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OPINIÓN

El hombre no existe, para la ONU

Un análisis minucioso y normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia

Por ASDRÚBAL AGUIAR

He afirmado que el mundo es un genocidio. Que todos y cada uno de los seres humanos que habitamos en el planeta tenemos el derecho de vivir sin temor. Creo bien que la gran mayoría sabemos lo que eso significa, más allá de lo retórico. Todos a uno vivimos atemorizados ante el proceso de deconstrucción social y política, de suyo cultural – al menos en Occidente – que nos mantiene como presas, nos desnaturaliza y atiza la violencia.

Conocemos el temor y el sentido de nuestro derecho a no tenerlo, pues los poderes que anárquicamente se sobreponen al conjunto del género humano han abrogado de sus catecismos – los internacionales y los constitucionales – al significante y al significado de la palabra hombre u homo sapiens. Se les ha vuelto prescindible.

He hablado antes acerca del agotamiento o la desviación que hoy hace inútil al Sistema de Naciones Unidas, emergido de la Segunda Gran Guerra del siglo XX. Lo que nos lleva u obliga a revisar al conjunto, en búsqueda de un predicado sanador y reconstructivo, con el visor de Jano a la mano. Así, que no debemos olvidar que la Liga de las Naciones, forjada tras la Primera Guerra Mundial, fracasó, ciertamente, por creer que le bastaba conjugar, para resolver las crisis y cuestiones internacionales, apalancada sobre dos irrealidades aun cuando se las pueda justificar dialécticamente: La soberanía absoluta de cada Estado, y el sostenimiento de la paz sobre un edificio en el que todas las soberanías equilibran sus fuerzas respectivas, la ahora llamada multipolaridad. La parálisis mundial se hizo entonces manifiesta y el Holocausto fue su desenlace, a partir de 1939.

La metáfora política del Estado o el Leviatán, en esencia, buscaba replicar sobre sí las características propias del homo sapiens. Todos a uno, los hombres, como seres racionales y pensantes tenemos igual derecho a la búsqueda de nuestras plenitudes y a tener proyectos de vida propios, mientras todos a uno respetemos los límites de nuestros derechos ante los de los otros. De modo que, extrapolarse lo dicho al plano del poder político y de su ejercicio, como si el artificio del Leviatán fuese un hombre real, marca el fracaso de la liga como modelo para la garantía de la paz y la seguridad internacionales. Todos a uno, deconstruidos, se hicieron todos a la guerra por el mayor poder. Dejaron como saldo 70 millones de muertos, que incluyen a 40 millones de civiles, vidas inocentes.

Sobre ese cementerio, justamente, los poderes reales más capaces para salvar y sostener el derecho de todos a todos los derechos se acordaron sobre dos premisas fundamentales al término de la guerra, en 1945: No aceptar la impunidad de los crímenes contra el género humano, y fijar como límites del poder, para que fuese congruente esta premisa con la otra, el respeto y la garantía universales a la universalidad de los derechos de la persona humana. Era la base y es el fundamento de Naciones Unidas, un sistema que parece haber llegado a su final tras 80 años, ¿unas cuatro generaciones?

¿Qué pasó? Que la ONU se encuentre hoy en el precipicio, tal como lo ha afirmado su actual secretario, António Guterres, ¿se explica en el injerto dictatorial del Consejo de Seguridad, que sólo es eficaz cuando no se enfrentan las ambiciones de poder de las grandes potencias? El eximio jurista austríaco Hans Kelsen sugirió, en su momento, dejar en manos de la Corte de La Haya decidir en qué casos se daba, según la Carta de la ONU, una ruptura en el orden internacional, quedando el Consejo como órgano de ejecución.

Pero esto no basta como argumentación, pues la práctica demuestra, antes bien, que la Asamblea General puede destrabar la parálisis del Consejo tal como lo hizo durante las hostilidades en Corea y la negativa de la misma ONU de sólo reconocer a la República Popular China como representante legítima de los chinos en la organización, en 1950.

