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ANÁLISIs

Caminando por Caracas con Andrés Bello

Una conversación imposible sobre la república posible y el arte de no perder la civilización...

Por ORLANDO VIERA-BLANCO

Caracas tiene la virtud de poner a conversar a los vivos con sus muertos. Basta caminar por ciertas calles, mirar una iglesia antigua, disfrutar el olor de la biblioteca de un convento e imaginar los patios donde estudiaron aquellos muchachos que parieron una república. Así la historia no ha muerto. Sólo espera que conversemos con ella.

Mariano Picón Salas escribió que Bello quería construir la civilización americana mediante la educación, la lengua, el derecho, la historia y las instituciones. Mariano consideró ese proyecto como una de las grandes tareas inconclusas del prócer hispanoamericano. Cuánto desearía preguntarle sobre estas interrogantes de su vida.

[…] De pronto, caminando plácidamente por Las Mercedes [cerca de la esquina de Luneta donde nació Andrés de Jesús, María y José Bello López], escucho una voz que me increpa.

Caminando demasiado deprisa. Y me volví al oir de una voz.

El hombre llevaba levita oscura, sombrero, mirada tranquila y esa expresión de quien ha pasado buena parte de su vida leyendo mientras otros discutían. No necesité preguntar quién era.

—¿Don Andrés Bello?

—Eso dicen los libros.

—Los libros también dicen que murió en 1865…Sonrió.

—Los libros suelen equivocarse cuando creen que la muerte de un hombre equivale a la desaparición de sus ideas.

Comenzamos a caminar. Comprendí que tenía delante al caraqueño que había atravesado tres mundos: la Caracas colonial, el Londres de la revolución industrial y la república Chilena que ayudó a construir y hasta su código civil llegó a redactar.

Cuanta versatilidad en una sola humanidad. El poeta de Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida; Oración por todos , el proscrito, la Cometa…El literato y filólogo, el gramático; el jurista y filósofo de Principios de Derecho Internacional, el redactor del Código civil de la república de Chile; el político que acompañó a Bolívar y a Luis López Méndez tras el nacimiento de la I República [1810]; el primer humanista de América se presentaba ante mi, como un simple mortal.

Hablamos entrando a la Biblioteca del Convento de Las Mercedes donde conoció al Fraile Cristobal de Quesada, su maestro de niño.

—¿Qué recuerda de Caracas?—pregunté.

Bello no respondió inmediatamente. Miró hacia adelante.

—Recuerdo una ciudad que ustedes han convertido en una leyenda política. Pero era también una ciudad de libros, iglesias, maestros…de tertulias y jóvenes que querían saber. Por su puesto es la Caracas de las Constituciones Sinodales [inspiradas en el Concilio Ecuménico de Trento] que tanta dependencia han generado al “buen padre de familia, genio y figura de Dios”, plasma de nuestro conflicto histórico por ser o no republicanos, ser uno o ser todos.

[Bello] Nació el 29/11/1781. Su padre, Bartolomé Bello, era abogado de la Audiencia. En 1796 ingresó al Seminario y a la Universidad de Santa Rosa. En 1800 obtuvo el grado de bachiller en Artes. Allí aprendió latín, castellano, filosofía, ciencia y las letras.

—Usted fue contemporáneo de Miranda y de Bolívar.

—Sí.

—¿Y qué significaba Bolívar para usted? Bello se detuvo.

—Bolívar fue un hombre extraordinario. Pero no confunda Ud. al héroe con la República. Un héroe es una figura idealizada. Un ideal republicano puede ser contrario al hombre de poder. Hay que diferenciar—señor mío—entre el hombre en sus circunstancias y pasiones, y el hombre con sus miedos, carencias y pesares.

—¿No son inseparables?

—Ese es uno de los errores más peligrosos de Hispanoamérica. El héroe tiende a sentirse indispensable. El Republicano hace que trasciendan las instituciones por el imperio de la ley.

Lo miré.

—Cuánto nos ha costado recuperar la republica, me atrevo comentar.

—Una república no puede depender de las virtudes extraordinarias de un hombre superior. Debe sobrevivir a sus héroes, a sus presidentes, a sus generales y también a sus malos gobernantes. No necesariamente un héroe es un buen gobernante. Fíjese Ud. Prefiero que me recuerden como un sensato realizador y no como un apóstol inflamado.

—Caramba. Tamaña denuncia y reflexión. Entonces sepultemos a Bolivar el héroe y comprendamos su grandeza, aun siendo partidario de una autoridad vitalicia.

—Perdone Ud. lo diáfano. Pero es así.

