MIAMI. - El secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, dejó abierta la posibilidad de emplear la fuerza contra el régimen cubano, mientras la nación caribeña atraviesa un profundo deterioro económico, energético e institucional.
El experto explica qué puede haber detrás del discurso oficial y examina las consecuencias políticas, estratégicas y humanitarias
MIAMI. - El secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, dejó abierta la posibilidad de emplear la fuerza contra el régimen cubano, mientras la nación caribeña atraviesa un profundo deterioro económico, energético e institucional.
En sus declaraciones más recientes sobre el tema, el funcionario señaló que la cúpula gobernante “haría bien en prestar atención” a la disposición del presidente Donald Trump de defender los intereses nacionales.
Hegseth fue interrogado sobre cuánto demoraría un operativo destinado a remover al régimen y restablecer el orden, incluida una misión para capturar o eliminar a Miguel Díaz-Canel semejante a la ejecutada contra Nicolás Maduro en Venezuela.
“Opciones, opciones, opciones”, respondió. “Nuestro trabajo es presentar opciones en diferentes escalas, dependiendo de hasta dónde quiera llegar el comandante en jefe, el presidente de Estados Unidos”.
El integrante del gabinete expuso que el diseño de contingencias forma parte de las responsabilidades permanentes del Departamento de Guerra y aseguró que existen posibilidades “por todos lados”. A su entender, la estructura defensiva respondería con firmeza y capacidad de fuego si fuera necesario.
Esa posición amplió lo expresado durante una visita realizada en junio a la Base Naval de Guantánamo, donde garantizó que su departamento se mantendría preparado ante cualquier eventualidad relacionada con la Mayor de las Antillas.
Desde el enclave, instó a la dirigencia castrista a no intentar adquirir armamento capaz de alcanzar esas instalaciones o suelo estadounidense. Una decisión de esa naturaleza, previno, provocaría una confrontación que la dictadura no desea y tampoco podría soportar.
“Nuestro mensaje a Cuba es: no entren en ese juego. No entren en un juego en el que amenacen a los estadounidenses o a la patria estadounidense, porque no les irá bien”, manifestó.
Aunque especificó que no estaba revelando información concreta de inteligencia sobre una transferencia de armas rusas o chinas, reconoció que esos movimientos permanecen bajo vigilancia. También alertó que las circunstancias actuales pueden conducir a quienes gobiernan a cometer errores de cálculo.
“Hay mucha presión sobre el régimen de Cuba en este momento, y con justa razón. Tienen grandes decisiones que deberían tomar, y a veces los líderes toman decisiones equivocadas cuando están bajo presión”, afirmó.
El conjunto de esos pronunciamientos no confirma que exista una misión en marcha. Sin embargo, endurece el tono oficial al evitar que se establezcan públicamente los límites de una respuesta ante eventuales amenazas.
El oficialismo cubano se ha presentado como víctima de una política hostil y acusa a EEUU de buscar pretextos para una confrontación. Díaz-Canel ha declarado que Cuba “es un país de paz” y que nunca ha agredido a otra nación, mientras sus funcionarios atribuyen las dificultades económicas y las tensiones bilaterales a las medidas adoptadas por la actual administración republicana.
Tal posición elude las inquietudes derivadas de los vínculos de defensa y espionaje que el castrismo mantiene con Rusia, China e Irán, así como el posible empleo del territorio nacional para desarrollar medios que comprometan la seguridad regional.
Con el propósito de determinar si las expresiones de Hegseth cumplen una función disuasoria o revelan preparativos concretos, DIARIO LAS AMÉRICAS consultó en exclusiva a José Adán Gutiérrez. El especialista recomendó diferenciar la elaboración preventiva de cursos de acción de una decisión política encaminada a ejecutar alguno de ellos.
“Cuando el secretario de Defensa afirma que ‘todas las opciones están sobre la mesa’, eso no significa necesariamente que Washington haya decidido realizar una operación militar contra Cuba”, explicó.
Gutiérrez recordó que las grandes potencias estudian numerosos panoramas, incluso aquellos que no parecen inmediatos. Calificó de extraordinario que, dada la cercanía geográfica y la situación interna de la isla, los organismos responsables no evaluaran distintos supuestos.
La existencia de esos planes, aclaró, tampoco demuestra que el mandatario haya autorizado una intervención. Significa que los mandos procuran anticiparse y presentar diferentes cursos si el Ejecutivo decide actuar.
El experto identifica además un componente de disuasión, presión psicológica y señalización. A su juicio, el propósito consiste en generar dudas sobre la magnitud que podría tener una reacción.
“Está introduciendo incertidumbre dentro del cálculo estratégico cubano”, observó.
Para interpretar el contexto, Gutiérrez aplicó el concepto que denomina “Arquitectura del Poder”. Su tesis establece que la supervivencia de un sistema político no depende exclusivamente de la cantidad de soldados, tanques o aviones que posea, sino de la interacción entre el liderazgo, los cuerpos de seguridad, los servicios de inteligencia, las comunicaciones, la energía, los medios económicos, el dominio informativo, la cohesión de las élites y el respaldo internacional.
Desde esa perspectiva, lo planteado por Hegseth no se limita a exhibir una evidente superioridad bélica. También indica la existencia de instrumentos capaces de afectar los componentes del entramado que permite a la élite conservar el mando.
Gutiérrez considera imprescindible diferenciar la arquitectura del Estado cubano de aquella creada para sostener al sistema político. La primera comprende a la población, los hospitales, la red eléctrica, los puertos, los aeropuertos, las comunicaciones, la administración pública y los servicios que el país necesitaría bajo cualquier Gobierno.