La ONU dejó de ser lo que fue y debió ser al privilegiar al Estado soberano e ir diluyendo y situando como aspecto parcial del Sistema a la persona humana y sus derechos fundamentales. El límite de orden público internacional que impuso la experiencia aleccionadora del Holocausto – no hay paz ni justicia posibles sin que todos nos miremos en las víctimas – se fue deconstruyendo a partir de los años ’60 del pasado siglo. Todavía más ahora, cuando todo se vuelve liquidez – es la tesis de Bauman – e impera la dictadura del relativismo, a la que se refería Papa Benedicto XVI.

Alemania, lo recordaba este ante sus compatriotas, pudo superar su tragedia luego del genocidio judío, pues su gente común nunca perdió el sentido natural de la justicia y en su Constitución ató a la ingeniería de sus poderes y competencias al artículo que inaugura su texto: Nada puede hacerse ni decidirse desde el poder que puede afectar a la dignidad de la persona humana.

Pues bien, en desarrollo de la Carta de San Francisco o de Naciones Unidas y de su mandato de respeto y garantía universales de los derechos humanos, hacia 1946 se ocupó la UNESCO de reunir en una suerte de «diálogo de civilizaciones» a los pensadores más importantes del planeta. Les pidió arbitrar los fundamentos de un proyecto de declaración universal de derechos del hombre y del ciudadano. Encontraron una solución práctica, desde las distintas perspectivas ideológicas, a condición de que no se les preguntase el por qué, según Jacques Maritain.

Allí acudieron con sus respuestas Teilhard de Chardin, Benedetto Croce, Salvador de Madariaga, Rabindranath Tagore, Mahatma Gandhi, Aldous Huxley, Bertrand Russell, el mismo Maritain, coordinados por Edward Hallet Carr, en 1947. Lo cierto es que el Informe, que mostró el acuerdo entre las distintas perspectivas, unas aduciendo que los derechos humanos responden a la idea de un humanismo científico evolutivo que no sacrifica la diversidad cultural, otras, en línea con la tesis universalista de derecho natural, sostuvo que hay que ver esos derechos de manera ahistórica, desde un ser humano en abstracto, más allá de sus concretas adscripciones culturales o nacionales.

Esta vez y en el presente, cuando las violaciones sistemáticas y generalizadas de derechos humanos y su impunidad se han vuelto moneda corriente, incluso en los casos de crímenes de lesa humanidad como los que irroga el crimen transnacional organizado y deslocalizado, el narcoterrorismo que no tiene patria ni nación y ejerce «absoluta soberanía» sobre sus víctimas, los filósofos de la deconstrucción las normalizan. Cuestionan la universalidad de los derechos humanos compartidos por todos quienes poblamos a la Tierra y aspiramos a vivir en ella sin temor, todos.

Allí están Derrida o Foucault o el propio Agamben, para quienes el fundamento de universalidad otorgado a los derechos humanos en 1945, por la ONU, fue un error garrafal. El hombre, dice Michel Foucault, es una invención reciente, que se diluye como la arena. Cree que es un constructo social. Y, de ser así, nos volvemos prescindibles al momento de nacer o adelantándosenos la hora de la muerte, a tenor de las convenciones sociales de momento. Y, al perder otra vez entidad cada víctima, el mismo ser humano, ayer como ahora, queda sujeto, en esta hora, a otro poder bruto, novedoso, e incontenible. Ayer lo fue el Estado o Leviatán, en un mundo parcelado cultural y políticamente. Hoy ocurre bajo un mundo que buscan uniformar la gobernanza digital y la Inteligencia Artificial, negadoras del espacio y del tiempo – cosas de humanos, inventadas por estos – pues al todo lo vuelve virtualidad e instantaneidad. Vivimos, pues, en un cosmos tan fugaz, que hasta se nos impide que veamos o tomemos conciencia de nuestras maldades. Esa gobernanza emergente, a la que es funcional la burocracia de la ONU, apenas entiende de poder y de poderes, universaliza el distanciamiento social, y le pone punto final a los lazos afectivos y lugareños. Apaga al fogón familiar, hasta en los sitios más distantes y carenciados del planeta. Por ello condena al paternalismo, para borrar o resetear a la memoria humana.

