. A quienes se fueron se les marcó durante años; y desde fuera, muchas veces se mira con dureza a quienes decidieron quedarse, como si resistir la vida cotidiana en la isla no fuese ya un desafío suficiente.

Cuando se habla de la cultura, esa misma lógica parece desvanecerse.

¿Quién se atreve a juzgar a Benny Moré? ¿A quién se le ocurriría encasillar su vida dentro de una postura política, después de haber regresado a Cuba en 1952, un país que había sido tomado por un golpe de Estado ese mismo año? A nadie se le ocurre decir que apoyaba a Batista; su legado trasciende cualquier circunstancia. Si pensamos en Enrique Jorrín, creador del cha-cha-chá, su obra comenzó antes de 1959 y continuó después, hasta su fallecimiento en 1987, sin que eso haya sido motivo para reducir su importancia musical, sin difamar su carácter.

Lo mismo ocurre con Israel López Cachao y Orestes López, ambos son los creadores del mambo. Uno emigró, el otro permaneció en la isla. Sin embargo, sus creaciones siguen siendo una sola, indivisible, ajena a las decisiones geográficas que tomaron en vida. ¿Y qué decir de aquellos artistas que trascendieron, hicieron carrera y decidieron vivir en Cuba? Otros se fueron. En todos los casos, su legado sobrepasa sus decisiones personales.

Una figura importantísima de Cuba del siglo XIX y principios del XX, el gran compositor y violinista Claudio Brindis de Salas Garrido, recibió el título de “Barón de Salas” de manos del káiser Wilhelm II. Este reconocimiento honorífico, sin embargo, no implica que cargue con las responsabilidades históricas del emperador, quien años más tarde lideró a Alemania durante la Primera Guerra Mundial.

También podríamos mencionar a los integrantes de Buena Vista Social Club, de quienes nos sentimos orgullosos como expresión de la cubanía. Todos, ya retirados, recomenzaron una nueva etapa en su vida artística, ya en pleno éxito, ninguno decidió irse del país. Su valor no depende del contexto político en el que vivieron; desde la isla, conquistaron el mundo y allí se quedaron.

La descalificación no sólo aparece en las artes, sino también cuando trasladamos ese mismo análisis a las personas comunes. Cuando se critica al que se fue o al que se quedó, se pierde de vista algo esencial: cada historia responde a circunstancias distintas: políticas, económicas, personales, religiosas, en fin, un sinnúmero de ellas.

Si ampliamos el contexto, la contradicción deja de ser sutil y se vuelve incómodamente evidente. Nadie se atreve a juzgar a Joseph Haydn por haber servido a Nikolaus I, Prince Esterházy, militar activo en la Guerra de los Siete Años, ni a Wolfgang Amadeus Mozart o Antonio Salieri por haber orbitado la corte de Joseph II, Holy Roman Emperor, en una Europa atravesada por conflictos como la War of the Bavarian Succession. Sabemos, aunque preferimos no decirlo en voz alta, que esos sistemas de poder se sostenían sobre violencia. Y, sin embargo, jamás reducimos a esos compositores a la sangre que rodeaba a sus patronos.

Años antes, Johann Sebastian Bach hizo lo mismo: trabajó para cortes como la del príncipe Leopold de Cöthen, el duque William Ernest de Saxe-Weimar y el conde Keyserling, todos insertos en engranajes políticos y militares de su tiempo. Nadie cuestiona su música por ello. Su obra no solo sobrevivió a ese contexto: lo trascendió con tal fuerza que hoy preferimos olvidar de dónde provenía su sustento.

Entonces la pregunta no es histórica, es moral: ¿por qué exigimos pureza ideológica a la gente común (al que se va, al que se queda) cuando ni siquiera nos atrevemos a aplicarla a los gigantes que veneramos? Tal vez ahí haya una lección pendiente.

Los kilómetros de distancia duelen, sí, pero en ese dolor también habita el amor. Duele al que se va y duele al que se queda, como si ambos cargaran una misma cruz, distinta en forma, pero igual en peso. Y sin embargo, en medio de esa herida compartida, hay algo que no se rompe: el vínculo invisible que nos sigue uniendo.

No olvidemos que el amor verdadero no entiende de fronteras ni de ideologías. Que como la fe, se sostiene incluso cuando todo parece separarnos. Seguimos siendo parte de un mismo cuerpo, de una misma historia. Porque al final, como en toda oración sincera, lo único que pedimos, aunque no siempre lo sepamos, es volver a encontrarnos.

Yalil Guerra, Ph.D.

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