jueves 29  de  octubre 2026
OPINIÓN

JAIME BAYLY, la gracia de molestar

Conocido por su irreverencia y honestidad al expresar opiniones, Jaime Bayly se consolida como una voz incómoda pero necesaria en el periodismo contemporáneo.

Diario las Américas | ZOÉ VALDÉS
Por ZOÉ VALDÉS

Conozco a Jaime Bayly desde aquellos años en que ambos éramos más jóvenes, más temerarios y probablemente más ingenuos. Lo conocí cuando mis primeros libros y los suyos comenzaban a abrirse paso entre lectores que todavía creían que la literatura podía ser una forma elegante de la insolencia. Me invitó varias veces a su programa de televisión y aceptó, con la naturalidad y la frescura que siempre nos han caracterizado, que le sugiriera invitados. Algunos de aquellos invitados, una vez beneficiados por la exposición mediática, jamás tuvieron la cortesía de agradecerlo, ni a él, ni mucho menos a mí. Bayly sí siempre estuvo disponible. O al menos tuvo siempre la inteligencia de entender que la conversación pública es un esfuerzo colectivo, una cadena de complicidades intelectuales y humanas.

He considerado siempre a Bayly un gran escritor y también un amigo. No un amigo íntimo, quizá tampoco uno cotidiano. Pero sí alguien con quien compartí una cierta visión de la libertad, esa palabra tan maltratada por los políticos y tan necesaria para los escritores. No somos iguales. Nunca lo hemos sido. Ayer teníamos diferencias y hoy las seguimos teniendo. Pero justamente esas diferencias son las que caben entre dos seres que se niegan a pertenecer a un rebaño.

La defensa de la libertad en Cuba fue uno de los puntos que nos unió. Otros asuntos nos separaron. Es normal. La amistad verdadera no consiste en estar de acuerdo, sino en aceptar que el otro piense distinto sin necesidad de convertirlo en enemigo.

Porque si algo define a Bayly es que nunca ha sido un hombre cómodo. Y a mí me fascina ser una mujer incómoda.

Como escritor, ocupa un lugar singular en la literatura hispanoamericana contemporánea. Sus novelas mezclan confesión, sátira, memoria, provocación y una permanente voluntad de exhibir las contradicciones humanas. No escribe como un académico ni como un sacerdote de la cultura. Escribe como alguien que sospecha de todas las solemnidades. Por eso ha conseguido lectores fieles y detractores apasionados. Las dos cosas suelen ir juntas.

Desde No se lo digas a nadie hasta sus obras más recientes, Bayly ha cultivado una voz reconocible desde las primeras líneas. Puede hablar de política, familia, amor, resentimiento, deseo, fracaso o envejecimiento sin perder nunca ese tono confesional que parece nacido de una conversación a medianoche. Muchos escritores tienen estilo. Pocos tienen voz. Bayly tiene ambas cosas.

Como presentador de televisión, además, rompió moldes. Cuando apareció en la pantalla peruana y luego internacional, demostró que una entrevista podía ser inteligente sin dejar de ser entretenida. Introdujo un tipo de conversación irreverente que repatea a políticos, celebridades y moralistas por igual. Su talento no consistía solamente en preguntar. Consistía en crear situaciones imprevisibles.

Los entrevistados nunca sabían exactamente qué iba a ocurrir.

Y eso era precisamente lo mejor.

Mientras anestesiados la gente soportaba una actualidad dominada por discursos calculados y respuestas prefabricadas, Bayly convirtió la espontaneidad en un espectáculo.

Su artículo más reciente, titulado "Nunca seré una mujer feliz", publicado el 25 de octubre de 2026, vuelve a mostrar algunas de las mejores virtudes de su escritura reciente. En esa columna mantiene su costumbre de partir de experiencias personales e íntimas para explorar emociones universales. El tono es melancólico, irónico y profundamente humano, una combinación que ha sido marca de la casa durante décadas.

Lo que más me gusta de las columnas actuales de Bayly es que parecen escritas por un hombre que ya no necesita demostrar nada. No tiene que escandalizar para llamar la atención. No necesita fabricar controversias. Las historias fluyen con una naturalidad que sólo poseen los escritores que han aprendido a convivir con sus demonios.