—Entonces Ud. desconfiaba del culto al héroe y a la apostolización?.

—!Que palabrota!.

—Yo desconfiaba de todo aquello que pretendiera sustituir las instituciones. Aquí llegamos a un punto lapidario. Somos pro individuos o pro estado? Creo que lo primero o lo segundo en la medida que la institución me resuelva y me redima.

Bello había sido maestro de Bolívar. Pero su destino sería distinto. Mientras el Libertador se preparó para transformar el mapa político de América, Bello se empeñó en construir las herramientas intelectuales de la nueva sociedad.

Londres y el exilio. La Guía de los Forasteros.

En 1810, Bello viajó a Londres-decíamos-formando parte de la misión enviada por la Junta de Caracas junto con Simón Bolívar y Luis López Méndez. La misión buscaba apoyo británico para la causa americana.

Pero la historia decidió otra cosa. La caída de la I República venezolana convirtió aquel viaje diplomático en exilio. Bello permanecería en Londres durante años. Allí conocería de cerca una Europa convulsa, imperial, industrial, moderna y profundamente contradictoria.

—¿Fue Londres una desgracia? pregunto.

—Bello se detiene y con el ruido de la brisa Avileña me responde:

—Una desgracia que terminó siendo una fortuna.

—¿Para Venezuela?

—Para mí. Y quizás para América.

En Londres colaboró con publicaciones americanistas como El Censor Americano, La Biblioteca Americana y El Repertorio Americano. Allí comprendió que las repúblicas no se sostienen con entusiasmo sino con estructura.

—¿Qué aprendió en Londres?

—Que una nación no se construye sólo con proclamas ni retórica.

—¿Con qué se construye?

—Con escuelas, leyes, libros, administración. Con ciudadanos Orlando. [Cómo sabia mi nombre?]. Con respeto al orden y al sentido de pertenencia.

—Que frase la suya: !sentido ciudadano que es sentido de donde soy y de donde vengo!

—¿Y con patriotismo sin chauvinismo, con consenso por encima de imposiciones? Y agrega con ojos penetrantes y voz ronca pero firme:

—El patriotismo sin conocimiento es una pasión peligrosa. No puede existir una república sin estricta empatía de la comunidad política. No concibo la república en términos personalistas.

—Por ahí llegaron a mis manos [me comenta Bello desconcertado] no sé como, unos textos suyos [míos!] donde Ud. cita a un Historiador de apellidos nobles [Herrera Luque], aparentemente de tiempos futuros.

—Quizás fue la providencia—agrega Bello—la que puso frente a mis ojos, sabias ideas vestidas con seda fabulaba. Dijo este psiquiatra historiador: “Aprendí a querer a mi pueblo cuyo mestizaje es su magia, su esplendor, la poesía en movimiento”. Que hermosa frase para comprender la nobleza de un pueblo decente y bueno.

—Cuanto menos se imponga el imperio de los hombres y más el imperio de la ley, pues menos proliferan los héroes y más abundará la republica como proyecto

Mientras caminábamos, le pregunto dónde me ha leído?.

—Ud. no ha mencionado algo importante—dijo.

—¿Qué cosa?

—Nos os sorprenda que un viejo Caraqueño conozca a un compatriota. Caracas tiene la curiosa costumbre que hace que sus hijos se encuentren. Por eso escribí La Guía de Forasteros, para que ocurran “estas cosas”.

No era un libro menor. Era una de las piezas más reveladoras de su pensamiento. Si acaso un prólogo a los gritos de independencia.

—¿Para qué ocurra qué Don Andrés?

—Una república no es sólo ciudadanos y leyes, también debo alertar. Se sostiene con habitantes que se quieren porque se reconocen en un mismo territorio. Una persona no es sólo una suma de derechos y deberes, de feudos o cafetales. Es la suma de afectos.

La Guía de Forasteros no era un simple directorio. Era una cartografía del orden social: autoridades, instituciones, calles, oficios, jerarquías, espacios públicos.

—¿Y eso qué tiene que ver con la República?

—Todo. Se detuvo.

—Un extranjero que llega a una ciudad sin guía no entiende nada. Pero un ciudadano que no conoce su ciudad tampoco.

—¿Entonces la Guía fue una forma de educación cívica?

—Es amigo mío, es: una Silva de identidad y propiedad cultural.

Y añadió: —Antes de ser republicano, el hombre debe saber dónde está parado, pero también dónde están los demás. Eso incluye al rey, sus súbditos, amigos, enemigos y subordinados.

