Hoy me levanté oyendo a Benny Moré, porque al Benny no se le “escucha”, se le oye, y moviéndome por dentro con su sabrosura. No consigo acostumbrarme a ciertas pérdidas, la del Benny es una de ellas, porque yo nací en la época equivocada, y porque hay ausencias que no se miden únicamente en tierras, casas, negocios o cuentas bancarias. Hay pérdidas más hondas, más difíciles de nombrar, porque afectan la manera en que un pueblo se reconoce a sí mismo. Cuba no perdió solamente propiedades, instituciones y libertades civiles; perdió también una parte de su memoria cultural, su relación espontánea con la belleza, su respeto por la tradición popular y su confianza en la continuidad familiar. En ese despojo simbólico, la figura de Benny Moré ocupa un lugar central, no porque pueda pertenecer a una facción política, sino precisamente porque pertenece a algo anterior y más profundo: la nación cubana en su plenitud musical, sentimental y espiritual.
Benny Moré, la memoria cultural cubana y la recuperación de una libertad interior
Cuando una cultura es absorbida por el discurso oficial, corre el riesgo de ser convertida en ornamento del poder
Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez, conocido universalmente como Benny Moré, nació en Santa Isabel de las Lajas en 1919 y murió en La Habana en 1963. Fue cantante, compositor y director de orquesta, y la memoria musical lo conserva como el Bárbaro del Ritmo y el Sonero Mayor de Cuba. Su voz atravesó el son montuno, el mambo, la guaracha y el bolero con una autoridad que no necesitaba academia para imponerse. Era una autoridad nacida del oído, de la calle, del campo, de la fiesta popular, de la mezcla racial y espiritual de la isla. En él se reunían la elegancia del bolero, la picardía de la guaracha, el empuje del mambo y la hondura ancestral del son. De ahí que Benny Moré no es solamente un artista: es una síntesis de Cuba.
Cuando una cultura es absorbida por el discurso oficial, corre el riesgo de ser convertida en ornamento del poder. Lo que antes pertenecía al pueblo pasa a ser utilizado como decoración ideológica. La música deja de ser memoria viva y se transforma en postal administrada. Los nombres propios son repetidos, pero despojados de su complejidad; las canciones sobreviven, pero muchas veces separadas del mundo moral que las produjo. Benny Moré, como tantos otros símbolos cubanos, fue convertido en emblema conveniente, reducido a imagen, a estatua, a grabación apta para ceremonias, mientras el país real que lo engendró quedaba empobrecido, vigilado y dividido. Y, finalmente lo desaparecieron de las ondas radiales y del corazón de los cubanos.
La pregunta verdaderamente incómoda no es si una dictadura puede apropiarse de la cultura; eso lo han intentado muchos regímenes a lo largo de la historia. La pregunta es por qué tantos pueblos tardan tanto en defender aquello que les pertenece. No se trata de acusar con ligereza a quienes vivieron bajo miedo, presión, necesidad o propaganda. Sería injusto olvidar que el miedo organizado puede quebrar familias, vecindarios y generaciones enteras. Pero tampoco sería honesto negar que la libertad exige, en algún momento, una revisión moral de las concesiones hechas, de los silencios aceptados, de las herencias abandonadas y de las verdades pospuestas.
La pérdida de una finca, una casa o un pequeño negocio no fue solamente una pérdida económica. Para muchas familias cubanas, esas propiedades representaban años de trabajo, sacrificio, disciplina y esperanza. Eran el lugar donde se acumulaba la memoria de los abuelos, la prueba de que el esfuerzo podía dejar algo a los hijos, la base modesta de una independencia personal. Cuando esas posesiones fueron arrebatadas, se lesionó también la relación íntima entre responsabilidad y porvenir. El Estado ocupó el espacio de la familia, de la iniciativa y de la propiedad, y enseñó a varias generaciones a vivir bajo permiso, bajo vigilancia y bajo dependencia. Pero también debiéramos reconocer que los que fueron expropiados en numerosas ocasiones se dejaron robar por cobardes. Y, la cobardía cobra siempre al final. Como la picardía, el pícaro ahora desea cobrar lo perdido por sus padres y abuelos, y The Wall Street Journal se hace eco con un artículo, a mi juicio, lamentable.
Ese mecanismo puede verse distinto, aunque parecieran asemejarse, en el terreno cultural. La música cubana buena, la que nació del barrio, del solar, del campo, del teatro, de la radio, del cabaret y de la devoción popular, fue progresivamente administrada por una narrativa que pretendía decidir qué parte del pasado era aceptable y cuál debía ser silenciada. No desapareció Benny Moré de la memoria popular, porque un artista de su tamaño no desaparece tan fácilmente. Pero sí se intentó encerrar su figura dentro de un relato parcial, domesticado, sin permitir que su legado condujera a preguntas mayores sobre la Cuba que lo produjo: una Cuba intensa, contradictoria, imperfecta, pero culturalmente desbordante.
Recuperar a Benny Moré no significa usarlo como consigna contra otra consigna. Significa escucharlo de nuevo con oído libre. Significa comprender que su grandeza no puede separarse de la diversidad cubana que lo hizo posible: las raíces africanas, la tradición campesina, el mestizaje urbano, la religiosidad popular, la influencia mexicana, la radio comercial, las orquestas, los músicos ambulantes, los bailadores y los públicos exigentes. Benny no fue producto de un comité ni de una oficina. Fue producto de una civilización musical que existía antes de cualquier apropiación política y que seguirá existiendo después de ella.
