El acto de repudio que intentaron los diplomáticos cubanos en la ONU se saldó con la expulsión del país del primer secretario de la embajada de Cuba en EE.UU., con su inclusión en la lista de Represores Cubanos y con el embajador estadounidense cantándole las cuarenta a los gritones.
Chusmería revolucionaria, hoy y siempre
La delegación cubana en la ONU protagonizó un bochornoso incidente, evidenciando la "chusmería revolucionaria" como estrategia política, según críticos del régimen.
Mike Waltz le dijo al canciller cubano: “No va a intimidarme en EE.UU. como intenta intimidar a los presos políticos en Cuba".
El primer secretario de la misión cubana estaba fuera de control. Intentó varias veces arrebatarle el teléfono a una persona que lo grababa, J. P. Freire, el portavoz del embajador estadounidense.
Después del guirigay, lo mejor que he leído al respecto es lo que publicó la académica cubana Alina Bárbara López Hernández, una de las voces críticas que más desespera al régimen por su lucidez y por su parsimonia.
La cito: “La actitud del canciller Bruno Rodríguez y de la delegación cubana es una vergüenza. Han internacionalizado los actos de repudio”.
Pachanga y política
El gobierno cubano ha usado la chusmeria y la vacuidad como un andamio político. Y lo ha hecho desde siempre; mezclar pachanga con política.
En los años sesenta, cuando la crisis de octubre o crisis de los cohetes, la gente enardecida gritaba en las calles, “Nikita mariquita, lo que se da no se quita’’. Se referían al líder soviético Nikita Jruschov que le quitó los cohetes nucleares a Fidel Castro.
En otro momento, las turbas revolucionarias celebraban - a paso de conga-, los testículos de Fidel Castro. Como si la virilidad y la lucidez política dependieran de algo tan frágil y vulnerable.
La vulgaridad como instrumento político
Ya es hora de que, entre tanta promesa de la Casa Blanca y tanta rabieta del Palacio de la Revolución, alguien centre la atención en cómo el régimen cubano usa la vulgaridad como un recurso de control social.
La vulgaridad como instrumento de choque social
El dramaturgo español Lope de Vega, tenía claro en el siglo XVII, que al pueblo hay que hablarle “en necio para darle gusto”. Y la revolución cubana siempre ha sido muy cercana a Lope de Vega.
Fidel Castro nunca quiso una sociedad culta porque una sociedad culta piensa por sí misma. Por tanto, la educación se redujo al adoctrinamiento, y la información a la propaganda.
Y ya que estamos, la música se redujo al reguetón o peor, a eso que llaman el reparto. Con lo que, por cierto, coquetean las autoridades culturales de la isla echando mano de frases como la identidad nacional y otras tonterías.
Hay generaciones enteras de cubanos que no conocen a José Lezama Lima ni a Dulce María Loynaz. Hay generaciones enteras de cubanos que no pueden entender que la diferencia entre un prejuicio y una opinión es que una opinión se puede explicar.
Los diplomáticos castristas, que armaron esa pelotera en la ONU, forman parte de esas generaciones de cubanos náufragos en una isla en la que ya solo se puede izar la bandera del fracaso.
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