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RELATO

El pantano seco o el reino de la basura

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Por CAMILO LORET DE MOLA

He muerto en la arena con la más reciente novela del escritor cubano Leonardo Padura. Termino con un desasosiego total ante su última línea que, como siempre, hace referencia a su barrio: Mantilla, y a la fecha en que terminó de garabatear.

El escritor aprovecha la historia de un parricidio para describir, con la mayor crudeza posible, el verdadero estado de depauperación en que sobreviven los que “no se fueron”, los que se quedaron en la isla. Una degradación que impacta todas las dimensiones, no solo la parte económica. Un mundo real del que no teníamos conciencia a pesar de nuestro cordón umbilical con este inframundo.

Llegas pensando en revivir otra novela policiaca, y descubres que la historia paralela te golpea en la cara con tal fuerza que los martillazos del homicida pasan a un segundo plano.

Padura nos roba el oxígeno para que entendamos cómo se ahogan los sobrevivientes de nuestra generación, los vecinos comunes que siempre tuvimos y que, quizás, pudimos ser nosotros mismos si no hubiéramos reescrito nuestro futuro.

A propósito, o de forma inconsciente, el autor toma de otros para vestirlos con su verbo, tal vez un recurso para que podamos asociar la crisis local con otras crisis universales que ya hemos sufrido en páginas anteriores.

Uno comienza a descubrir similitudes entre sus letras y las narradas por ajenos, con igual rudeza, con ese exceso de realismo al que ahora echa mano. Pero la asociación con otras obras no le resta peso a su libro, finalmente el mensaje de desastre llega, te agobia.

La teta flácida y recurrente de Nora es la misma teta solidaria de la ira de Steibeck, pero es también la teta de mi gente, de los que alguna vez estudiaron en mis escuelas, o fueron al servicio militar conmigo, o se enfangaron en el surco de al lado de aquellas escuelas al campo, y que ahora viven resignados a sumirse en el lodazal de polvo y basura en que se ha convertido el otrora verdor de nuestra ínsula.

El ron es igualmente un personaje: omnipresente en toda la novela, el licor barato de Rodolfo y Geni se parece a la botella que se empina Bukowski en las fotos famosas, o a la ginebra de la victoria de Orwell, pero es también el opio para sobrellevar la agonía, para desdibujar el apagón de un paisaje sin solución, de un mundo sin futuro.

Padura nos lleva al mismo parque de Guanabo donde Pedro Juan orinaba a dos jineteras desde la altura de un banco, solo que ahora no hay bancos, ni jineteras, ni policía que te reprima, aunque la suciedad de la trilogía del otro se ha multiplicado, abduciendo todo según dice uno de sus personajes.

La fauna de Padura es gris, oportunista, sin esperanzas. Asustadiza, violenta y sin dignidad a la hora de la rebatiña.

El libro es igualmente el lanzamiento camuflado de un dardo acerado al corazón del régimen, que arrastró a toda esta generación a la miseria en medio de promesas, sueños diletantes y guerras ajenas; de la que algunos, como Rodolfo, volvieron locos y más cobardes que antes.

También nos deja halos de esperanza: Está la Aitana que regresa a la isla como Ulises, tratando de arañar lo rescatable de la superficie de una Ítaca chamuscada. O la defensa del amor a destiempo de los dos personajes principales, dispuestos a morir desnudos, “templando” como Fermina Daza y Florentino Ariza, río arriba y río abajo en aquel bote de la miseria.

Hay muros, muchos muros, ya sea en Berlín o La Habana, con toda la carga simbólica que estas paredes divisorias aportan.

Hay sexo, explícito, abundante, como único patrimonio del que disponen.

Pero hay miedo, demasiado miedo, como estado natural de los cubanos. Sin importar si son los más pobres o los escasos ricos que aparecen en la obra, todos temen al gran hermano que les vigila. Incluso se llega a presentir el miedo del autor a llamar algunas cosas por su nombre. Claro, que de lejos todos somos más guapos y a él le toca nadar en su reparto.

La obra es recomendable un ciento por ciento, aunque, como ciertas cajetillas de cigarros, debería venir con la advertencia en la portada de que usted terminará deprimido.

Quedas con la incertidumbre de si realmente es la isla que dejaste atrás, si pudo haber cambiado todo al grado que te descubre Padura.

Te quedas con la duda de Fabrizio, la sensación del personaje de Stendhal en la Cartuja de Parma, que nunca supo si realmente estuvo en Waterloo, un escenario por cierto que fue copiado por Carpentier en su consagración de primaveras. Esta vez fue Padura el que me derribó del caballo y me dejó solo, en medio del campo de batalla, consumido por la angustia, mientras sus personajes cabalgan hacia la desgracia cantada.

Es duro convivir con la sensación de que personas como tú han entrado en el laberinto sin salida de una isla, que a veces promete tragarte como un pantano, pero que en medio de la agonía se revela seca, estéril, desértica e infinita.

Qué frustración.

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