lunes 30  de  marzo 2026
Opinión

La elegancia perdida: cuando el hombre dejó de saber elegir

Sebastián de Covarrubias definía al elegante como aquel que habla “con propiedad y cuidado, escogiendo las palabras”

Diario las Américas | JUAN CARLOS AGUILERA P
Por JUAN CARLOS AGUILERA P

Hay palabras que no solo desaparecen del lenguaje, sino que se extinguen en la realidad.

“Elegancia” es una de ellas. Se la sigue pronunciando, es cierto, pero ya no se la comprende. Se la confunde con la moda, con el lujo o con una cierta apariencia superficial. Sin embargo, su significado originario es mucho más exigente y, por eso mismo, más humano.

La elegancia no nació en los salones ni en las vitrinas, sino en el lenguaje de la inteligencia. Proviene del latín eligere, elegir. El hombre elegante, en su sentido primero, es aquel que sabe escoger. No cualquier elección, sino la justa, la proporcionada, la que corresponde a la realidad de las cosas. La elegancia es, en su raíz, una forma visible del juicio recto. Isidoro de Sevilla recordaba que elegir es “escoger entre varias cosas”, separar con juicio lo que merece ser preferido. La elegancia, en su raíz, no es adorno, sino discernimiento. Es la cualidad de quien sabe distinguir y, por ello, seleccionar con acierto.

Esta misma intuición se conserva en la lengua castellana clásica. Sebastián de Covarrubias definía al elegante como aquel que habla “con propiedad y cuidado, escogiendo las palabras”. No hay aquí lujo ni exceso, sino precisión. La elegancia es, antes que nada, una forma de fidelidad a la realidad: decir lo que corresponde, hacer lo que conviene, callar cuando es necesario.

El mundo griego, aunque no posea un término equivalente exacto, ofrece el trasfondo conceptual. La idea del kosmos, lo ordenado y armonioso, y Kairós, la adecuación al momento justo, revelan que lo verdaderamente humano consiste en ajustarse a la medida de las cosas. Y el ideal de la kalokagathía —la unidad de lo bueno y lo bello— sugiere que la elegancia no es otra cosa que la manifestación visible de una vida bien ordenada.

Por eso, en el mundo clásico, no era una cuestión de apariencia, sino de verdad. Cicerón hablaba de la elegancia como la capacidad de seleccionar las palabras adecuadas, aquellas que dicen exactamente lo que deben decir, sin exceso ni carencia. Quintiliano la entendía como depuración. Nada sobra, nada falta.

Pero esta concepción exigía una condición previa: la unidad entre verdad y palabra. El ideal del orador —vir bonus dicendi peritus— no separaba la excelencia del decir de la rectitud del hombre. Cuando esa unidad se rompe, surge la sofística. El sofista no busca la verdad, sino el efecto; no elige bien, sino que manipula. Su discurso puede parecer elegante, pero es solo apariencia: seducción sin verdad, forma vacía. Allí comienza, silenciosamente, la degradación.

Esta comprensión hunde sus raíces en un saber más profundo. Aristóteles había enseñado que la virtud consiste en elegir bien, conforme a la recta razón. En este sentido, la elegancia podría entenderse como la dimensión sensible de la virtud: aquello que, sin necesidad de discursos, deja ver que alguien ha aprendido a ordenar su vida. El gesto, la palabra, incluso el silencio, pueden ser elegantes cuando nacen quien ha alcanzado una cierta armonía.

La tradición cristiana recogió esta intuición y la elevó. San Agustín vio en el orden la clave de lo bello, y santo Tomás describió la belleza como integridad, proporción y claridad. La elegancia, en este horizonte, deja de ser solo una cualidad del decir o del comportarse, para convertirse en expresión de una interioridad bien constituida. No es el traje lo que hace elegante al hombre, sino quien sabe dar a cada cosa su lugar.

El Renacimiento, la convirtió en arte de vivir, como había advertido Cicerón. Castiglione habló de la sprezzatura, esa gracia que consiste en hacer lo difícil como si fuera natural. La elegancia se vuelve entonces discreta, silenciosa, casi invisible. No busca imponerse, sino manifestarse sin esfuerzo, el esfuerzo que ha comportado adquirirla. Es el dominio que no necesita mostrarse, la forma que no se exhibe, la belleza que no reclama atención, pero por ser expresión de los bello, atrae.

Sin embargo, ya en el siglo XVIII comienzan a advertirse signos de desviación. El estilo rococó —refinado en apariencia, pero recargado y caprichoso— introduce una forma de manierismo que desliga la forma de su fundamento. La ornamentación deja de servir a la verdad de las cosas y pasa a imponerse como fin en sí misma. Lo elegante se deforma en lo artificioso. La medida cede ante el exceso. Es, en cierto sentido, el inicio de una estética sin interioridad.