Aquella idea me golpeó con fuerza. Bello no concebía la ciudadanía como un acto abstracto, sino como una experiencia concreta de orientación en el mundo. La Guía de Forasteros ES en ese sentido, una pedagogía silenciosa: enseña a habitar la ciudad antes de gobernarla. Es la génesis de la obediencia natural, espontánea, voluntaria. Si acaso, origen de la desobediencia legítima. Después del sentido de pertenecer, el sentido de nación, que es identidad, que es patria.

—Usted está diciendo que la pertenencia precede a la política.

—Exactamente. La puerta de entrada al poder. La República no es sólo un sistema de gobierno, es una forma de habitar el espacio común.

La universidad no forma profesionales sino hombres libres.

Después de más de casi dos décadas en Europa, en 1829 Bello marcha a Chile. Allí encontraría una patria adoptiva donde terminaría convirtiéndose en uno de los grandes personajes. Bello no escogió Chile porque dejara de sentirse venezolano, sino porque [1829] Chile fue el país que le ofreció una oportunidad concreta, estable y acorde con su talento, mientras Venezuela—convertida en República de Colombia—no le ofrecía lo que su alma demandaba.

Bello llevaba 19 años fuera de Venezuela. Cuando llegó a Valparaíso [25/06/1829], tenía 47 años. Había salido de Caracas en 1810 y la reconquista española de 1812 había convertido su permanencia en Londres en un exilio prolongado.

—¿No sintió que había abandonado Venezuela?

—Nunca abandoné Venezuela.

—Pero murió en Chile.

—Uno puede morir lejos de su tierra y seguir perteneciendo an ella. Si a Ud. le toca irse de este mundo fuera de su país, sentiría que abandonó a su país?

En Chile, Bello se convirtió en profesor, periodista, legislador, senador, jurista, filólogo y educador. Fue redactor de El Araucano, senador desde 1837 y rector de la Universidad de Chile desde 1843.

—¿No hizo demasiado?

—Hice lo que pude.

—¿La vida universitaria fue su respuesta contra la barbarie?

—Aquí está mi obra más querida—dijo, señalando un edificio invisible: la educación. [La Universidad de Chile fue creada en 1842 y Bello fue su primer rector, desde 1843 hasta su muerte].

—¿Qué debe hacer una universidad?

—Formar hombres libres.

—Pero Bolívar no fue a la Universidad

—Bolívar fue un ser único y excepcional, hasta en eso.

—Explíquese

—En cuerpo de Bolivar no sabía su grandeza. Al decir de Páez, “hombre de manos y pies muy pequeños, ojos negros, diminutos pero de mirada penetrante, cabello negro encrespado, muy común entre los criollos, de infatigable cabalgar y batallar, escribía tanto o mejor como planificaba una batalla…Su generosidad era tan implacable como su exigencia la cual no dudó en demandarla de si mismo, poniendo toda su fortuna y su vida al servicio de la libertad.

—Bolívar sólo es una universidad, comento.

—¿Y Miranda?.

—Bueno Orlando, este personaje es otra cosa: es nuestro hombre universal. El que recorrió todos los continentes en barco como si pudiese volar y participó en todas las revoluciones: la francesa, la Americana, la Inglesa y la nuestra; vivió todos los amoríos y acumuló todos los méritos, sin casarse con nadie, solo con su consciencia.

—Ellos no eran simples profesionales de la guerra o de la vida, agrega Don Andrés con expresión bondadosa. Eran ideales de la libertad.

—Pero entienda muy bien esto: un profesional universitario puede ser técnicamente competente y políticamente miserable.

Silencio absoluto, en medio de la brisa y un espectacular atardecer, como dando señal que lo sentenciado, es alegórico. Nunca ponerle a la política tanta academia, y viceversa.

—Hablemos de la lengua como patria invisible.—Su Gramática de la lengua castellana, destinada al uso de los americanos, apareció en 1847. ¿Por qué dedicar tanto esfuerzo al idioma?

—Porque una nación también se construye con palabras.

—¿Y la fragmentación?

—La lengua es lo único que puede sobrevivir a la fragmentación política.

—Y si se convierte en retórica?

—Menos retórica y más conocimiento amigo mío; menos declaración patriótica y más educación, leyes y ciudadania. La universidad precede a la política sin condicionarla. El Código Civil es la arquitectura de ese orden. Menos heroicidad y fascinación épica y más consciencia y urbanidad.

—La ley ante todo?

—No exactamente. Primero la creación de un orden ciudadano, como le comenté, con sentido de pertenencia y amor por la tierra que habito, sin falsos nacionalismos.

—¿Se sintió Usted Chileno, por eso el Código Civil chileno?

