Tras tres años de aislamiento en casas, cierres de negocios y postergación de reuniones sociales, Pekín revirtió su política distópica de ‘cero COVID’ en medio de protestas masivas. El costo humano de esos bloqueos paralizantes fue inmenso, tanto en China como en todo el mundo. Pero la noticia de la tan esperada reversión hizo sonreír a los inversores y gerentes de la cadena de suministro. Los mercados subieron. Y por un breve instante, hubo optimismo que las cosas iban a “volver a la normalidad”.
El fin del 'cero-COVID' no significa el fin de las interrupciones en China
Entonces, la realidad golpeó.
China está luchando para manejar un aumento masivo en los casos de coronavirus. Los hospitales están desbordados. El personal médico está infectado. Los ciudadanos chinos están traumatizados. Y la respuesta del gobierno, al menos por hoy, es decirle a las personas infectadas que deben ir a trabajar. La imprevisibilidad es difícil de comprender y todo podría cambiar de rumbo nuevamente si las condiciones empeoran.
Cuando eso suceda, el impacto repercutirá en nuestra economía. Los precios subirán aún más. Las estanterías estarán más vacías de lo que ya están. Los padres se preguntarán por qué no pueden obtener medicamentos básicos para mantener a sus hijos con salud.
Como demostró el propio virus, lo que sucede en Wuhan o Pekín no se queda ahí. Afecta a todo el mundo, razón por la cual la política de EE.UU. debe centrarse en volver a traer industrias vitales de regreso a EE.UU. El Representante de EE.UU. Ro Khanna (D-CA) y yo tenemos una nueva propuesta legislativa para hacer exactamente eso. Pero también debemos convencer a las empresas, supuestamente empresas norteamericanas, que les conviene sacar las cadenas de suministro de China.
Mi argumento es simple.
China es intrínsecamente poco fiable. Es un país de 1.400 millones de habitantes gobernado por los caprichos de un solo hombre. Su economía puede colapsar o dispararse en un abrir y cerrar de ojos o, en este caso, simplemente con un memorando del secretario general Xi Jinping.
Incluso si Xi nunca vuelve a confinar otra ciudad de su país, China seguirá siendo un lugar peligroso para que los estadounidenses hagan negocios. Simplemente pregúntele al multimillonario Jack Ma, al tenista Peng Shuai o al propietario del periódico Apple Daily Jimmy Lai qué tan estable es hacer negocios en China. Y eso es ni siquiera teniendo en cuenta el riesgo político y financiero de utilizar cadenas de suministro corrompidas por mano de obra esclava.
Puede haber sido fácil hacerse los de la vista gorda ante las atrocidades de Pekín en el pasado, pero hoy en día ya no lo es. Las cosas también están cambiando en EE.UU. Los congresistas de ambos partidos son cada vez más escépticos de las empresas con conexiones con el Partido Comunista Chino (PCCh, por sus siglas en español). Y eso significa que todas las empresas que operan en China tienen los ojos puestos en Washington D.C.
Solo mire lo que sucedió cuando el Congreso de EE.UU. aprobó mi legislación bipartidista sobre los uigures. Empresas vinculadas a China tuvieron que asegurarse que no se beneficiaran del trabajo esclavo de esa minoría. Aquellos que ignoraron el problema ahora corren el riesgo que sus productos sean confiscados por los oficiales de aduanas de nuestro país. Sus proveedores también podrían terminar en una lista negra del gobierno norteamericano.
Además de eso, las tarifas impuestas por el gobierno Trump permanecerán vigentes en el futuro previsible. En conjunto, estos factores (el potencial de más interrupciones en la cadena de suministro, la inestabilidad del gobierno de Xi y la creciente hostilidad de los legisladores hacia las empresas vinculadas al PCCh) hacen que confiar en China sea un mal negocio. El desvincularse de Pekín pudo haber parecido inimaginable previo a la pandemia, pero hoy es algo de sentido común.
En otras palabras, confiar en China es malo para nuestro país y malo para las empresas de EE.UU.
¿Cuáles son las alternativas? Muchos trabajos de fabricación pueden y deben regresar a EE.UU. Otros podrían venir a nuestro hemisferio, países vecinos y aliados. Deberían ir a economías que no corran el riesgo de cierre inminente por decreto de un tirano.
Esta realmente es una oportunidad para asegurar mayores ganancias a largo plazo. Si las empresas no lo aprovechan, sus directivos e inversores en algún futuro próximo se preguntarán por qué el gobierno de EE.UU. los sancionó por apoyar a Pekín en medio de un ataque a Taiwán.
Ha llegado el momento que las empresas estadounidenses hagan lo correcto para su personal, sus accionistas y su país. Nada bueno o rentable saldrá de hacer lo contrario.
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