sábado 5  de  septiembre 2026
Análisis

Cómo no perder el norte

Una guía para no dejar que la frustración nos haga perder el juego

Por Jesús A Riera S

Desde que escribí mi último artículo de opinión sobre la situación en Venezuela, han ocurrido varias cosas sobre las que vale la pena reflexionar.

El reciente acuerdo petrolero ha resultado bastante polémico y ha creado algunas alianzas extrañas. Personajes reconocidos de la diáspora venezolana y otras figuras de la oposición han terminado compartiendo “bando” en este tema con algunos sectores del chavismo.

Para muchos, esto nace de una sensación de traición: Delcy Rodríguez sigue ahí, no hay claridad sobre elecciones y Estados Unidos acaba de cerrar un gigantesco acuerdo con su gobierno, pese a que este carece de legitimidad. Por otro lado, muchos chavistas también se sienten traicionados por su propia cúpula, recurriendo a argumentos sobre “imperialismo” yanqui o soberanía.

En general, se están cometiendo algunos errores y se están mezclando distintos temas. La legitimidad del gobierno, los méritos del acuerdo petrolero y el timing de la transición deben ser analizados por separado. Delcy juega las cartas que tiene, Washington juega las suyas y la oposición tiene que aprender a manejar mejor las propias. Veamos todo esto con más detalle.

El zorro pierde el pelo, pero no las mañas

El chavismo es una fuerza política basada en el odio y, como todas las expresiones del marxismo, en una casi enfermiza obsesión con el poder. Nada de eso cambió porque Delcy ahora coopere con Washington, firme acuerdos o reciba elogios superficiales de Trump. Delcy sigue siendo Delcy y el chavismo sigue siendo el chavismo; cambiaron solo las circunstancias.

Ella sabe que unas elecciones libres ponen su futuro en riesgo, por lo que tiene que demostrarle a Washington que es útil mientras espera que eventualmente las cosas cambien a su favor. Su cooperación actual no demuestra una transformación, sino un instinto de supervivencia. El zorro podrá perder el pelo, pero no las mañas, y eso lo sabe Estados Unidos.

Por ende, no se debe sobrerreaccionar cada vez que Washington trabaja con ella. El chavismo puede adaptarse tácticamente, pero eso no lo convierte en un aliado natural ni confiable a largo plazo. Sus incentivos fundamentales siguen siendo distintos.

Por otra parte, que Delcy y el sistema que representa carezcan de legitimidad no convierte automáticamente en negativo todo lo que ocurra mientras sigan en el poder. Si mañana liberan a más presos políticos, nadie razonable diría que su liberación fue negativa o ilegítima porque ella la autorizó. Una pregunta es si Delcy tiene legitimidad, y sabemos que no la tiene. Otra, completamente distinta, es si lo que firma beneficia al país.

Drill, baby, drill

Eric Schmidt, ex CEO de Google, una vez dijo que cuando te ofrecen un puesto en un cohete, no deberías perder mucho tiempo preguntándote qué asiento te toca. Venezuela acaba de recibir una oferta que podría terminar siendo una de esas oportunidades.

Todavía falta conocer más del fine print, y eso debe analizarse antes de llegar a conclusiones definitivas. Hay falta de claridad y, por supuesto, el resultado final tendrá que ser mucho más transparente. Pero Rubio aclaró esta semana en una entrevista que su equipo entiende bien esto y está trabajando en ello, y todavía es muy prematuro para desconfiar. Lo cierto es que, aun con las dudas e imperfecciones, me cuesta entender por qué un sector de la oposición parece predispuesto a rechazar este acuerdo. Que la mayor potencia económica del mundo esté dispuesta a mover enormes cantidades de capital hacia la industria venezolana, que necesita desesperadamente inversión, tecnología e infraestructura, es, sin lugar a dudas, algo positivo.

