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OPINIÓN

Cuba y la costumbre de culpar a otros

"La crítica es el ejercicio del criterio; destruirla es matar la inteligencia." — José Martí

Por YALIL GUERRA

Resulta imposible para mí permanecer indiferente ante la situación que vive Cuba. Aunque gran parte de mi familia reside fuera de la isla, todavía tengo familiares, amigos y seres queridos que enfrentan diariamente las consecuencias de una crisis que parece agravarse con cada año que pasa. No suelo escribir sobre política. No porque me falte interés o preocupación, sino porque siempre he creído que mi mayor aporte a la sociedad está en la música. Sin embargo, hay momentos en que el silencio deja de ser una opción razonable.

Lo que más inquieta no es únicamente el deterioro material del país, sino la persistencia de una narrativa oficial que, después de más de seis décadas, continúa atribuyendo prácticamente todos los problemas nacionales a factores externos. Una explicación que, con el paso del tiempo, ha perdido capacidad de convencimiento, incluso entre muchos de quienes alguna vez la aceptaron sin cuestionamientos.

La lógica parece invariable: si faltan alimentos, la culpa es del embargo; si colapsa el sistema eléctrico, la culpa es del embargo; si la agricultura no produce, la culpa es del embargo; si miles de jóvenes abandonan el país cada año buscando oportunidades en otras latitudes, también es culpa del embargo. La conclusión implícita es que todos los problemas tienen un origen externo y que, por tanto, las responsabilidades internas son inexistentes o secundarias.

Sin embargo, toda sociedad que aspire a avanzar debe atreverse a formularse preguntas incómodas.

Si el principal obstáculo para el desarrollo nacional es exclusivamente externo, ¿cómo explicar décadas de ineficiencia productiva? ¿Cómo justificar el progresivo deterioro de la infraestructura? ¿Cómo entender que una nación con altos niveles de educación y capital humano dependa cada vez más de las remesas enviadas por aquellos que decidieron emigrar?

Como profesional de la música, cuando encuentro un problema intento resolverlo. De no hacerlo, corro el riesgo de fracasar en aquello que me propongo alcanzar. Esa lógica, elemental en cualquier profesión, empresa o proyecto de vida, también debería aplicarse a la administración de un país. Cuando las dificultades persisten durante décadas, resulta legítimo preguntarse si ha existido la voluntad suficiente para corregir errores, replantear estrategias y asumir responsabilidades.

En ocasiones, pareciera que la repetición de las mismas explicaciones ha terminado sustituyendo la búsqueda de soluciones efectivas. Y cuando una explicación se convierte en dogma, deja de ser una herramienta para comprender la realidad y pasa a convertirse en un obstáculo para transformarla.

Existen además interrogantes que rara vez encuentran respuestas satisfactorias. Si las restricciones externas constituyen el único problema, ¿cómo se financian multimillonarias inversiones hoteleras? ¿Cómo llegan al país productos provenientes de múltiples mercados internacionales? ¿Cómo se sostiene una industria turística diseñada precisamente para interactuar con economías de mercado? Son preguntas legítimas que merecen respuestas igualmente legítimas.

La realidad, como suele ocurrir, es mucho más compleja que cualquier consigna política.

La desaparición de la Unión Soviética representó una oportunidad histórica para replantear el rumbo económico y político de Cuba. Numerosos países que atravesaron crisis similares emprendieron procesos de reforma, con éxitos y fracasos, pero con voluntad de adaptación. Cuba, por el contrario, optó durante años por preservar estructuras que ya mostraban señales evidentes de agotamiento.

El resultado de esa decisión es visible hoy: apagones prolongados, escasez de bienes esenciales, deterioro urbano, disminución de la capacidad productiva y uno de los mayores éxodos migratorios de su historia contemporánea.

Más revelador aún resulta observar las recientes medidas económicas impulsadas por el propio gobierno. Muchas de ellas incorporan mecanismos tradicionalmente asociados a las economías de mercado y a una mayor apertura de la iniciativa privada. Es inevitable preguntarse por qué, después de más de seis décadas defendiendo un modelo diferente, se termina recurriendo precisamente a herramientas que durante años fueron objeto de críticas, restricciones o prohibiciones.

También vale la pena reflexionar sobre cuántos economistas, académicos, emprendedores y profesionales cubanos propusieron reformas similares en décadas anteriores y fueron ignorados, desacreditados o incluso castigados por ello. La historia reciente parece demostrar que muchas de aquellas propuestas, consideradas inaceptables en su momento, hoy son vistas como alternativas necesarias para enfrentar una crisis que ya no admite demasiadas postergaciones.

Quizás no se trate de una cuestión ideológica. Quizás se trate simplemente de una realidad que ha terminado imponiéndose por su propio peso.

Lo verdaderamente preocupante es que la autocrítica continúa siendo una asignatura pendiente. En cualquier organización, empresa o nación, la capacidad de reconocer errores constituye el primer paso hacia la corrección. Sin ese ejercicio de honestidad intelectual, resulta imposible construir soluciones duraderas.

No se trata de negar el impacto que determinadas políticas internacionales puedan tener sobre la economía cubana. Sería absurdo hacerlo. Tampoco se trata de simplificar una realidad extraordinariamente compleja. Pero reducir todos los problemas nacionales a una única causa externa implica ignorar décadas de decisiones internas que también han contribuido, de manera significativa, al escenario actual.

Tal vez la pregunta más importante ya no sea quién tiene la culpa.

La verdadera pregunta es cuánto tiempo más puede sostenerse un modelo incapaz de garantizar prosperidad, estabilidad y expectativas de futuro para una parte importante de sus ciudadanos.

Porque al final, el bloqueo más perjudicial para cualquier sociedad no siempre proviene del exterior. El más peligroso suele ser aquel que impide reconocer errores, corregir políticas fallidas y aprovechar plenamente el talento, la creatividad y la capacidad de su propio pueblo.

Los cubanos merecen un debate honesto sobre las causas de la crisis nacional. Merecen algo más que consignas repetidas. Merecen dirigentes capaces de asumir responsabilidades y ciudadanos libres para expresar sus opiniones sin temor.

Y, sobre todo, merecen un futuro mejor que la permanente búsqueda de culpables.

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