Existe una juventud en la Cuba actual, pese a todo, que no es que llegue: irrumpe. No piden permiso, no tocan la puerta con los nudillos de la cortesía, no esperan la venia de los viejos tribunales de la solemnidad. Entran como entra una ráfaga por una ventana mal cerrada de La Habana: con polvo, con luz, con esos bichitos volátiles entre el resplandor, con papeles levitando, con una carcajada que desordena la sala y, sin embargo, la vuelve habitable. Emmanuel Montes Álvarez pertenece a esa estirpe rara y necesaria. La estirpe de quienes han entendido que la literatura no es una urna funeraria ni un museo vigilado por funcionarios del bostezo, sino una forma de respiración, una fiesta peligrosa, una casa tomada por fantasmas que todavía tienen mucho que decirnos.
Emmanuel Montes Álvarez: "Léete un libro, anda viejo".
En La Habana, Emmanuel Montes Álvarez emerge como una voz literaria vital, desafiando las convenciones a través de su lectura apasionada y crítica.
Lo miro —lo leo, más bien— desde esa distancia íntima que inventan las pantallas. No lo conozco personalmente, y sin embargo hay algo en su modo de aparecer, de hablar de libros, de sostenerlos ante la cámara como quien levanta una prueba de vida, que me produce la impresión de una antigua familiaridad. Como si Emmanuel hubiera pasado alguna vez por mi cuarto de la calle Empedrado entre Villegas y Montserrate; como si hubiese visto mis propios libreros bandeados -como los suyos-, inclinados bajo el peso de tantas páginas salvadas del polvo, del miedo, de la prohibición y de la mudanza. Esos libreros suyos, al fondo, no son decoración: son patria en madera, trinchera doméstica, archivo sentimental, barricada silenciosa.
Emmanuel Montes Álvarez nació en La Habana en 1996 y es autor de Los días que pienso en ti, novela publicada por Avant Editorial, una obra que se adentra en el amor, la memoria, la separación, las distancias y las soledades a través de la escritura como una suerte de terapia íntima. Me la pedí por Amazon, y me oirán próximamente hablar sobre ella en mi podcast La Libertad es una Librería de Radio Martí. Pero reducirlo a ese dato de novelista sería injusto, casi una grosería administrativa. Emmanuel no es solamente el autor de una novela; es, sobre todo, un lector encendido. Y eso, en tiempos de opiniones rápidas, algoritmos vanidosos y frases prefabricadas, constituye una forma de heroísmo per se. Porque leer de verdad —leer con hambre, con ironía, con ternura, con mala leche cuando hace falta— sigue siendo un acto profundamente subversivo.
En Instagram, donde tantos se fotografían a sí mismos hasta desaparecer, Emmanuel ha encontrado una manera de aparecer acompañado: aparece con los libros. Y no con el libro convertido en accesorio de cafetería, ni con la pose impostada del lector que sólo desea que lo miren leyendo. Él comparece ante los libros como quien se sienta con viejos amigos y enemigos, como quien sabe que toda biblioteca es también una familia disfuncional. Habla de literatura cubana con una mezcla fascinante de frescura, insolencia y respeto. Puede ser moderno sin ser frívolo, divertido sin ser banal, melancólico sin volverse plañidero. Tiene esa cualidad rarísima de quien sabe reírse y, en la misma respiración, abrir una herida.
Su crítica de libros no se parece al sermón académico ni al resumen escolar. Emmanuel no embalsama las obras: las zarandea, las besa, las contradice, las despeina. Entra en la literatura cubana con el descaro saludable de quien no se arrodilla ante los apellidos consagrados, pero tampoco incurre en esa arrogancia adolescente de despreciarlo todo para parecer nuevo. Lo suyo es otra cosa: una irreverencia culta, una profundidad con dientes, una alegría inteligente. A veces parece que habla desde una esquina de barrio y, de pronto, cita con naturalidad una tradición entera; a veces parece que va a soltar un chiste y acaba dejándonos frente a una pregunta dolorosa sobre la isla, la lengua, el exilio, la censura o la memoria, y sella con un chasquido de dedos.
Me conmueve especialmente su pasión por la poesía martiana. Martí ha sido, para demasiados, estatua, consigna, bronce mal leído, retrato escolar, cita obligatoria. Emmanuel parece devolverlo al temblor. Lo acerca a los jóvenes sin abaratarlo, lo limpia del polvo oficial, lo rescata de la vitrina donde tantos quisieron encerrarlo. La poesía martiana, en su lectura, recupera su nervio: vuelve a ser intemperie, belleza, sacrificio, delirio, fiebre de libertad. Y eso es también una manera de hacer patria. No la patria de los discursos huecos, no la patria de los permisos, no la patria administrada por burócratas del alma, sino la patria como conversación viva entre quienes se niegan a olvidar.
Porque estamos ante una forma hermosa, elegante y firme de hacer patria: leer en voz alta lo que quisieron silenciar, recomendar un libro prohibido, reírse del miedo, convertir una reseña en un acto de libertad. Emmanuel lo hace desde una estética que parece salida de una postal imposible: algo de Arthur Rimbaud en el look, algo de adolescente eterno en la insolencia, algo de profesor secreto en la precisión de sus lecturas, algo de muchacho habanero que sabe que la inteligencia también puede usar el humor como navaja. Su frase —“Léete un libro, anda viejo”— tiene la virtud de un latigazo cariñoso. No humilla: despierta. No posa de superioridad: empuja. Es una invitación con codazo, un manifiesto disfrazado de broma.