También me ha gustado mucho su último libro y, en general, casi todo lo último que está haciendo. Eso no significa que coincida con él en todas sus posiciones políticas.

No coincido, por ejemplo, con su antiTrumpismo de vitrina. Tampoco con lo que considero un antiKeikoismo de pecera. Ni con cierto entusiasmo maríacorinista que, a veces, parece inclinarse hacia una lectura excesivamente lineal de la realidad venezolana.

Admiro el coraje de María Corina Machado. Me parece una mujer valiente. Pero la valentía no convierte automáticamente a nadie en estadista. La valentía puede convivir perfectamente con el populismo. Y a veces convive.

Bayly, como tantos otros analistas y comentaristas, tiene derecho a sus preferencias y a sus entusiasmos. Sería absurdo exigirle neutralidad. La neutralidad absoluta no existe. Lo importante no es carecer de opiniones, sino expresarlas con honestidad.

Y en eso Bayly suele ser ejemplar.

Uno sabe dónde está parado cuando lo escucha o lo lee.

Nunca juega a esconder sus preferencias detrás de una máscara de falsa objetividad.

Quizá por eso genera tantas reacciones.

Existen escritores admirados por todos. Generalmente son inofensivos e irrelevantes.

Otros existen escritores odiados por todos. A esos pertenecemos él y yo.

Bayly pertenece a esa rara especie de personas capaces de ser admiradas y detestadas simultáneamente. Y creo que, en el fondo, disfruta de ello. Yo también.

Porque ambos compartimos una cierta vocación de incordiar. Bayly es un tipo que molesta. Yo también, y me encanta.

Mientras más numerosos sean esos "todos" a los que molestamos, mejor nos sentimos. Hay algo profundamente saludable en irritar a las tribus ideológicas, a los guardianes de la ortodoxia, a los fabricantes de pensamiento uniforme. Cuando sólo te aplaude un bando, algo estás haciendo mal. Cuando logras incomodar a todos los bandos, tal vez te acercas un poco más a la verdad.

Somos, cada uno a nuestra manera, una viga en el ojo. Una cerilla encendida junto a un cañón. El hilo de una tanga entre las rajas, o las rejas.

Sabemos perfectamente que la discrepancia tiene un precio. Lo hemos pagado muchas veces. Pero también sabemos que la libertad intelectual sería imposible sin ese coste. Por eso nunca me ha preocupado demasiado coincidir o discrepar con Bayly. Lo esencial permanece. Permanece el escritor. Permanece el entrevistador. Permanece el tipo que decidió hablar cuando otros callaban. Permanece el narrador que convirtió su propia vida en materia literaria. Permanece, sobre todo, la voluntad de desafiar las convenciones. Y eso, en una época obsesionada con el conformismo disfrazado de virtud, tiene un valor enorme.

Cuando leo las columnas recientes de Bayly veo a un autor que ha logrado algo que muy pocos consiguen: seguir siendo reconocible sin repetirse. Sigue escribiendo sobre sí mismo, claro. Pero ahora lo hace desde una perspectiva más reflexiva, más consciente de la fragilidad del tiempo y de la inevitable derrota que nos espera a todos.

Quizá por eso sus textos recientes tienen una resonancia especial. Ya no son únicamente provocaciones. Son también meditaciones. La irreverencia permanece, pero acompañada por una sabiduría que sólo conceden los años.

Al final, cuando pienso en Jaime Bayly, me viene a la memoria la definición exacta de “tocapelotas” -que es lo que soy yo también, la tocapelotas de un chinito- y, con permiso, una imagen inesperada: los seis tapices de La dama y el unicornio, en el Museo de Cluny. Especialmente el último, el más misterioso de todos, aquel que lleva por título “À mon seul désir”, “A mi único deseo” -como la tocapelotas honoris causa que subrayo que soy. Porque Bayly, pese a todas sus contradicciones, polémicas y excesos, ha seguido siempre un único deseo: la libertad. La libertad de escribir lo que piensa. La libertad de entrevistar a quien quiere. La libertad de equivocarse. La libertad de rectificar. La libertad de molestar. Y quizá por eso sigo leyéndolo. Porque los escritores verdaderamente libres son cada vez más escasos. Y los auténticos tocapelotas, aún más.

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