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OPINIÓN

Buenos dias y buenas noches, Miami

He comprendido que el amor verdadero no humilla ni exige; acompaña

Por ZOÉ VALDÉS

He viajado por ciudades que se recorren con los pies y he conocido otras que se recorren con el alma. Miami, para mí, ha sido durante estos tres meses una geografía interior, una estación del espíritu en este largo peregrinaje que llamamos exilio. Por eso, al marcharme, siento que no me despido de una ciudad, sino de una conversación profunda con el destino. Que digo hasta luego al amor verdadero.

Buenos días y buenas noches, Miami, sí, como en la película, aunque tenga poco que ver. Buenos días por cada amanecer que me encontró escribiendo, persiguiendo la memoria de un hombre bueno, de un patriota verdadero, de esos que no abundan y cuya vida ilumina a una nación incluso cuando la nación parece perdida en la oscuridad. Entre esos paisajes y esas palmeras y los cielos inmensos avancé en un libro que siento destinado a servir a Cuba, tal vez no como sirven las palabras pasajeras, por el contrario, como sirven los testimonios que ayudan a reconstruir la verdad.

Y, buenas noches por las horas silenciosas en que el anhelo llegaba desde la otra orilla del mar, trayendo el rostro intacto de la patria ausente. Y por las esperas diarias desde un despertar a otro.

En estos días también nació un nuevo homenaje a las mujeres cubanas. Presenté el segundo volumen de una obra dedicada a esas madres extraordinarias que han llevado el peso del destierro sobre sus hombros sin dejar caer la bandera de la maternidad y el amor profundo que alabó Víctor Hugo en su día. Mujeres que hicieron de la separación una fuerza, de la ausencia una escuela de ternura y de la incertidumbre una lección de dignidad. Mujeres que han criado hijos para el futuro sin renunciar jamás a Cuba.

Lo presenté en Sentir Cubano, el 20 de mayo, en ese templo donde la cubanía encuentra refugio y donde las generaciones dispersas vuelven a abrazarse bajo el mismo nombre. Allí sentí que cada página encontraba su lugar entre memorias compartidas, entre lágrimas discretas y sonrisas de reconocimiento.

Más tarde llegué a la Biblioteca JFK de Hialeah. Y fue allí, entre libros todavía no abiertos y sueños encuadernados, donde una revelación se posó sobre mí como un pájaro inesperado. Comprendí que quizás uno de mis destinos sea contribuir a levantar en una Cuba libre una gran biblioteca para Hispanoamérica: una catedral de la inteligencia, una casa para la memoria colectiva, un refugio para la verdad y la belleza. En ocasiones las ideas no nacen; simplemente despiertan cuando llega la hora.

Miami me regaló también amistades nuevas. Algunas llegaron como encuentros casuales, pero terminaron pareciendo reencuentros antiguos. Porque existen personas que uno no conoce: las reconoce. Como si hubieran estado esperándonos en alguna esquina invisible del camino, en aquel cuadro de Pierre Bonnard en el Museo Thyssen de Madrid.

Fui invitada por Diego Suárez, el decano de nuestro exilio, a una magna reunión sobre la Constitución de 1940 y el porvenir de una Cuba republicana, democrática y libre. Mientras escuchaba aquellas reflexiones, no veía solamente un texto jurídico. Veía el intento noble de una nación por volver a encontrarse consigo misma. Veía el anhelo persistente de la libertad buscando nuevamente una forma para hacerse historia. Veía a hombres de honor entregándole fe y valores a otras generaciones allí atentas.

Pero la experiencia más profunda de estos meses no ocurrió en auditorios ni en presentaciones, ni siquiera en las páginas que escribí.

Ocurrió dentro de mí.

Porque tuve la gracia de acercarme al alma de uno de esos hombres excepcionales que tal vez estén llamados a ayudar a recomponer una Cuba fracturada, guiándola por el difícil sendero de la verdad. Y en esa cercanía comprendí algo que llevaba años buscando sin saberlo. Comprendí, o mejor dicho, confirmé que el exilio no solo consiste en perder una tierra. Consiste también en buscarse a uno mismo.

Y creo que, después de tantos caminos, tantas despedidas y tantas esperanzas aplazadas, por fin me he encontrado. Me he reconocido en el alma del otro. En su bondad. En su amor. En sus ángeles y demonios. En su manera de mirar el mundo en su justa medida. En esa misteriosa fuerza que convierte el perdón en una forma superior de la libertad y de fe y creencia en Dios.

He comprendido que el amor verdadero no humilla ni exige; acompaña. Que Dios habla muchas veces a través de las personas que llegan a nuestra vida para reconciliarnos con nosotros mismos. Y que amar, finalmente, es aprender a devolver luz allí donde hubo sombra.

Por eso hoy no siento tristeza al despedirme. Miro el horizonte encendido de Miami y doy gracias. Gracias por los libros escritos y los libros soñados. Gracias por las amistades encontradas. Gracias por las ideas sembradas. Gracias por haberme permitido, en medio de este largo y diverso exilio, escuchar con más claridad la voz de mi propio espíritu, de su espíritu y el mío, unidos en uno.

Buenos días, Miami, por todo lo que despertaste en mí, antes y ahora.

Buenas noches, Miami, por todo lo que guardarás para siempre en mi pensamiento, y en el corazón; ahora más.

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