Y acaso por eso ha reunido, en tan poco tiempo, una cantidad notable de seguidores. No sólo porque sea joven —la juventud por sí sola no basta, y a veces incluso estorba si se confunde con ruido—, sino porque es brillante, culto, rápido, sensible, y mezcla todo eso con un sentido del humor y un mundo interior dignos de envidia sana. Emmanuel no pide que la gente lea desde la culpa, sino desde el deseo. No presenta los libros como castigos nobles, sino como territorios de placer, discusión, rabia, consuelo y aventura. En sus críticas hay una alegría que contagia; en su ironía, una melancolía que permanece; en su melancolía, una resistencia.
En un país donde tantos libros fueron apartados, mutilados, confiscados, convertidos en rumor o pecado, que un joven vuelva a ponerlos sobre la mesa con gracia y descaro tiene una importancia que excede el gesto cultural. Es un acto inusual y político -magré lui même- en el sentido más limpio de la palabra: una defensa de la vida común, de la conversación, del derecho a pensar sin pedir licencia. Emmanuel habla de libros cubanos como quien abre ventanas en una casa cerrada desde hace décadas, como quien colecciona viejas postalitas del Zorro. Y por esas ventanas entra aire, pero también entran los muertos, los expulsados, los tachados, los raros, los incómodos, los que nunca cupieron en la foto oficial.
Pienso entonces en La Jeringa, ese proyecto que también ha sabido mezclar juventud, irreverencia, pensamiento, humor y filo. E imagino desde la distancia que vibra en ellos una energía de clínica clandestina: pinchan donde duele, extraen pus, inyectan risa, administran lucidez. Con jóvenes como Emmanuel y con los de La Jeringa, una se permite soñar sin pedir disculpas. Sueño no sólo con leer algún día con ellos en La Habana, sino con levantar junto a ellos allí la mayor Biblioteca Librería de Hispanoamérica, una casa inmensa, luminosa, desobediente, donde estén todos los libros que nos prohibieron. Todos. Los escondidos en maletas, los leídos bajo la sábana, los fotocopiados con miedo, los tachados por comités, los expulsados de los catálogos, los que sobrevivieron en la memoria de una abuela, en el bolso de un exiliado, en la obstinación de un lector.
Imagino esa Biblioteca Librería como un puerto y como una revancha. No una revancha mezquina, sino una revancha de luz. Estanterías interminables, mesas largas, niños hojeando libros que nadie les podrá quitar, jóvenes discutiendo a Martí, a Lezama, a Cabrera Infante, a Lydia Cabrera, a Reinaldo Arenas -obra inmersiva-, a Dulce María Loynaz, a Virgilio Piñera, a todos los vivos y a todos los muertos que fueron convertidos alguna vez en inconvenientes. Imagino, en una esquina, a Emmanuel haciendo una reseña entre risas, con su aire de Rimbaud tropical y su frase de guerra amable: “Léete un libro, anda viejo”. Y de pronto la frase dejaría de ser consigna digital para convertirse en campana, en contraseña, en resonancia lezamiana y en jíbaro verso, salvándose los dos, en saludo de una generación que no quiere heredar el silencio.
Hay algo profundamente conmovedor en sentirse fan de alguien a quien no se conoce. Tal vez porque la admiración verdadera no exige proximidad física. Basta una voz que nos devuelva confianza, una inteligencia que nos acompañe, una manera de mirar los libros que nos recuerde por qué seguimos creyendo en ellos. Emmanuel, desde su pantalla, desde sus libreros, desde su humor y su melancolía, ha conseguido esa cercanía rara: me parece ya un amigo que recomienda lecturas, un sobrino brillante que ha leído demasiado y todavía conserva la insolencia, un cómplice que sabe que la cultura cubana no cabe en ninguna jaula.
Su novela Los días que pienso en ti habla, según su propia sinopsis editorial, de un hombre que escribe en un cuaderno los mejores días de su vida junto a una presencia llamada Olvido. Qué nombre más cubano y más universal: Olvido. Porque todos escribimos, de algún modo, contra él. Contra el olvido de los amores, contra el olvido de la ciudad, contra el olvido de los libros, contra el olvido de los nombres borrados. Emmanuel parece haber entendido que escribir y leer son dos formas de pelear con la desaparición. Una reseña, un video, una novela, una broma inteligente, un libro levantado frente a la cámara: todo eso puede ser una pequeña victoria contra la nada.
Por eso le doy gracias. Gracias infinitas a Emmanuel Montes Álvarez y a La Jeringa por recordarnos que la literatura cubana no está muerta -incluso si él lo afirma, porque la prueba de que está viva es él mismo-, ni secuestrada del todo, ni reducida a sus expedientes. Gracias por probar que todavía se puede pensar con gracia, disentir con belleza, leer con hambre, hacer crítica sin solemnidad funeraria, construir patria sin uniforme y libertad sin permiso. Gracias por esos libreros al fondo, que son también una promesa. Gracias por la inteligencia que no se disfraza de aburrimiento para epatar. Gracias por la risa que no cancela la profundidad. Gracias por la melancolía que no se resigna.
Y si algún día esa Biblioteca Librería de Hispanoamérica abre sus puertas en La Habana, si algún día los libros prohibidos vuelven a respirar juntos bajo un mismo techo, habrá que reservar una mesa para estos jóvenes que hoy están haciendo, desde la pantalla y desde la página, una labor de rescate. Habrá que poner un cartel en la entrada, no solemne, no patriótico en el sentido viejo, sino alegre, insolente, luminoso. Un cartel que diga, como una bendición y una provocación: “Léete un libro, anda viejo”. Y entonces sabremos que algo, por fin, habrá empezado a curarse.
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