Hay una melancolía extraña en la última noche de unas vacaciones. La luz amarillenta de las farolas ya no es tan cálida, ha blanqueado, se vierte sobre los sembrados con tímidos brillos de vidrio que anticipan las noches frías del otoño. Cae un levísimo manto de lluvia, como el vaho de un rompeolas, aguacero a la luz de los fanalicos del puerto, y las aguas de la ría ya no están partidas por ese río de luz de luna de hace algunas noches, sino que se esconden densas, ennegrecidas, y repletas de los misterios y los horrores de la temporada de nieves. Nadie sale a recoger menta a los caminos, nadie enciende el fuego para asar la cena bajo un cielo estrellado, ya ni las señoras se asoman con sus largos delantales a las puertas de las casas a ver quién anda ahí, mientras grupos heterogéneos de turistas y lugareños pasean al fresco. El final del verano aquí es de una tristeza hiperbólica. El eco de la risa de una mujer hermosa que acaba de irse.
Con las maletas cerradas
Horas antes, ya la playa había mudado su rostro vigoroso de quince días atrás. La bajamar inmensa, casi septembrina, hacía del arenal un mundo apenas poblado por las caras nuevas de veraneantes tardíos, desorientados, como si los hubieran sacado a todos de una calita del Mediterráneo y los hubieran soltado sin avisar en este violento y bellísimo Cantábrico. A las seis el sol ya no era estrella radiante sino masaje suave, con delicadas manos naranjas sobre nuestra piel retostada entre rayos y salitre. Ya había claudicado el astro picante del verano joven, ya se había vuelto el calor templado del estío envejecido, el que de niño terminaba de ennoblecernos el tono de la segunda o la tercera muda de piel, cuando los veranos duraban tanto como esa niñez que nos prometíamos definitiva.
Al fondo, en los dos grandes pinos, los estorninos ya no enloquecen al paseo de cualquier veraneante por la parte oscura de la acera. Los pájaros del barrio guardan la ausencia a los que han migrado, duermen en la paz de las aves de pueblo, cuando turistas y espontáneos regresan con la marea a las grandes urbes. Aquí dejan el sosiego de los pájaros, que a oídos humanos se vuelve una inquietante melodía de tristezas, de soledades, un pálpito de desasosiego. Es un despertador, el que te grita con la voz grave que es tu hora, también, la hora de marcharte. Así, con las ojeras dolorosas, se abrazan en último suspiro de agosto los amores del verano que septiembre parte en dos ciudades.
Acompaño, como un cofrade en Viernes Santo, a la gran procesión del abandono de estas playas, parques y plazas. Esta noche de duelo por otro estío consumido. La lluvia imprevista de la madrugada cala los huesos tostados y nos despierta del sueño de las vacaciones, nos suelta en la pesadilla de la duda, en la antesala de la acción. Con los bolsillos llenos de paisajes, calma, aromas, miradas, y solaz, pero con un temblor en el alma, un vilo en los ojos al mirar cara a cara al futuro, más que nunca hoy, cuando el mundo asiste a la frugalidad absoluta de cualquier certidumbre. Ningún septiembre será como el que asoma por la doblez del calendario, pero ni siquiera eso ha logrado diluir las ganas de agarrarse con los dedos a un agosto de ilusión, marinero, soñador, bohemio y aventurero. Un agosto que ya es el epílogo de un libro bueno.
El silencio aturde la madrugada, que cae con todas sus soledades clavadas a la espalda. Rompe la noche el ladrido solitario de un labrador. Y el rugido incesante de la carretera de entrada al pueblo es ahora un goteo de monótonos motores, escuetos, separados entre largos minutos, y que llegan con la densidad y el tedio de los coches del invierno. Mientras pasan los autos y caminos, y susurran sus vientos de ansiedad, contemplo al fondo las maletas cerradas, dispuestas, el folio en blanco de otro curso, el final que es un comienzo. Apuro el ron más amargo, me tumbo por última vez en la cama de todos los veranos, y aprieto al fin el botón del despertador, como quien programa una bomba para volar en unas horas su propia vida. Todos los sueños, todo lo bello, todos los proyectos, todas las lecturas, y todos los momentos en que cogimos aire de este año afilado y doloroso, para decirle quizá en enero al buen Dios: llévame pronto de vuelta a ese verano que se marchó para siempre.
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