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OPINIÓN

Culebra

Otto tenía un radio, uno japonés, pequeño y barato que funcionaba con dos baterías, también pequeñas y difíciles de conseguir. Un radio que en cualquier lugar del mundo no pasaba de ser una baratija, pero en la Cuba de 1983 era una posesión valiosa

Por CAMILO LORET DE MOLA

Otto racionalizó el uso del radio para el pelotón luego que el teniente le amenazara con confiscarlo si nos descubría escuchando estaciones de “la yuma”, acusándonos de traidores que se volvían locos por la música del enemigo.

Había que entender a Otto en aquellas trincheras frías del valle de Güines, donde esperábamos infructuosamente el desembarco de la 82 división aerotransportada de los Estados Unidos, que nos condenaba a interminables horas de aburrimiento o a sufrir las charlas del político asignado a la tropa. Otto protegía el radio para mantenerse conectado con la serie nacional de béisbol, era su escape de aquel absurdo.

En cambio, nosotros no podíamos escuchar la “dobliun”, así le decíamos a la estación de la Florida, la WGBS creo recordar, que entraba clarita por la FM del radiecito y con la que jugábamos a reproducir en nuestro mal inglés la letra de All night long, el nuevo tema de Lionel Richie que pasaban una y otra vez.

A los cubanos les acababan de dar una paliza en la isla de Granada y el mando militar había decidido que los yankis nos invadirían por la poca resistencia del coronel Tortoló y los constructores cubanos en el aeropuerto de St. George. Para colmo de males el pronóstico era que las boinas verdes desembarcarían en el valle donde estaba nuestra escuela preparatoria para la universidad. Allí habíamos llegado después de dos años de servicio militar, con la promesa de que solo tendríamos que estudiar. Pero con la crisis inventada por los jefazos nos pusieron los cascos, nos repartieron las armas y nos mandaron a las trincheras otra vez.

Uno de los que más sufría por la falta de música era el chino Hoa, frustrado además por no convencer a Otto para que desobedeciera al teniente. Por eso se montó una emboscada provocadora: con una cólera fingida, al estilo de un mitin de barricada, comenzó a gritar que el enemigo moriría tan pronto desembarcara porque nos encontraría en pie de guerra, haciendo guardia por toda la noche y agregó cantando, “haciendo guardia all night long”.

En cuanto pronunció el título de la canción prohibida todos comenzamos a bailar repitiendo el estribillo hasta que el teniente nos amenazó con trancarnos en el calabozo.

Rafael, un negro alto y flaco a quien llamábamos Culebra, había venido de Etiopia tras masticar arena por veinticuatro meses en el desierto del Ogadén y cuando supuestamente había terminado con la pesadilla de la frontera somalí, le endilgaron un lanzacohetes RPG7, “nuevo de paquete”, le decía el armero orgulloso, “directo desde la Unión Soviética”.

Culebra perdió los estribos frente a las amenazas del teniente y lanzó al agua fangosa del fondo de la trinchera el arma soviética que nunca habían disparado. Para asombro de todos, Culebra encaró al teniente y le dijo, “me cansé de esta guerrita de blancos, así que te toca sacar esa mierda del fango”.

Quisiera decir que me sentí orgulloso de tamaña valentía, pero lo que recuerdo fue miedo, por Culebra y por todos nosotros. Por suerte el desafío dejó al teniente sin palabras y alguien recuperó del agua podrida el enorme tubo del lanzacohetes. Esa noche el teniente no dijo nada cuando escuchamos la estación del enemigo.

Finalmente, los americanos no vinieron, el que si llegó fue Oscar de León para hacer olvidar las penas de la derrota en Granada. Ese año marcó también el inicio de la fiebre por construir refugios: llenaron de agujeros el país para protegernos de un bombardeo que Ronald Reagan tampoco mandó.

A Culebra lo recuperé en las redes sociales, vive en California donde trabaja como dentista. Otto estudió periodismo en Rusia y vive en la Florida, no sé si todavía es fanático de la pelota.

De Hoa no supe más nunca, pero me río cuando lo recuerdo burlándose del teniente y contorsionándose como hacían los bailarines en el video clip de Lionel Richie.

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