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Opinión

El político como tejedor, más allá del rebaño

Buena parte de nuestra élite política sigue imaginando al ciudadano de una manera cercana al rebaño. Ya no utiliza naturalmente ese vocabulario, pero dispone de instrumentos mucho más sofisticados para clasificarlo

Por JUAN CARLOS AGUILERA P

Platón en el Político, después de haber explorado distintas maneras de identificar aquello que distingue al verdadero gobernante, plantea una metáfora: el político se parece al tejedor. Su tarea no consiste simplemente en mandar, administrar, organizar recursos o conducir una multitud. Consiste en tomar los diferentes hilos que componen una comunidad y entrelazarlos de tal manera que, sin perder aquello que los distingue, puedan formar un tejido común.

William H. F. Altman ha propuesto leer los diálogos platónicos desde su dimensión educativa. Platón no sería solamente el autor de doctrinas filosóficas, sino un maestro que conduce progresivamente al lector, lo enfrenta a dificultades, lo obliga a equivocarse y termina exigiéndole que aprenda a juzgar por sí mismo. En su proyecto Plato the Teacher, Altman altera por eso el habitual problema cronológico de los diálogos y propone atender a su posible orden pedagógico. Desde esta perspectiva, los textos posteriores a la República, entre ellos el Político, adquieren un significado especial.

No es casual que Sócrates prácticamente desaparezca del Político. El diálogo está dirigido por el Extranjero de Elea. El lector ya no puede limitarse a seguir al maestro que conocía; debe aprender a discernir, y precisamente ahí comienza uno de los aspectos más interesantes del diálogo. El Extranjero intenta encontrar una definición del político mediante sucesivas divisiones. La búsqueda conduce inicialmente hacia la antigua imagen del gobernante como pastor, de modo que el arte político aparece relacionado con la crianza y el cuidado de un rebaño humano. Pero la comparación comienza a mostrar dificultades. Los hombres no son simplemente bípedos implumes que esperan ser alimentados y conducidos por alguien situado por encima de ellos; por consiguiente, la metáfora pastoral resulta insuficiente para explicar la especificidad de la política.

Sin embargo, buena parte de nuestra élite política sigue imaginando al ciudadano de una manera cercana al rebaño. Ya no utiliza naturalmente ese vocabulario, pero dispone de instrumentos mucho más sofisticados para clasificarlo. Los ciudadanos son distribuidos por edad, sexo, territorio, ingresos, preferencias culturales, comportamiento electoral o identidad. Las encuestas, los focus groups, las bases de datos y los algoritmos permiten conocerlos con una precisión que ningún gobernante antiguo habría imaginado. Todo ello puede ser legítimo y necesario para gobernar. El problema comienza cuando conocer estadísticamente a una población sustituye a comprender políticamente a una comunidad. Entonces el ciudadano deja de aparecer como alguien con quien se comparte un bien y comienza a ser tratado como una conducta que debe predecirse, un interés que debe satisfacerse o un voto que debe conquistarse.

Para Platón, el político no es fundamentalmente un pastor, sino un tejedor. La elección del oficio es significativa porque el tejedor no produce los hilos con los que trabaja, ni puede convertirlos arbitrariamente en otra cosa. Los recibe diferentes y, precisamente gracias a esas diferencias, puede fabricar un tejido. La política comienza, de manera semejante, reconociendo que una comunidad está formada por personas, caracteres, disposiciones e intereses diversos. Su tarea no consiste en eliminar esa pluralidad, sino en darle una forma común. La unidad política no es uniformidad.

En la ciudad encontramos hombres inclinados hacia la valentía, la energía y la decisión, mientras otros se caracterizan por la moderación, la tranquilidad y la prudencia. Ambas disposiciones son necesarias y ambas, llevadas al exceso, pueden resultar destructivas. Una ciudad dominada exclusivamente por los primeros puede lanzarse imprudentemente hacia conflictos que terminen destruyéndola. Una comunidad dominada solamente por los segundos puede perder la capacidad de defender aquello que merece conservarse. La actividad del verdadero político consiste en entrelazar esos disposiciones, vinculando lo que cada una posee de bueno y evitando que sus respectivos excesos terminen enfrentándolas.

La política contemporánea parece haber descubierto exactamente el procedimiento contrario. En lugar de entrelazar, separa; en vez de moderar, exacerba; allí donde encuentra diferencias, procura transformarlas en identidades incompatibles. La razón no resulta difícil de comprender: dividir puede ser electoralmente rentable. Una comunidad enfrentada permite movilizar con mayor facilidad a quienes sienten amenazada su identidad, sus intereses o su forma de vida. El adversario deja entonces de ser alguien con quien se discrepa acerca de los medios necesarios para alcanzar determinados bienes comunes y comienza a convertirse en aquello contra lo cual definimos nuestra propia existencia política. El resultado puede producir victorias electorales, pero difícilmente una comunidad política mejor.

