El segundo domingo de febrero de 2026, el reguetonero Bad Bunny campeó invicto en el Levi’s Stadium de la distópica California, donde se jugó la sexagésima edición del Supertazón, en un monólogo sin contrapunto pues la NFL se aseguró de sacar del aire cualquier otro espectáculo que disputara audiencia a su surrealista show de medio tiempo, como fue el caso de Un Caballero de los Siete Reinos —del universo de Juego de Tronos—, cuyo cuarto episodio debió difundirse ese domingo, en el mismo horario.
Distopías, cantares y campeones: La hispanidad, del Quijote a Bad Bunny
En una revancha en ausencia de contendor, Bad Bunny, último subproducto de esa industria cultural derrotada por la hispanidad fue declarado “embajador artístico de Latinoamérica” por la organización del Supertazón
Tanto el Supertazón, que este año enfrentó a Patriotas de Nueva Inglaterra y Halcones de Seattle, como la distopia Un Caballero de los Siete Reinos, son evocaciones contemporáneas de los torneos de caballería medieval, que enfrentaban a escuderías de paladines en mortales duelos, a lanza y espada, para someter al Juicio de Dios sus discrepancias que iban de la razón al honor y del ego al idilio.
En paralelo, el entretiempo del duelo Patriotas-Halcones fue escenario de un duelo aparte entre la industria del espectáculo y creadores de contenido hispanoamericanos, históricamente hostiles a la estereotipación y “mercantilización de la latinidad” (Lugo Lugo, 2012) ejecutada por los mercaderes de la cultura popular, una causa nacida de instituciones, intelectuales y artistas hispanos en Estados Unidos –la RAE, Willie Colon, Ruben Blades y otros, que en 2016 lideraron un movimiento contra un previo intento del apparatus liberal de obligarnos a re-imaginar la identidad hispana: El boicot a la etiqueta del LatinX.
En una revancha en ausencia de contendor, Bad Bunny, último subproducto de esa industria cultural derrotada por la hispanidad fue declarado “embajador artístico de Latinoamérica” por la organización del Supertazón. El verdadero campeón de la audiencia estadounidense de domingo fue forzado por Warner y HBO a cabalgar su cuarto episodio, en premier adelantada, el viernes previo al juego y su espectáculo de intermedio, por la presión de las billonarias marcas auspiciantes de la NFL.
¿La razón de la maniobra? El relato de Dunk El Alto, escudero del trágico Sir Arlan Pennytree es una reposición creativa de varios cantares de gesta medievales, pero en especial de la épica fundacional de la hispanidad: La inmortal pieza de Miguel de Cervantes sobre Don Quijote y su escudero Sancho.
La saga de HBO arranca tres domingos antes del Supertazón, con un joven Dunk sirviendo al septuagenario Sir Arlan a quien tras su muerte el escudero buscará suceder en su periplo por Westeros. Ya en el rol de caballero, la dinámica entre Sir Duncan y su escudero Egg – cuya velada identidad es Aegon Targaryen, quinto del nombre y heredero del trono de hierro, se torna en la dinámica entre el gato de Charles Perrault y su amo, el ingenuo marqués de Carabas, aunque en una inversión de roles en que el noble es el siervo y el hidalgo pobre es el caballero.
Pero la trascendencia de Dunk El Alto no se limita a su evocación a dos cantares de poesía medieval – “Don Quijote de la Mancha” (Cervantes, 1602) y “Maese Gato” (Perrault, 1695), sino a la reposición del espíritu y la esencia de un instituto de la cultura occidental: La caballería andante. Previas adaptaciones de Canción de Hielo y Fuego (Martin, 1996) pletóricas de dragones, gigantes e insepultos caminantes, tornaron gris y pequeña la figura de los paladines de Winterfell inspirados en campeones medievales como el conde Roldan y su par Oliveros, protagonistas del holocausto de la retaguardia de Carlomagno en Roncesvalles en “El cantar de Roldan”, o la epopeya del Sidi Rodrigo Diaz de Vivar en su búsqueda de recuperar el honor y confianza del rey Alfonso en “El cantar del mío Cid”.
Del Quijote de la Mancha al Cid Campeador la figura del caballero andante es, en la literatura española, el epitome de los valores de la caballería, encarnadas en una nobleza no heredada sino ganada por el código bajo el cual el paladín andante vive, en austeridad y observancia del honor, la lealtad, la justicia y la verdad. La muerte de Sir Baelor Targaryen, príncipe heredero, defendiendo la causa justa del indigente Sir Duncan, es otro tributo al juramento de caballería de ser valiente, justo y protector del débil que inspiro al normando Ricardo Plantagenet, Rey de Inglaterra, a pelear por su vasallo el sajón desheredado Sir Wilfred de Ivanhoe (Walter Scott, 1819), o a Carlomagno de Francia a volver para recuperar el cadáver de su sobrino de las huestes del rey sarraceno Marsil (Turoldo, 1090).
En un universo invertido, obviando los siglos de historia y literatura citados, el dueño de la Liga Nacional de Futbol Roger Godell, le concedió la representación de lo hispanoamericano, a un musico arquetípico de la anti-hispanidad, que con cada verso veja a la Real Academia de la Lengua y con cada lirica ultraja la galantería de la lengua hispana y la dignidad de esa Dulcinea del Toboso, esa Ginebra de Avalon o aquella Rebeca de York por cuyo honor El Quijote, Lanzarote o Ivanhoe sangraron hasta lograr la retractación de sus infamadores.
En esa misma bizarra dimensión paralela, bajo acrónimos como JLo y AOC, otros contrahechos modelos del derrotado LatinX, producidos por la misma industria cultural, usan el poder monopólico de la media para tratar de cosificar a la mujer hispana e instalar el sórdido “perrear sola” cual el último acto revolucionario pseudo feminista contra el molino de viento del patriarcado
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