La segunda abarca las cadenas de mando, los órganos de inteligencia y contrainteligencia, los aparatos represivos, la vigilancia sobre los ciudadanos, el control de la información y los mecanismos económicos empleados para proteger a quienes gobiernan.
“El objetivo estratégico no debería ser destruir el Estado cubano. Debería ser neutralizar la capacidad coercitiva del régimen, preservando, hasta donde sea posible, la capacidad del Estado para continuar funcionando”, puntualizó.
Esa diferencia resultaría determinante ante una transición. La desaparición simultánea de los servicios esenciales y de los mecanismos políticos de control podría conducir a una crisis generalizada, en lugar de abrir paso a una reconstrucción ordenada.
El entrevistado advirtió también contra la idea de equiparar automáticamente cualquier iniciativa con una invasión convencional. Entre la presión diplomática y una ocupación terrestre existe una amplia variedad de instrumentos: labores de inteligencia, ofensivas cibernéticas, intervenciones marítimas o aéreas, medidas de interdicción, resguardo de puntos sensibles y neutralización de objetivos específicos.
Antes de adoptar alguna de esas vías, sería necesario definir con precisión su propósito político. Una incursión puede destruir blancos, pero no posee por sí sola la facultad de construir un nuevo orden.
“Si alguna vez Estados Unidos utilizara la fuerza, la pregunta fundamental sería: ¿para lograr qué efecto político?”, indicó Gutiérrez.
Entre las metas racionales mencionó impedir una amenaza directa contra suelo norteamericano, degradar los mecanismos que permitan ejercer violencia masiva contra la población, evitar una desestabilización regional, preservar enclaves estratégicos y crear condiciones para que los propios cubanos impulsen un cambio.
El mayor desafío comenzaría después. El desgaste de la infraestructura, la escasez de combustible, las interrupciones eléctricas y el debilitamiento de funciones esenciales han colocado al territorio en una situación extremadamente precaria.
Un ataque que dañara accidentalmente redes críticas podría acelerar la desintegración del tejido administrativo cuando más se necesitarían hospitales, agua, electricidad, transporte, comunicaciones y seguridad pública.
La superioridad del Ejército norteamericano frente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) no resolvería ese problema. Para Gutiérrez, la dificultad no radicaría necesariamente en derrotar determinados componentes defensivos, sino en impedir que el derrumbe del aparato gobernante arrastre consigo las estructuras indispensables para el funcionamiento nacional.
Un desenlace descontrolado podría provocar migración masiva, inseguridad alimentaria, interrupción de los suministros básicos, desórdenes internos y vacíos de autoridad.
“Cualquier política seria hacia Cuba debe pensar simultáneamente en presión, transición y estabilización. No se puede comenzar a pensar en el ‘día después’ cuando ya se ha producido el colapso”, sostuvo.
En cuanto a la defensa, Gutiérrez detalló que las FAR todavía disponen de sistemas antiaéreos, unidades especiales, órganos de inteligencia y una considerable experiencia operativa. Subestimar esos elementos sería un error, aunque tampoco existe una equivalencia convencional con el poderío del vecino del norte.
La principal fortaleza del aparato oficial no ha radicado históricamente en vencer una guerra abierta. Su supervivencia descansa en la contrainteligencia, la seguridad interna, el control territorial, la propaganda, la penetración política y las redes internacionales.
“La parte militar visible es solamente una capa de una estructura mucho más extensa”, precisó.
Los tres principales socios del castrismo podrían desempeñar algún papel ante una escalada, aunque Gutiérrez juzga poco probable que participen en un enfrentamiento convencional para preservarlo.
El Kremlin mantiene vínculos históricos, diplomáticos y de seguridad con el Gobierno insular. Zhongnanhai, sede de la dirigencia china, ha privilegiado la influencia económica, la infraestructura, las telecomunicaciones, la tecnología y la inteligencia por encima de un compromiso bélico similar al sostenido por la Unión Soviética durante la Guerra Fría.
En Irán, los centros de poder de la calle Pasteur podrían aportar cooperación técnica, conocimientos, medios cibernéticos o herramientas asimétricas, pero afrontan mayores limitaciones para proyectar su alcance hasta el Caribe.
Gutiérrez estima más probable que esas potencias recurran a métodos indirectos mediante ciberoperaciones, desinformación, asesoramiento, transferencia tecnológica, intercambio de datos sensibles y gestiones diplomáticas dirigidas a elevar el costo político de una iniciativa de esa naturaleza.
El especialista planteó finalmente que el peligro no reside en que el aparato castrense cubano pueda superar la capacidad bélica de EEUU, sino en la permanencia de mecanismos capaces de generar daño, desestabilización y coerción, aun cuando los medios convencionales se hayan deteriorado.
El entramado administrativo puede encontrarse extraordinariamente debilitado mientras los órganos de contrainteligencia, seguridad interna y dominio político continúan operativos. Ese desequilibrio constituye, a su juicio, una de las características más delicadas del panorama actual.
“El objetivo estratégico de Estados Unidos no debería formularse simplemente como ‘derrotar a Cuba’. Cuba no es el adversario”, subrayó.
Para el entrevistado, el verdadero reto consiste en contribuir al desmontaje de una estructura hostil y represiva sin destruir los organismos y servicios que los ciudadanos necesitarían para reconstruir una nación democrática.
“Esa diferencia no es semántica”, concluyó. “Es la diferencia entre una transición estratégica y un colapso nacional”.