Pero cabe resaltar que, a pesar de la importancia de este acuerdo, hay algo mucho más importante que los barriles. Estados Unidos está comenzando, de cierta manera, a casarse con Venezuela, y lo ideal sería que ese matrimonio se volviera lo más sólido posible. Estados Unidos tiene el mercado más robusto del mundo, el ejército más poderoso y las compañías que definirán el futuro de la humanidad. No es solo un gobierno, sino un sistema y una cultura que llevan 250 años produciendo libertad, riqueza, innovación y poder a una escala superior a la de cualquier otro país.

Una Venezuela cada vez más integrada con Washington generaría décadas de prosperidad y crecimiento. Mientras más intereses estadounidenses haya dentro de Venezuela, más razones tendrá Washington para proteger su estabilidad y su futuro. Por supuesto que la transparencia y la claridad son imprescindibles, pero el petróleo no tiene valor sin sacarlo, y no hay mejor aliado para hacerlo que Estados Unidos. Como popularizó Michael Steele, exvicegobernador de Maryland, en la Convención Republicana de 2008: let's drill, baby, drill.

Entiendo que la figura de Alejandro Betancourt y su participación en todo esto generen rechazo, confusión o quizás hasta rabia. Es comprensible: todavía hay mucha opacidad, sobre todo vista desde afuera. Pero por mucho que se pueda desconfiar de algunos de estos funestos personajes, creo que hay que confiar mucho más en Rubio. Además, se me hace evidente que el poder de negociación aquí lo tiene Estados Unidos, no Betancourt ni Delcy. Si lo vemos desde una lógica de negociación y teoría de juegos (game theory), a medida que estos acuerdos se afiancen y Washington tenga más control sobre su ejecución, menor será la utilidad incremental que estas figuras podrán aportar a los intereses del Tío Sam. Hay también una dosis evidente de realpolitik en todo esto, por supuesto, pero ese es otro tema.

Trump, Rubio y su equipo han ganado suficiente credibilidad como para merecer margen de maniobra. Cuestionar cada movimiento, interpretar cada acto como una traición o descartar un buen acuerdo simplemente porque Delcy aparece firmando puede terminar perjudicando a Venezuela. No cometamos ese error.

Póker

El chavismo ha sobrevivido durante años en gran parte porque entiende cómo jugar sus manos, incluso cuando son débiles. Sabe exagerar su fortaleza, diseminar información para sembrar dudas, comprar tiempo y convencer a sus rivales de que posee más opciones de las que realmente tiene. En otras palabras, el chavismo sabe hacer bluff.

Hoy su único objetivo es sobrevivir. Para lograrlo necesita convencer a Washington de que sigue siendo indispensable. El chavismo, como sabemos, puede ofrecer ejecución inmediata y cierta estabilidad a corto plazo. Y mientras pueda ofrecerle a Washington suficientes cosas que valore, intentará convertir esa utilidad temporal en permanencia política.

Pero no deberíamos confundir buenas jugadas con posibilidades de ganar el juego. El chavismo sigue siendo extremadamente impopular y unas elecciones libres lo anularían por completo. Además, sus ideales y su visión económica, institucional y política están menos alineados con Estados Unidos que los de la alternativa democrática. Su necesidad de cooperar con Washington a corto plazo para seguir existiendo es, de hecho, una señal de debilidad.

El error de la oposición sería mirar el bluff, asustarse y comenzar a atacar al otro jugador que necesitamos de nuestro lado. Por eso, la respuesta no es empezar a sonar igual que sectores del chavismo descontentos con Delcy, sino convencer a Washington de que la alternativa democrática es más atractiva. No pedirles a Trump y Rubio que escojan entre sus principales intereses y la libertad venezolana, sino demostrarles que una Venezuela libre los protege mucho mejor.

