El escritor Manuel García Ribeyro era tan ambicioso y obsesivo, tan ensimismado y adicto al trabajo que, cuando su esposa Pilar le sugería que tuvieran un hijo, decía:

-Si quiero ser un escritor respetable, no puedo ser padre de familia, no puedo tener hijos.

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Sin embargo, ante las presiones de su esposa, se rindió. Ambos habían nacido y crecido en Sudamérica. Vivían en Londres, donde García Ribeyro era profesor de español en una escuela privada que le pagaba bien. Tuvieron un hijo llamado Alfredo, que nació en aquella ciudad. No fueron años fáciles para García Ribeyro. No podía escribir en su apartamento porque el niño lloraba o quería jugar y lo interrumpía. Tenía que refugiarse en la biblioteca del barrio, donde escribía a mano en un cuaderno.

Apenas el niño Alfredo tuvo edad para asistir al colegio, su padre decidió que lo matricularían en un internado. La madre expresó dudas y reparos, pero García Ribeyro prevaleció. Dejaron al niño en un internado severo y exclusivo. Lo veían los domingos por la tarde, dos horas, de cuatro a seis. García Ribeyro se sentía aliviado cuando se retiraban del internado los domingos al final de la tarde.

Tal vez por la distancia o la frialdad que sus padres se permitieron respecto de él, Alfredo creció rebelde en el internado. Como sus padres, poseía una inteligencia formidable. No tardó en aprender varias lenguas y descollar académicamente. No era demasiado popular. Era arisco, desconfiado. Con apenas ocho años, decidió que quería cambiar de religión: anunció que ya no sería católico, sino luterano. También pidió a las autoridades del colegio que le permitiesen cambiar de apellidos y hasta de padres. Quería elegir su nombre y su familia, otra familia. No se lo permitieron. Quedó frustrado. Se prometió que tarde o temprano se cobraría la revancha. Era un parricida, pero quizás su padre no lo advertía.

Cuando Alfredo García Ribeyro terminó sus estudios en el internado inglés, tenía quince años, era muy delgado, se había dejado la barba y parecía un intelectual precoz o un terrorista en ciernes o un lunático peligroso o un misántropo adolescente. Como su padre era profesor visitante en la universidad de Princeton, en las afueras de Nueva York, esa casa de estudios, tras las gestiones del ilustre escritor, no vaciló en admitir al joven Alfredo. Su padre quería que estudiase filosofía o historia del arte, en ningún caso literatura. Tozudo, Alfredo eligió estudiar literatura inglesa e historia de las religiones.

A poco de ingresar en Princeton, donde leía con curiosidad infatigable y escribía poesía que nadie podía leer, Alfredo conoció a la famosa actriz Brooke Shields, quien se había retirado de la industria del cine. Aturdido, enfebrecido, como si le hubiese caído un rayo en la cabeza, se enamoró perdidamente de ella. Para su desgracia, dicha pasión no fue correspondida. Alfredo le escribía y regalaba poemas en inglés y francés, la perseguía por el campus, se matriculaba en las clases a las que ella asistía, la emboscaba con invitaciones para ir al cine o salir a bailar, pero ella, la actriz famosa, una de las mujeres más bellas y deslumbrantes del cine, evadía sistemáticamente a su improbable pretendiente, el jovencito de la barba espesa y la mirada afiebrada, hasta que se cansó de que él la acosara con sus avances y se quejó ante de las autoridades de la universidad, que amonestaron a Alfredo García Ribeyro y le pidieron que dejase en paz a la señorita Shields. Devastado por las penas amorosas, Alfredo hizo maletas y, sin decirles nada a sus padres, que se encontraban en Londres, abandonó el campus de Princeton y viajó a Lima, donde sus padres poseían una casa preciosa en el barrio artístico de Barranco, con vistas a los acantilados y el mar.

Enterado de que su hijo Alfredo había abandonado la universidad de Princeton por una contrariedad amorosa y se había refugiado en su casa de Barranco, en Lima, el escritor Manuel García Ribeyro montó en cólera, sucumbió a las iras volcánicas y ordenó a gritos, por teléfono, al deprimido Alfredo que volviese inmediatamente a Princeton y reanudase sus estudios. Pero Alfredo, porfiado y combativo como su padre, se negó. Entonces García Ribeyro le dijo:

-Si no vuelves a Princeton inmediatamente, ¡te vas de mi casa!

De nuevo humillado, Alfredo hizo maletas y se marchó de la casa de sus padres en Lima. Como no tenía adónde ir, pidió refugio en la casa del pintor Felipe Tola, amigo de su padre, quien se negó a recibirlo porque no quería romper su amistad con el famoso García Ribeyro, una amistad entrañable de toda la vida.

En esas condiciones de desamparo y precariedad fue como el brillante joven intelectual Alfredo García Ribeyro llegó al local del diario “La Prensa”, en el centro de Lima, y pidió trabajo como articulista de opinión. El director del periódico, Arturo Salcedo, hombre de buena entraña, espíritu generoso, no dudó en contratar a ese jovencito que parecía nimbado por una aureola de precocidad intelectual y desdicha sentimental. Le pidió que escribiera un artículo de opinión tres veces por semana, tema libre, y acordaron los emolumentos. No era mucho dinero, no alcanzaba siquiera para alquilar un apartamento o un cuarto. Entonces el jefe de la página de fotografías y eventos sociales, Coco Arana Freire, famoso en el periódico por fiestero y bromista, heredero de una vasta fortuna, se acercó a Alfredo, se presentó con aire risueño, le dijo que estaba enterado de la pelea familiar, por algo era el jefe de la página de chismes sociales, y le ofreció una habitación de huéspedes en su apartamento. Encantado, Alfredo aceptó y se mudó a casa de Coco Arana Freire, sin sospechar que se llevaría más de una sorpresa.