La respuesta es el hombre

Cuando las víctimas de violaciones de derechos humanos – desterrados, migrantes, perseguidos por sus ideas religiosas o políticas, negados a su desnaturalización como especie racional, torturados, encarcelados ilegítimamente, silenciados en sus voces por desafiar a la deconstrucción global – se preguntan, tras tantos informes de las misiones de la ONU – es el caso de Venezuela, cuya data narco criminal sólo es útil para construir noticias sin destino y como alimento para las redes – ¿a cuenta de que la Justicia no alcanza a los victimarios?. La respuesta es simple: Ni hay víctimas ni existen victimarios allí donde el hombre u homo sapiens deja de existir humanamente. Se le busca ver, antes bien, como dígito, un elemento de construcción de los algoritmos para unas plataformas que sólo dirige sus resultados al mundo de los sentidos. No cabe allí la racionalidad ni el discernimiento, ni la libertad para escoger proyectos de vida propios.

No por azar, también Jacques Derrida, epígono del deconstructivismo, sostuvo que el humanismo ha muerto. Con lo que al paso le da partida de defunción, desde 1971, a los fundamentos de la ONU. De donde, si cada varón y mujer de nuestro tiempo alcanza a ser consciente de esta gravosa fatalidad hacia la que se nos empuja, todos a uno ya tendremos la esperanza de sobrevivir. Seres capaces de restablecernos como señores de la tierra. No se nos verá como algo finito, tal como lo predica Foucault o que, en el decir de los evolucionistas, nos reste como única esperanza el metabolizarnos con la Madre Tierra, desapareciendo nuestra trascendencia.

No se trata de negar a la ciencia ni al cosmos. Hemos de privilegiar lo que sobrepasa a todos los poderes e imperios, a saber, la palabra y la memoria. El recuerdo de quienes nos precedieron les sostiene vivos en el presente, y cuando sus historias lleguen a su fin, sumadas a las nuestras, han de ser el abono del porvenir. Ha si ha sido siempre en la historia de los hombres, de los pueblos y de sus culturas.

¿Cómo se concilia, así las cosas y como desafío por hacer, la verdad de que los seres humanos compartimos una igual naturaleza – génesis de nuestros derechos – con la diversidad cultural hacia la que esta nos empuja, a todos y a cada uno, como seres perfectibles, no perfectos?

Roberto Papini, fino intelectual italiano, fallecido, noble amigo, cultor y apóstol de la obra intelectual de Maritain, sugiere como primera escala, el aprender a dialogar con nuestro tiempo. Fue lo que hizo este, junto a sus colegas, al elaborar los fundamentos de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. El tiempo que corre otra vez pone en duda u obvia como preocupación social y colectiva al hombre y el humanismo. Lo otro, simplemente volver a mirarnos a nosotros mismos e intentar redescubrirnos como seres “unos”, seres “únicos” e irrepetibles, y “seres” que sólo podemos ser lo que somos en la “alteridad”, en la relación con los otros y junto a los otros. Y es este el otro diálogo necesario, el de mayor urgencia. Todavía más cuanto que, bajo el Estado abstracto éramos objeto de disciplina. En el mundo de la dispersión somos sujetos gestores de nosotros mismos.

No huelga, en esos diálogos con nuestro tiempo y con nosotros mismos, ante nuestros espejos, tener presente la enseñanza del Pontífice alemán tras su célebre diálogo con Jürgen Habermas, de la Escuela de Frankfurt: “Ante estos problemas tan dramáticos, razón y fe se ayudan mutuamente. Sólo juntas salvarán al hombre. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia. La fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas”.

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