La reunión desarrollada el pasado 4 de agosto por el ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, con el cofundador del grupo Talibán, Mullah Abdul Ghani Baradar o mulá Hermano, reafirmó mis sospechas. El representante de Beijing, al referirse a la milicia afgana, dijo: “desempeñará un papel importante en el proceso de reconciliación pacífica y reconstrucción” de ese país. Emplearé el calificativo de país a manera de comodín, pues Afganistán no alcanza esa entidad por sus dinámicas sociales.
Afganistán: ¿Resucitarán los talibanes a Osama bin Laden?
Beijing era consciente del avance imparable de la ofensiva iniciada en el mes de mayo por los talibanes y desplegaba su estrategia en busca de ventajas. El grupo Talibán tomó este domingo de manera abrupta Kabul, provocando la despavorida salida del presidente Ashraf Ghani. Era evidente que faltaban solo días para el golpe final, aun cuando los insurgentes, aseguraron, que para evitar el caos no tomarían la capital hasta que se produjera una transición de poder.
Ahora se culpa al presidente afgano de la situación. El presidente del Alto Consejo para la Reconciliación Nacional de Afganistán, Abdullah Abdullah, junto al ministro de Defensa, Mohammadi Bismillah, lo responsabilizan. Siendo explícito, Mohammadi, en su cuenta de twitter: “Nos ataron las manos a la espalda y vendieron la patria, maldito Ghani y su pandilla”. El presidente del país, Ashraf Ghani, ripostó arremetiendo contra Washington por sustentar sus decisiones en lo que calificó como “teorías inmaduras”.
El presidente estadounidense, Joe Biden, optó por la retirada de las tropas de Afganistán: idea que defendió más de una década. Si le fue imposible lograrlo durante la administración Obama obedeció a la oposición de los republicanos en el Congreso. Grupo que enfrentó la actual decisión, sin el dominio de ambas cámaras. Era consciente de la necesidad de una retirada pero, a su vez, lo consideraba una traición al pueblo afgano y, sobre todo, a sus mujeres y niños, quienes ya perciben el retorno de los “días oscuros”.
La muerte de Osama Bin Laden, el 2 de marzo de 2011, unido a la desarticulación del movimiento Al – Qaeda y la imposibilidad de un ataque al territorio de EE. UU, eran para Joe Biden los objetivos básicos de la presencia en suelo afgano. Por eso, aprobó la salida de los militares en una escalada que debía tener su punto final el 31 de agosto, exceptuando 650 que permanecerían para garantizar la seguridad de la embajada de EE. UU y la integridad del personal estadounidense en Afganistán : cifra que debió aumentarse a 7000.
Los talibanes pretenderán evitar una nueva intervención militar. Pero no será un obstáculo para reeditar la historia de horrores desde 1996 a 2001, incluyendo, esta vez, a quienes apoyaron a las fuerzas intervencionistas encabezadas por EE. UU, aun cuando los talibanes prometieron amnistiarlos.
La presencia de una coalición internacional, encabezada por los estadounidenses, fue trascendente en la historia afgana. Imprimiendo una aureola de seguridad y libertad ciudadana contrapuesto al poder Talibán -aunque desde 2014 comenzó a debilitarse como garantía de estabilidad interna-. Iniciado con la expulsión del gobierno moderado de los muyahidines de Ahmad Shah Massoud, e imponiendo las más feroces manifestaciones de la “sharia” o “ley islámica”.
Afganistán es un territorio donde los señores de la guerra, las milicias, los clanes étnicos, los traficantes de drogas o las facciones talibanes ejercen la mayor influencia en las decisiones trascendentes: apoyados en un imaginario de violencia. Sólo ella ha podido articular un proceso, a la postre estéril, de unidad nacional, como ocurrió tras la retirada de las tropas soviéticas (1989), durante el Gobierno de Najibullah (1992), y con la llegada de los talibanes a Kabul (1996), enfrentados en ese momento por una deteriorada Alianza del Norte salvada gracias a la intervención de 2001.