Aquí la metáfora platónica adquiere toda su fuerza. El mal tejedor podría imaginar que para conseguir un paño perfecto debe eliminar los hilos cuyo color o textura no le agradan. Pero cuanto más corta, menos tejido queda. Algo semejante sucede cuando una izquierda decide que la mitad conservadora de un país constituye un residuo histórico que debe ser superado, o cuando una derecha concluye que la mitad progresista representa una anomalía moral que debe ser expulsada culturalmente de la nación. Ambas pueden ganar elecciones; ninguna estará haciendo política en el sentido más profundo que sugiere Platón. Porque gobernar una comunidad significa gobernar también para aquellos que no votaron por quien gobierna.

Esto no significa convertir la política en una búsqueda sentimental de consensos ni imaginar que todas las diferencias puedan reconciliarse. El tejedor platónico no mezcla indiscriminadamente cualquier hilo. El Político concede enorme importancia a la medida, a la oportunidad y al conocimiento que permite distinguir aquello que conviene hacer en circunstancias diferentes. Hay situaciones en las que corresponde actuar con firmeza y otras en las que resulta necesaria la moderación; momentos para combatir y momentos para buscar la paz. La prudencia política consiste en reconocer la medida adecuada que las circunstancias exigen sin perder de vista el bien de la comunidad. El político incapaz de decidir no es más prudente que aquel que únicamente sabe imponer.

También por eso resulta insuficiente identificar la buena política con una administración técnicamente eficiente. Una computadora extraordinariamente poderosa podría procesar millones de datos sobre una población, identificar sus necesidades, distribuir recursos y predecir comportamientos con una precisión creciente. Sin embargo, todavía quedaría sin resolver la pregunta propiamente política: ¿para qué queremos vivir juntos? Ningún algoritmo puede responderla porque la comunidad política no es simplemente un problema de coordinación de preferencias individuales. Supone bienes, vínculos, memorias, deberes, sacrificios y esperanzas compartidas que no pueden reducirse a información cuantificable.

Tal vez debamos recuperar entonces el criterio del tejedor para juzgar a nuestros políticos. Estamos acostumbrados a preguntar quién ganó, quién perdió, cuánto creció un partido, cuántos escaños consiguió una coalición o qué porcentaje de aprobación conserva un gobernante. Platón nos obligaría a formular una pregunta bastante más incómoda: después de ejercer el poder, ¿dejó detrás de sí una comunidad más unida o más fragmentada? ¿Fue capaz de incorporar al adversario dentro de un horizonte compartido o necesitó convertirlo permanentemente en enemigo? ¿Moderó las pasiones de los suyos cuando amenazaban la convivencia o las estimuló porque resultaban políticamente rentables? ¿Utilizó el poder para cuidar el tejido recibido o fue cortando uno tras otro los hilos que no coincidían con su proyecto?

Esas preguntas permiten distinguir entre ganar elecciones y gobernar. Lo primero requiere reunir votos suficientes durante una jornada; lo segundo exige conservar una comunidad durante años y generaciones. Un dirigente puede ser un extraordinario estratega electoral y un pésimo político precisamente porque su éxito depende de profundizar las fracturas que después debería sanar. Puede llegar al gobierno gracias a la polarización y descubrir, demasiado tarde, que la misma herramienta que le permitió conquistar el poder le impide ejercerlo para el bien del conjunto.

Después de casi veinticinco siglos, Platón continúa planteándonos así un examen extraordinariamente sencillo y difícil. El político no recibe una sociedad homogénea ni puede fabricar un pueblo conforme a sus preferencias ideológicas o doctrinarias. Recibe hombres y mujeres diferentes, historias que no comienzan con él, instituciones imperfectas, tradiciones, desacuerdos, virtudes y defectos. Esa es la realidad a partir de la cual debe realizar sus mejores empeños. Su grandeza no consiste en cortar aquello que le incomoda hasta conseguir que solamente permanecen los suyos, sino en descubrir cómo esos hilos diferentes pueden continuar formando una comunidad. Porque gobernar no consiste, finalmente, en conducir un rebaño, administrar una población o derrotar adversarios; consiste en dominar el difícil y paciente arte de tejer lo múltiple y diferente en orden a la unidad de fin. Es esta unidad la que caracteriza a una comunidad política vigorosa, donde la amistad cívica, el diálogo fundado en la verdad, el bien realizado como espíritu de servicio y la belleza expresada en el patrimonio y la historia configuran un ethos espacial y temporal, dando vida a una existencia en común que es signo de la madurez de una comunidad política.

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