No arranca. Me he montado en el coche y no arranca. Puf-puf-pof. Eso es todo lo que tiene que declarar este montón de chatarra con ruedas cuando le meto la llave en el contacto. Son las ocho de la mañana. Estoy rodeado de bosque. Y no arranca. Tal vez no se hagan cargo de las dimensiones del drama. Me he quedado sin batería. Y eso sería una gran noticia si fuera la del teléfono. Pero es la del coche. Miro al cielo y parece que va a llover. Azufre.
El hombre que espera
La chica del teléfono de asistencia en carretera ha sido encantadora, rápida y eficaz. Tanto que la he invitado a cenar esta noche. Luego he sabido que se trata de un robot, que los seguros de automóviles antes de ponerte al aparato con alguien de carne y hueso, te hacen hablar con varias máquinas. Supongo que así amortiguan los primeros improperios de cada llamada.
Me dice el de asistencia en carretera que tengo que esperar 45 minutos a que venga la grúa. Alzo la vista y veo el aeropuerto y la ciudad, las carreteras, y la vida urbanizada por todas partes. Estoy a cinco minutos de la urbe, y le pregunto si es necesario que me envíe la grúa desde África. Que tengo que llegar al trabajo y hacerlo, si es posible, antes de la próxima glaciación. Me cuelga con desprecio. Le llamo de nuevo y le cuelgo yo antes de que pueda darme los buenos-días-le-atiende-Antonio. ¿Qué se ha creído ese idiota? El que cuelga último cuelga mejor.
Y aún no arranca. Lo he vuelto a intentar después de abrir y cerrar todas las puertas del coche, como hacemos con la impresora cuando dice que tiene un papel atascado y que no tiene papel al mismo tiempo. Después he intentado lo que hacen en las películas de Mel Gibson: empujar el coche ladera abajo y tratar de arrancarlo con la inercia. ¿De quién fue la idea de que en los coches apagados ahora el pedal del freno no frene? Cien metros derrapando después de tirar desesperadamente del freno de mano, barranco abajo, y tengo restos de sotobosque hasta en las orejas. La otra opción era dejar que se despeñe el coche y saltar por la ventanilla. ¿Pero de quién fue la idea de que en los coches sin batería no se puedan bajar las ventanillas? Fabricantes del mundo: os quiero. Os quiero ver debajo de las ruedas de mi coche.
Una cerveza. El bar de la gasolinera. La recomendación de si bebes no conduzcas en la sonrisa de camarera de McDonalds de la muchacha. Le explico que, sereno o no, no puedo conducir. Que no es cuestión de querer. La cerveza, insisto, si es tan amable. Y un pincho de tortilla. Y un helado con diez bolas de chocolate con nata. Que tengo un día muy fatal. Y el de la grúa, por el amor de Dios, que debe estar ahora atravesando el desierto del Sahara.
No paran de aterrizar y despegar aviones sobre mi cabeza y me pregunto si también les harán esperar una hora si se quedan sin batería. Que idiotez. Los aviones no llevan mechero eléctrico para encender cigarrillos. Así que no necesitan batería.
El tercer desayuno del día me ha sentado tan bien que creo que voy a volver a hablarle al coche. He sido muy duro con él. Tantos años juntos y, en realidad, cualquiera puede quedarse sin batería. A mí me pasa cada noche cuando me meto en la cama. Me pregunto por qué este trasto estúpido no duerme por las noches para recuperar energías como todo el mundo. A saber qué habrá estado haciendo esta madrugada para amanecer hoy así, sin fuerzas. Espero que no se haya dado a las carreras ilegales sin mi permiso, porque le pego un guantazo que lo vuelvo triciclo.
Tomo el sol apoyado en el maletero. Doy vueltas alrededor del coche. Leo con avidez la maldita guía del usuario del automóvil. Oteo el horizonte. No hay ni rastro del tipo de la grúa. Empiezo a visitar los chalets en venta de los alrededores. La falta de movilidad hay que asumirla. Y esto tiene aspecto de que me quedo a vivir aquí. Bien pensado, no se está tan mal. Incluso ha salido el sol, hay unas mesitas y un parque, cantan los pajaritos, hay cerveza fría, una camarera sonriente como salida de un anuncio de Fanta, y me es imposible ir a trabajar. Un drama, esto último. Creo que cuando llegue el de la grúa voy a pedirle que se marche. Que el coche funciona perfectamente desde que está estropeado.
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