El régimen que empuja al suicidio
23 de agosto de 2018 - 11:08 - Por IBÉYISE PACHECO

@ibepacheco

“Hoy a las 8 am recibí una noticia: un señor decidió quitarse la vida lanzándose por el balcón de su apartamento acá en Caracas. Era profesor. Estaba deprimido por la situación del país. Su familia aún no entiende qué pasó. Ese señor era mi tío”, escribió en Twitter la periodista venezolana Laura Castellanos, a finales de la semana pasada.

El incremento de suicidios en Venezuela ya es un tema de preocupación para especialistas. Desde 2017, el Observatorio Venezolano de la Violencia hizo un llamado de atención por el incremento de casos en varias zonas del país. Ante eso, ninguna política de asistencia o prevención ha sido promovida por el régimen. Tal vez el único esfuerzo ha sido para ocultar esta realidad, igual que en Cuba, donde están “radicalmente prohibidos los necrológicos desagradables”, para evitar “un malestar adicional” en la población.

No es descabellada la posibilidad de que el régimen impulse deliberadamente la muerte de venezolanos. Arrasar con miles de familias fracturándolas con el exilio y humillarlas llevándolas a comer basura, privar a enfermos de medicinas, en fin, convertir a las personas en seres apagados, sin fuerza para luchar porque tienen que concentrar el aliento que les queda en sobrevivir, son acciones ejecutadas por el gobierno. Si son capaces de tanta maldad, ¿por qué no pensar que consideren el exterminio como una limpieza conveniente?

El suicidio es un tema que ha de ser abordado con prudencia. La opinión pública es influenciable ante la decisión de una figura conocida de quitarse la vida, con tendencia a imitarla, incluso en el método de ejecución. Por ejemplo, cuando el actor Robin Williams falleció, la cantidad de suicidios aumentó 10%. Por eso la sugerencia de no suministrar detalles que puedan significar estimulantes para segmentos de alto riesgo.

En Venezuela, a pesar de la dificultad para acceder a estadísticas, investigadores del tema coinciden al encender las alarmas. Fuimos el país más feliz del mundo y ahora estamos hundidos en la tristeza, que es el paso previo a la depresión. Y es la depresión la que lleva en muchas ocasiones al suicidio. Con el agravante de la escasez de psicotrópicos en el país. Según el presidente de la Federación Farmacéutica venezolana, Freddy Ceballos, el déficit de psicotrópicos y otros medicamentos supera 85%.

La tasa de suicidios en Venezuela sobrepasa la media mundial. Para el Observatorio Venezolano de Violencia, la primera causa es que las personas no logran llegar a fin de mes para cubrir sus necesidades con los salarios que reciben. Si no tienen dinero para comer, menos van a pagar terapias psicológicas y medicamentos.

El año 2017 cerró con 19.09% suicidios x 100 mil habitantes, la tasa más alta del país durante los últimos 30 años.

Un gobierno serio se preocuparía. Pero el de Venezuela no lo es.

Los casos son diariamente registrados en una especie de submundo informativo que resulta el whatsapp, en el que amigos, familiares, gremios, informan en chats sobre casos que no trascienden ante la magnitud de otros grandes problemas.

Un joven que había tenido que abandonar sus estudios para trabajar y ayudar al sustento familiar, al llegar un día a su casa le dijo a su mamá “todo está muy jodido”, entró a su cuarto y se ahorcó.

En algunos casos, el desabastecimiento de medicinas se expresa en una especie de eutanasia, donde los ancianos de manera especial, asumen “el bien morir” para evitar ser una carga para sus familiares con una agonía dolorosa y la impotencia de sus seres queridos al no tener dinero o no poder conseguir los medicamentos.

También está el tema de la depresión como efecto de la diáspora. Los jóvenes se van, ante ninguna expectativa de futuro en Venezuela. Esto genera presiones psicoemocionales porque se desmorona la estructura sentimental de la familia. Se habla de los abuelos huérfanos.

En la crisis venezolana, el régimen ha asesinado de varias maneras. El 10 de abril de 2017, Danel Queliz fue una de las primeras víctimas de la ola de represión de ese período. Su madre Gleniz Araca no pudo soportar el dolor y la impunidad con el que se manejó el caso. El 10 de mayo, un año y un mes después, se suicidó. Los funcionarios policiales responsables del crimen, supuestamente detenidos, salen de prisión y van a sus casas a su antojo.

También se conoce de médicos que se han quitado la vida ante la impotencia de ver morir a sus pacientes sin tener más recursos que sus manos y su corazón para salvarlos.

Llevar a un pueblo a ese grado de desesperación, también es genocidio.