—Sí. Pero jamás aparté de mi mente ni de mis oraciones a Venezuela

—Entonces escribió leyes, pero también salmos y poesía…

—Eso sí.

__El Código Civil de 1855 fue su obra jurídica mayor. ¿Qué buscaba?

—Orden y respeto al prójimo.

—¿Qué tipo de orden y respeto?

—El que permite que la libertad no se destruya a sí misma.

—Explíqueme.

—Usted no está perdido en el mundo. Está en una ciudad que puede comprender. Y añadió: —Un hombre que no comprende su ciudad no comprende su república ni respeta su alma.

Me quedé en silencio, mirando hacia atrás…¿Hemos entendido en Venezuela, la huellas del tiempo?. Donde no hay comprensión, no hay respeto, admiración, ni cariño. Y sin afecto la república ni dura ni nace…Mi corazón latía a más velocidad. Una lágrima de frustración y nostalgia se escapa en mi mejilla

—¿Qué le pasa Orlando?. Llora Ud.

—No maestro, es sólo llovizna en mis mejillas, son lágrimas de Dios.

El Bello que Venezuela olvidó. El sentido de pertenecer.

—¿Qué cree que Venezuela necesita hoy?

—Menos hombres providenciales.

—¿Y más qué?

—Más ciudadanos que se sientan parte del lugar donde nacieron.

—¿Y cómo se logra eso?

—Con escuelas. Con libros. Con guías. Con instituciones que expliquen el mundo antes de exigir obediencia.

—Don Andrés, si pudiera regresar a Venezuela, ¿qué haría?

—Caminaría.

—¿Después?

—Buscaría una biblioteca.

—¿Y luego?

—Una escuela.

—¿Y después?

—Tomarme un café en sana paz, en cualquier esquina, como lo hago ahora con Ud.

—¿Y si no la encuentra?

—¿La esquina? Sobran. Pero a todo evento, habría que escribir otra Guía de Forasteros. Hay una señora Quintero que lo ha intentado…

—¿Para quién?

—Para los venezolanos que ya no saben dónde están. [Me quedé solo].

Y comprendí que Bello no fue sólo el gran jurista, el gramático, el rector. Fue algo más profundo: un arquitecto del sentido de pertenencia. Nos enseñó que la República no comienza con la Constitución sino con la capacidad del pueblo de reconocerse en su propio espacio.

Bello entendió algo esencial: no hay República sin geografía moral, sin lenguaje común y sin mapas de pertenencia. Un pueblo no se salva sólo con ideas ni con héroes que abosorben luego el gentilicio. Un pueblo se salva con simpatías, que enaltecen su nobleza y señorio.

Andrés Bello murió en Santiago de Chile el 15 de octubre de 1865. Bello todavía nos hace falta. Especialmente en Venezuela. Mientras me alejaba comprendí la última lección: —Una República no se pierde cuando cae un gobierno. Se pierde cuando sus ciudadanos dejan de saber dónde están. Y entonces, en el silencio de la tarde, me pareció escucharlo otra vez:

—La independencia fue una hazaña Viera-Blanco. Deje que descanse en paz. Construyan una nueva República con amor, con orgullo por la tierra noble, con la simpatía de ser mestizos, hijos de tierra de gracia.

De pronto volteo para abrazarle y darle las gracias por su motivación y su Silva a la belleza republicana. Pero había desaparecido. Solo en la biblioteca, me consigo con un libro dedicado:

“Para Ud. mi amigo de las hojas del tiempo”Y leo:

“De esta pandorga, tu, vulgo insensato, eres vivo retrato, cuando a la santa ley que al vicio enfrenta, llamas servil cadena, y en licenciosa libertad, venturas y glorias te figuras…y caes de cabeza”. Y una voz me susurra

—No existe Orlando, cometa que no termine siendo “vulgo insensato” y caiga de cabeza, si se permite la licencia, la ingravidez plena de ingratitud, de zafarse la cuerda cuando piensa que es cadena siendo que es la ley.

Puedes destruir aquello que te limita, pero también destruirás—en ese momento aquello que permite elevarte—cayendo en el desorden, en el caos, en un licencioso libertinaje, con venturas, sin pena ni gloria.

_La nueva república entonces llegará pero como cometa: esplendoroso, colorido, mágico, maravilloso, volador, siempre acompañando de la regia cabellera de la ley_Y me volví a quedar solo…

Vuele alto don Andrés, como cometa con hermosa corona, halo y estela, guiando nuestros afectos, nuestras simpatías y nuestras vivas pertenencias…

*Abogado Ex Embajador en Canadá
@ovierablanco vierablanco@gmail.com

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