En el póker hay que saber leer a los otros jugadores, entender sus incentivos y administrar información incompleta. Saber cuándo esperar, cuándo presionar y cuándo puede ser el momento de ir all in. No olvidemos que hay una mayoría venezolana que quiere un cambio político, una diáspora políticamente relevante en Estados Unidos, aliados importantes y una alternativa más compatible con los valores e intereses estadounidenses.

Para la causa de la libertad en Venezuela, recuperar la democracia es prácticamente toda la partida. Pero para Washington esto es solo una mesa dentro de un casino mucho más grande. Tiene muchos otros intereses que manejar y sus propios tiempos. Leer mal esos incentivos hace que juguemos peor. Hay que aprender a jugar bien al póker.

Tempo y ritmo

En política, como en la música, no solamente importa qué hacer, sino también cuándo hacerlo. El tempo marca la velocidad de una pieza; el ritmo, cómo se ordenan las notas. Una decisión correcta tomada demasiado temprano puede fracasar y una presión aplicada demasiado tarde puede ser inútil.

Washington ha escogido una estrategia por fases. La oposición debería pensar de una manera parecida. Primero, observar, entender qué está ocurriendo y apoyar aquello que debilite al viejo sistema o beneficie a Venezuela. Después, medir y analizar si la recuperación económica comienza a traducirse también en progreso político. Y finalmente, recalibrar y aumentar la presión si el progreso no llega. Trump y Rubio todavía merecen un voto de confianza. Los resultados hasta ahora, la dirección general del proceso y la dificultad de lo que están intentando hacer lo justifican.

Por supuesto, el beneficio de la duda no puede durar para siempre. En mi estimación, una fecha lógica para tener en la mira es diciembre. Para entonces habrán pasado las elecciones de medio término, Washington tendrá un panorama político más claro y se podrá distinguir mejor si hay una diferencia razonable en los tiempos o si el proceso se está estancando.

Si en diciembre Delcy se consolida y todavía no existe un camino electoral creíble, con fechas claras para unas elecciones, entonces habría llegado la hora de cambiar el ritmo. No de romper con Estados Unidos ni de desperdiciar la oportunidad histórica que existe, sino de aumentar la presión inteligente y tratar de acercar los tiempos de Washington a los nuestros. Entender que diciembre puede ser nuestra mejor ventana y prepararla con paciencia no significa pasividad.

Significa saber cuándo mantener el tempo y cuándo cambiar el ritmo.

No todos los caminos llevan a Roma

En política, elegir mal la ruta puede alejarnos de lo que queremos alcanzar. Si las dudas o las emociones toman el volante, podemos cometer errores que nos alejen del destino. Por ende, no perder el norte no solo significa mantener el rumbo y saber jugar, sino también evitar que la frustración nos lleve a alejarnos de Estados Unidos. Venezuela tiene frente a sí la oportunidad de unir su futuro al país más poderoso del mundo, la Roma de nuestro tiempo, y si no tenemos cuidado, podemos perderla.

Podemos desconfiar del chavismo y reconocer que un acuerdo firmado mientras siguen ahí puede beneficiar al país. Podemos exigir elecciones y entender que Washington opera con tiempos distintos. Podemos preocuparnos por lo que vemos sin convertir cada duda en una amenaza para el equipo que ha hecho posible llegar hasta este punto.

Como diría el inversionista y autor Ray Dalio: «Si no estás preocupado, deberías preocuparte; y si estás preocupado, no tienes que preocuparte». Quien identifica los riesgos, los vigila y actúa para reducirlos no tiene por qué entrar en pánico. Pero hay que hacer esto con prudencia y no dejarse sobrepasar por las emociones.

En resumen, se trata de navegar bien esa línea delgada: tener paciencia, pero sin ser pasivos, y presionar, pero sin alejarnos de quien es imprescindible que esté de nuestro lado. Mi recomendación para todo venezolano que sueña con recuperar su libertad y construir un mejor futuro es, ante todo, no perder el norte.

Nos vemos en diciembre.

Jesús A. Riera S.

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