En la modernidad la elegancia, separada de la verdad y de la virtud, se convierte en signo social y luego en mercancía. Pero también adopta una forma de negación. La contracultura de los años sesenta, especialmente el movimiento hippie, no es solo una moda, sino un gesto deliberadamente revolucionario: rechazar las formas heredadas, desestructurar la apariencia, romper con toda medida considerada “burguesa”. La fealdad, lo descuidado, lo informe, se transforman en signo de liberación. Pero lo que se presenta como libertad es, en muchos casos, la renuncia a toda forma. Y donde no hay forma, tampoco hay elegancia.

En paralelo, los regímenes socialistas ofrecieron otro rostro de esta misma pérdida. Allí donde no hay libertad, tampoco puede haber verdadera elegancia, porque esta supone elección. La uniformidad impuesta —de la que el traje maoísta es quizás el símbolo más elocuente— expresa una antropología del individuo disuelto en la masa. No se trata ya de elegir mal, sino de no poder elegir. El vestir se convierte en la manifestación visible del pensamiento único. Y donde todo es igual, la elegancia desaparece por completo.

En nuestro tiempo, no es solo la desaparición de la elegancia, sino su inversión. La llamada moda marginal—que ha pasado de los márgenes a los centros culturales— eleva a norma lo que antes era signo de ruptura o degradación. La estética de lo desproporcionado, lo deliberadamente tosco, lo fragmentado o incluso lo feo se impone como forma de identidad. Ya no se busca adecuarse a una medida, sino desafiarla; no se intenta armonizar, sino desfigurar. Lo que en otro tiempo habría sido considerado descuido o desorden, hoy se presenta como autenticidad.

En este contexto, la elegancia resulta sospechosa. Se la asocia con rigidez, elitismo o artificio, cuando en realidad es todo lo contrario: es libertad lograda, forma interior hecha visible. Pero una cultura que ha perdido el sentido de la medida difícilmente puede reconocerla. Por eso, la palabra se mantiene, mientras la realidad que designa se desvanece.

Vivimos así en una cultura que ha perdido el sentido de la medida. La palabra se ha vuelto excesiva, el gesto desproporcionado, la exposición permanente. Se confunde la autenticidad con la grosería, la espontaneidad con la falta de forma, la libertad con la incapacidad de autogobierno de sí. Allí donde todo se muestra, nada se ordena. Y donde nada se ordena, la elegancia se vuelve imposible.

Esta mutación no es solo estética. Es, en su raíz, política. Porque la política, entendida clásicamente, es el arte de ordenar la vida común conforme al bien. Exige, por tanto, juicio, medida, proporción. Exige, en una palabra, elegancia. Cuando esta desaparece, lo que emerge no es simplemente un cambio de estilo, sino una transformación del modo de ejercer el poder.

Hoy asistimos a una política que ha adoptado los rasgos de esa misma moda marginal. El lenguaje público se vuelve tosco, sin filtros, agresivo o deliberadamente vulgar; el gesto sustituye al argumento; la exposición reemplaza a la deliberación. Se gobierna, muchas veces, no desde la prudencia, sino desde la reacción. La desmesura deja de ser un defecto para convertirse en estrategia. Y lo que antes habría sido considerado indigno de la vida pública se presenta ahora como cercanía o autenticidad.

Pero una política sin elegancia es, en el fondo, una política sin forma. Y lo informe no puede sostener el bien común. Cuando se pierde la capacidad de elegir bien —de discernir lo importante de lo accesorio, lo justo de lo conveniente, lo verdadero de lo útil—, la acción política se degrada en mera gestión de impulsos o en administración de intereses fragmentarios. Ya no hay orden, sino agitación; ya no hay dirección, sino deriva.

No es casual que esta pérdida coincida con lo que podría llamarse un eclipse de lo humano. Porque la elegancia no es un lujo accesorio, sino un signo de humanidad lograda. Solo quien ha aprendido a elegir puede ser verdaderamente libre. Y solo quien es libre puede dar forma a su vida de un modo bello.

Recuperar la elegancia no consiste, por tanto, en volver a ciertas formas exteriores ni en imponer protocolos vacíos. Consiste en restituir su fundamento: el arte de elegir bien. Elegir la palabra justa en el debate público, el gesto adecuado en el ejercicio del poder, el silencio oportuno frente al ruido. Elegir, en definitiva, conforme a la verdad de las cosas y no al aplauso del momento.

Porque, en último término, la elegancia no es otra cosa que esto: la huella visible de quien ha aprendido a amar el orden, a conocer el bien y a vivir conforme a él., es decir, una vida verdadera. Y una sociedad que pierde ese saber no solo se vuelve vulgar. Se vuelve, poco a poco, inhabitable e injusta.

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