Un análisis de la actual situación en Afganistán es complejo. Es un territorio, no un país, en proceso de construcción, donde es casi imposible pensar en un estado respaldado por una nación que sostenga, además, un clima de “Libertad Duradera”. La institucionalidad allí es endeble, la organización tribal, la urbanidad pobre – fue un logro de EE. UU el avance de Kabul - y los niveles de instrucción bajos: sólo un 38.4 % de la población está alfabetizada. La misión militar estadounidense quiso trascender desde la eliminación de células terroristas a la creación y desarrollo de bases institucionales: sin la necesaria eficacia.
Un análisis desde la perspectiva del sociólogo estadounidense, Charles Tilly, nos descubre que Afganistán estaba en una “fase de nacionalización”. Dinamizada por la existencia de países como EE. UU con una influencia positiva en el proceso, condicionando el surgimiento de instituciones medulares como las Fuerzas Armadas. Pero el retorno de los talibanes al poder genera una involución hasta la “fase de patrimonialismo”, caracterizada por la ausencia de fuerzas armadas, con la defensa del territorio en manos de los “señores feudales”, nobles o en las milicias locales que, por su propia naturaleza, gozan de base autonómica. Un modelo superado en Europa desde los siglos X al XV.
Al analizar la línea evolutiva del proceso afgano desde 2001, descubrimos sucesos de trascendencia histórica como la toma del poder por Hamid Karzai, el 22 de diciembre de 2001 o el proceso de aprobación constitucional que culmino en enero de 2004. En octubre de ese año Karzai fue reafirmado en el cargo, en unas elecciones donde participó el 70% de los inscritos para votar. Sin embargo, al ser reelegido Karzai en 2009, Abdullah Abdullah, candidato presidencial y actual presidente del “Alto Consejo para la Reconciliación Nacional de Afganistán”, tildó las elecciones de fraude político, criterio compartido por Kai Eide, al frente de la ONU en Afganistan, y por Philippe Morillon, jefe de los observadores de la Union Europea. Fueron duros golpes al proceso de reconstrucción las muertes diarias en atentados y el intento fallido de desarrollar un proceso de desarme.
Los intentos de EE. UU para iniciar en suelo afgano el tránsito hacia un modelo de democracia moderna no fueron suficientes. Era una misión titánica. En los últimos años se incentivó en Afganistán el “lack of intellectual capital” - falta de capital intelectual – debido al éxodo de alrededor de 5 millones de personas, incluyendo médicos, ingenieros, técnicos, y personal que integraba el grupo burocrático. El sociólogo afgano, Ali Amiri, al referirse a los actuales movimientos demográficos, asegura: "Este miedo y los desplazamientos relacionados con él no existían en la década de los 90, porque entonces no habíamos visto el alcance de la violencia talibán. Se los veía como a un grupo desconocido de ideología extremista, y la violencia era mucho más sutil entonces”. El número de refugiados, un millón en los últimos meses incluye, según cifras del “Ministerio de Refugiados y Repatriaciones”, ubica en un 70% las mujeres y niños que abandonaron Afganistán de manera abrupta. Una escena que alcanzó su clímax durante las últimas horas en el aeropuerto de Kabul.
Es recurrente, que los expertos manejen el predominio de una sólida base religiosa para lograr el consenso futuro otros se apropian del paradigma de Charles Taylor, uno de los “hombres de la guerra”, que marcó un antes y un después en la historia de Liberia, al ser electo presidente como continuidad de los acuerdos de Accra, Ghana, después de años de guerra civil – en la actualidad cumple una condena de 50 años por crímenes de lesa humanidad-. Nos enfrentamos a un proceso político de elevada complejidad, donde la presencia militar extranjera es el único garante de paz. Por eso, fue un acto de ingenuidad política pensar que los talibanes acatarían un proceso de transición pacífica, criterio compartido por la canciller alemana, Angela Merkel. Ella aseguró este lunes que, junto a la comunidad internacional, se equivocó al evaluar la situación afgana.
