La relación del pueblo cubano con Estados Unidos fue una de esas historias imposibles de explicar mediante categorías simples. No era únicamente amor ni únicamente odio. Tampoco era una rivalidad permanente ni una amistad frustrada. Se trataba de una mezcla extraña de admiración, cercanía, resentimiento histórico, familiaridad cotidiana y cansancio acumulado. Si hubiera que resumir el sentimiento predominante de muchos cubanos, quizás no sería el clásico “abajo el imperialismo” ni tampoco una idealización ingenua del vecino del norte. Sería algo mucho más cubano, o más oficialista como en aquel cartel frente al Malecón modificado durante una madrugada por un valiente: “Señores imperialistas, no le tenemos ningún miedo”. Y el valiente escribió en chiquitico: “…más bien les tenemos cariñito”. Ahora tal vez ese patriota añadiría: “… pero ya estamos bastante aburriditos de esperarlos”.
Durante más de seis décadas, Estados Unidos ha ocupado un lugar central en la vida cubana. No existe otro país extranjero que haya influido tanto en las conversaciones de sobremesa, en la política, en la economía, en los sueños migratorios y hasta en el humor popular. La presencia estadounidense en la imaginación cubana es constante. Aunque el enfrentamiento político entre ambos gobiernos ha marcado generaciones enteras, la relación entre los pueblos ha seguido caminos mucho más complejos.
Muchos cubanos crecieron escuchando discursos sobre el imperialismo mientras veían prohibidas películas de Hollywood, escuchaban ocultos música estadounidense o soñaban en secreto con visitar Miami. Esa aparente contradicción nunca lo fue realmente para la gente común. El cubano promedio aprendió a diferenciar entre la política de Washington, el gobierno estadounidense y el ciudadano estadounidense de carne y hueso. Mientras los gobiernos intercambiaban acusaciones, millones de cubanos desarrollaban vínculos familiares, afectivos y económicos con personas que vivían al otro lado del estrecho de Florida.
Miami, de hecho, se ha convertido en una especie de extensión emocional de Cuba, unos dicen en broma —ojalá sólo quede en el chistecito— que es “la ciudad de Cuba más próxima de Estados Unidos”. Hay familias repartidas entre La Habana, Hialeah, Santiago de Cuba y Tampa que hablan todos los días por videollamada. Las visitas y los paquetes han tejido una red humana tan profunda que resulta imposible hablar de Estados Unidos como una realidad ajena. Para muchos cubanos, Estados Unidos no es un país lejano: es el lugar donde vive un hermano, una hija, un primo o un amigo de toda la vida.
Sin embargo, el afecto convive con el rencor. Existe una memoria histórica que no desaparece fácilmente. La intervención estadounidense en los asuntos cubanos durante buena parte de los siglos XIX y XX dejó huellas profundas. A eso se suman décadas de un cacareado embargo inexistente, manipulado por la tiranía, sanciones de papier maché y enfrentamientos políticos que muchos cubanos consideran responsables de una parte importante de las dificultades económicas del país, y que en realidad no lo son, porque constituyen una mascarada para mantener a unos y a otros, a tirios y troyanos, en el poder. Incluso entre quienes critican duramente al régimen castro-comunista, es frecuente encontrar opiniones negativas sobre determinadas políticas estadounidenses hacia la isla.
Pero el fenómeno más interesante en la Cuba actual quizás no sea el amor ni el resentimiento, sino el agotamiento. Tras generaciones enteras escuchando la misma disputa, una parte creciente de la población parece observar el conflicto con una mezcla de escepticismo y aburrimiento. Muchos jóvenes no sienten la carga ideológica que movilizó a sus abuelos o a sus padres. Les preocupan más los salarios, la vivienda, la emigración, la conectividad o las oportunidades laborales que las grandes batallas retóricas de la Guerra Fría. Les preocupa sencillamente el futuro, sus vidas.
En ese sentido, el antiamericanismo tradicional ha perdido fuerza. No porque haya surgido una admiración ciega por Estados Unidos, sino porque la realidad cotidiana impone otras prioridades, y porque al final los malos eran los buenos porque son los que les matan el hambre. La retórica de plaza sitiada resulta menos convincente para una generación que consume contenidos globales por internet y que conversa diariamente con familiares establecidos en ciudades estadounidenses.
Al mismo tiempo, también se ha debilitado la visión romántica de Estados Unidos como una tierra mágica donde todos los problemas desaparecen. Las redes sociales han mostrado una realidad más compleja. Los cubanos conocen mejor las dificultades económicas, la polarización política y los problemas sociales existentes en la sociedad estadounidense bajo gobiernos demócratas, ahora socialistas. También, todo sea dicho, ICE ha venido para convencerlos. La famosa imagen del sueño americano sigue teniendo atractivo, pero ahora es observada con más matices y menos ingenuidad.
Por eso la relación actual se parece menos a un romance apasionado o a una enemistad irreconciliable y más a una vieja relación familiar de estira y encoge. Hay cariño porque existen décadas de intercambios humanos, culturales y afectivos. Hay rencor porque pesan los rifirrafes históricos provocados por los Castro y los conflictos políticos que no debieron existir nunca. Pero también hay una sensación creciente de cansancio frente a una pelea que parece repetirse una y otra vez sin ofrecer soluciones reales a la vida de la gente.
Quizás el sentimiento más extendido entre muchos cubanos no sea preguntarse quién tiene la razón definitiva en esta larga disputa, sino cuándo terminará. ¿Cuándo dejarán de utilizarse las tensiones bilaterales como explicación universal para todos los problemas? ¿Cuándo podrán normalizarse unas relaciones que, por geografía, historia y vínculos humanos, están condenadas a existir? ¿Cuándo acabarán de invadirnos de una pura vez? ¿Cuándo llegarán los bárbaros? ¿O como en el poema de Cavafis nunca llegarán? Porque esa gente al fin y al cabo habría sido la solución.
En resumen, Estados Unidos seguirá siendo una referencia inevitable para Cuba, y Cuba seguirá ocupando un lugar singular en la imaginación estadounidense. Son dos vecinos demasiado cercanos para ignorarse y demasiado entrelazados para separarse emocionalmente. De ahí que, cuando algunos intentan describir la relación únicamente en términos de odio o confrontación, olviden la realidad cotidiana de millones de personas.
La verdad es más sencilla y más humana. Después de tantos años de discursos, sanciones, promesas, desencuentros y reconciliaciones parciales, muchos cubanos parecen mirar hacia el norte y decir, medio en serio y medio en broma: “Señores imperialistas, no es que les odiemos ni le tengamos ningún miedo. Más bien les tenemos cariñito. Pero, sinceramente, ya estamos bastante aburridos de que nos tiren a mierda”.