Por eso la recuperación de la libertad cubana no puede reducirse a un cambio administrativo. La libertad no se limita a modificar leyes, abrir mercados o sustituir dirigentes. Todo eso es necesario, pero no suficiente. Una nación mutilada necesita también reconstruir su columna interior. Necesita volver a respetar la verdad, la palabra dada, el mérito, la propiedad legítima, la familia, la fe, la memoria de los muertos y la responsabilidad individual. Necesita reconocer que ninguna liberación será completa si el ciudadano sigue esperando que otro piense, decida, baile, cante, recuerde o se arriesgue por él.
No obstante, hablar de responsabilidad histórica no debe convertirse en una condena indiscriminada contra los padres o los abuelos. Muchos fueron engañados; otros fueron intimidados; otros simplemente intentaron sobrevivir en condiciones donde la valentía tenía costos concretos. Pero una cultura madura puede honrar el sufrimiento de sus mayores sin santificar todos sus silencios. Puede comprender el miedo sin convertirlo en virtud. Puede perdonar sin falsificar. Puede admitir que hubo heroísmo, pero también conformismo; resistencia, pero también cálculo; dignidad, pero también resignación. Esa mirada adulta es indispensable para que la memoria no sea propaganda invertida.
El exilio cubano, por su parte, conserva una tarea decisiva. No basta con denunciar el despojo material si se abandona la lengua, la música, la devoción, la cortesía, el humor y la memoria concreta de la isla. No basta con reclamar una casa perdida si se pierde también la capacidad de transmitir a los hijos qué significaban un bolero, una comida familiar, una procesión, una décima, una guitarra, una sobremesa o una historia contada por los mayores. La patria no es sólo territorio: es una forma de mirar, hablar, rezar, bailar, agradecer y recordar. Cuando eso se rompe, el destierro se vuelve más profundo.
La fe también forma parte de esa reconstrucción. No necesariamente como consigna religiosa uniforme, sino como reconocimiento de que una sociedad necesita algo más alto que el poder político y la conveniencia inmediata. La fe enseña límites al Estado, dignidad a la persona y continuidad a la familia. En la cultura cubana, la fe cristiana, las devociones populares y las prácticas espirituales heredadas de África han convivido de maneras complejas, a veces tensas, pero profundamente creadoras. Separar la música cubana de esa dimensión espiritual es empobrecerla. En Benny Moré, como en tantos músicos populares, hay una vibración que no es sólo técnica: es raíz, rito, duelo, fiesta y súplica.
Recuperar los valores culturales de la idiosincrasia cubana exige empezar por lo elemental: llamar a las cosas por su nombre, distinguir entre cultura viva y cultura administrada, entre memoria y propaganda, entre prudencia y rendición, entre perdón y olvido. Exige enseñar a los jóvenes que la música no es un fondo sonoro para la nostalgia, sino un archivo moral. En cada bolero, en cada guaracha, en cada son, hay una manera de respirar la vida que no puede ser confiscada sin resistencia. Escuchar a Benny Moré con seriedad es escuchar una Cuba que todavía no ha sido completamente vencida.
La recuperación de esa Cuba requiere valentía, pero una valentía distinta de la bravuconería. Requiere la valentía de revisar la propia historia familiar sin odio, de reconocer pérdidas sin convertirlas en excusa permanente, de nombrar complicidades sin humillar a quienes padecieron circunstancias extremas. Requiere aceptar que la libertad se aprende. Se aprende respetando la propiedad ajena, defendiendo la palabra propia, escuchando la música propia, contando la historia completa y dejando de delegar la conciencia en estructuras de poder. Un pueblo que no se atreve a examinar su pasado queda condenado a repetirlo bajo disfraces nuevos.
Benny Moré sigue ahí, más grande que cualquier intento de apropiación. Su voz no pertenece a un expediente ni a una ceremonia oficial. Pertenece a quienes son capaces de reconocer en ella una promesa de plenitud cubana: alegría sin servidumbre, tristeza sin derrota, ritmo sin obediencia, elegancia sin permiso. Recuperarlo es recuperar una medida de libertad interior. Y quizá por ahí deba empezar toda reconstrucción nacional: por volver a escuchar lo que fuimos antes de que nos enseñaran a desconfiar de nuestra propia memoria.
Cuando los cubanos vuelvan a mirar su cultura no como reliquia, sino como herencia viva; cuando puedan hablar de sus pérdidas sin miedo y de sus responsabilidades sin resentimiento; cuando entiendan que la libertad política necesita una base moral, familiar, espiritual y estética, entonces habrá comenzado una recuperación verdadera. No se tratará sólo de devolver nombres a las calles o propiedades a sus dueños legítimos, aunque eso también importe mediante un sistema legal que respete a todos los cubanos. Se tratará de devolverle al cubano su centro: la certeza de que su música, su fe, su memoria y su dignidad no pueden ser administradas eternamente por quienes pretendieron apropiarse del país entero. Por eso, le preguntaría al WSJ, ¿quién me paga a mí y a tantos por haberse dejado robar cobardemente al Benny?
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