No fue apenas una sorpresa, fue una seguidilla de contrariedades hilarantes e impensadas la que emboscó al joven Alfredo García Ribeyro, que, como su padre, quería ser periodista y escritor, y, a diferencia de él, consideraba que estudiar en Princeton era perder el tiempo y vivir en una burbuja elitista. La primera sorpresa ocurrió un domingo por la mañana cuando Coco Arana Freire le llevó el desayuno a la cama al joven García Ribeyro y le sugirió que viniese a desayunar en su habitación, donde, para estupor de Alfredo, había un fornido moreno afroamericano, desnudo, sonriente, que había pasado la noche con Arana Freire y dio un salto para saludar con un gran abrazo a Alfredo. En ese momento, y con visible incomodidad por la desnudez del amante y la proximidad de su enorme colgajo y la reciedumbre del abrazo, García Ribeyro comprendió que Coco Arana Freire era homosexual. Lo confirmó unas noches después, cuando Coco lo despertó y le preguntó si quería acercarse a su cama para compartir un trío con el fornido afroamericano, invitación que Alfredo, pálido, translúcido, prefirió declinar con los mejores modales, como si le invitasen langosta y fuese alérgico a ella. Lo reconfirmó pocos días después, cuando Coco Arana Freire le pidió que les tomase fotos a él y su amante afroamericano en plena refriega o guerrilla erótica, una sugerencia que Alfredo prefirió no aceptar, alegando que era miope y no sabía tomar fotos. La noche en que, alcoholizado y oliendo a marihuana, Coco Arana Freire se metió en la cama de Alfredo García Ribeyro y le ofreció unos masajes en la espalda, el joven Alfredo sintió que su anfitrión se disponía a sodomizarlo y salió corriendo en pijama del apartamento y del edificio. Solo regresó para empacar y marcharse a un hostal de baja estofa, en el centro de la ciudad.

En aquel momento, preocupados por su hijo, Manuel y Pilar García Ribeyro llegaron a Lima, dispuestos a convencerlo de dejar el periódico y volver a la universidad. El famoso escritor citó a su hijo para conversar en la casa de Barranco. Alfredo se negó con virulencia y propuso un lugar neutral para encontrarse. Se citaron en el parque de Miraflores, a media tarde. Alfredo pensó decirle al fotógrafo Coco Arana Freire que se escondiese en algún lugar del parque para tomarles fotos a lo lejos, pero no lo hizo porque no quería traicionar la confianza de su padre. Anunció en el diario que iría a conversar con su padre. El director le aconsejó que hicieran las paces. Sus amigos, los editorialistas y columnistas del periódico, le dijeron que no diese su brazo a torcer, que no volviese a Princeton. El encuentro entre padre e hijo fue frío, hasta gélido. Se dieron la mano como dos príncipes exiliados de países enemigos. Eludieron las cortesías o las duplicidades que daban lugar a las cortesías. El padre exigió con aspereza que volviese a Princeton. El hijo lo mandó rudamente al carajo y le dijo que era su hijo y no su súbdito ni su sirviente. El padre le dijo sin rodeos que estaba condenándose a la pobreza y la mediocridad:

-Si te quedas acá, te vas a joder la vida. En este país, los que se quedan se joden, se vuelven idiotas, se acojudan.

El hijo, sin dejarse arredrar, contestó con rebeldía incandescente:

-En Londres también hay cojudos, Manuel. Tú eres uno de ellos.

El escritor Manuel García Ribeyro se sintió agraviado, perdió el control y le dio un puñetazo a su hijo, que quedó con el ojo morado. Luego se dio vuelta y se marchó, presuroso. Alfredo se sentó en una banca y lamentó no haberle pedido a Coco Arana Freire que hiciera fotos a escondidas. Con la foto del puñetazo, pasaba a la historia y me hacía rico, pensó, sin perder el sentido del humor. Luego regresó al periódico, exhibió el ojo morado como un trofeo de guerra y relató a sus colegas el encuentro aciago con su padre. Fue aclamado como un héroe por sus amigos de “La Prensa”, que lo llamaban socarronamente “el hijo de Dios”.

Tal vez para mortificar a su padre, que era un brillante pensador liberal, tras haber sido defensor de las revoluciones y las guerrillas comunistas, Alfredo García Ribeyro sorprendió al director y sus amigos del periódico escribiendo artículos a favor de la revolución comunista en Cuba y en Nicaragua, y en contra del gobierno conservador de los Estados Unidos, presidido por Ronald Reagan.

-Se ha vuelto rojo -decían, azorados, sus colegas del periódico-. El puñetazo que le dio su padre le ha dejado una lesión cerebral y Alfredito se nos ha vuelto comunista -bromeaban.

Hasta que Alfredo García Ribeyro, todavía despechado por la actriz Brooke Shields, se enamoró de una actriz más a su alcance, Patricia de la Puente, estrella de telenovelas, y esta vez sí fue correspondido. Al inaugurarse sexualmente con ella y conocer la feliz pasión amorosa, se sintió a gusto en su piel, dejó de escribir libelos comunistas, se reconcilió con su padre, a quien prometió que volvería a Princeton, y escribió unas memorias prematuras, tituladas “Memorias de Alfredito”, que nunca se animó a publicar, pues su novia Patricia se ocupó prudentemente de disuadirlo. Cuando ella le pidió que tuvieran un hijo, Alfredo García Ribeyro le dijo:

-Imposible. La familia es un invento colectivista, una fábula comunista.

Ella quedó perpleja, demudada.

-Si quiero ser un escritor respetable, no puedo tener hijos -sentenció él.

Por supuesto, tuvieron hijos.

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