Las conversaciones iniciadas en Doha, Qatar, en 2018 fueron un fracaso. Los talibanes se comprometieron, a no atacar a las fuerzas estadounidenses. Pero a manera de efecto dominó las ciudades cayeron una a una. Poniendo en riesgo, no sólo la seguridad afgana sino del área, al dominar importantes puntos fronterizos en Turkmenistán y Uzbekistán. La preocupación llegó a niveles que, hasta los propios rusos, se ofrecieron a trabajar de conjunto con la Casa Blanca brindando apoyo en inteligencia militar para frenar el avance del grupo, que obligó a las tropas fronterizas afganas a refugiarse en territorios de las ex – repúblicas soviéticas.
La reunión del 4 de agosto, reafirmó, el beneficio de China con la ofensiva talibana. La retirada de las tropas de EE. UU afianza su fortaleza en el área, pues Rusia, quien le disputa el poder, no posee vasos comunicantes con los talibanes -aunque pretende recuperar la influencia perdida - después del enfrentamiento en la “guerra afgano-soviética” o “guerra ruso-afgana” (1978 a 1989).
Los talibanes pueden, además, ser sus aliados para luchar contra el movimiento de independencia Uigur, que pretende separarse de China y fundar el Turquestán Oriental. El camino les queda expedito para expandir su “Iniciativa de la Franja y la Ruta hacia Afganistán”, no obviando que los previsibles vínculos históricos entre talibanes y pakistaníes serán punta de lanza para atacar a la India: inveterado enemigo histórico de Beijing.
La salida de las tropas estadounidenses de Afganistán es un golpe demoledor a la imagen de Joe Biden, que en su intervención de este lunes desde la Casa Blanca parecía aceptar tácitamente la situación. Desencadenándose una crisis que lacera el imaginario político de Biden en sus primeros meses de gobierno con el coherente proceso de vacunación contra la COVID – 19 (70% de los adultos), la expansión del mercado laboral, y la creación de un proyecto bipartidista de infraestructura.
No quisiera que el final de la “guerra de Afganistán”, después de 20 años y 2.448 muertes solo de militares de EE. UU hasta abril, pueda parangonarse a lo sucedido en Viet Nam cuando los últimos estadounidenses debieron ser rescatados en Saigón (1975) por un helicóptero sobrevolando la ciudad. Por eso, hasta los más furibundos partidarios de la salida de las tropas en este momento hasta llegan a replantearse el tema, al dejar un espacio a las potencias globales y regionales para controlar el territorio afgano.
Decisiones como reactivar el Acuerdo del 2015 del programa nuclear iraní sobre armas nucleares (JCPOA), centrarse en la lucha contra China y Rusia, pero dejando a un lado a Arabia Saudita, Egipto y la India, o la aceptación del acuerdo entre Rusia – Alemania sobre el polémico gasoducto “Nord Stream 2”, pese a las protestas de Polonia, Ucrania y otros países, deben ser reevaluadas por la administración Biden: incluyo, además, la capacidad del país para influir en las dinámicas externas.
Los miembros de Al – Qaeda prisioneros fueron liberados este lunes. El fantasma del terrorismo pende, una vez más, sobre el mundo, cobrando actualidad las ideas defendidas por Samuel Huntington en “Choque de civilizaciones”. Grupos extremistas como Hamás, Al Shabaab, Hizballah, incluyendo a países como Rusia, China, Irán, Cuba y Venezuela, celebran la actual situación de EE. UU en Afganistán.
Fue impactante ver imágenes de afganos aferrándose a un avión para intentar huir, muchos de ellos, aliados de EE. UU en estos 20 años. Kabul es del grupo Talibán, por tanto, Afganistán. Ahora impone preguntarse: ¿Viviremos una resurrección de Osama bin Laden?
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