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OPINIÓN

En memoria de Juan Pablo Illanes

En una época de celebridades, de autopromoción y palabras rimbombantes, su legado va en sentido contrario

Por Ricardo Trotti

La noche del 8 de octubre, en plena ceremonia de los Premios María Moors Cabot, la alegría por el reconocimiento se volvió agridulce. Carlos Schaerer, director de El Mercurio, me llamó para darme la noticia: Juan Pablo Illanes había fallecido.

La ironía es difícil de ignorar. Fue Juan Pablo quien me nominó a este premio. Yo acababa de retirarme, pero él insistió, convencido de que el camino recorrido merecía ese reconocimiento y de que los valores que defendimos juntos por el entendimiento interamericano eran los mismos que distinguen los Cabot.

Nuestra amistad nació en la Sociedad Interamericana de Prensa. Juan Pablo dirigió El Mercurio con rigor y llegó a ser tesorero y miembro del comité ejecutivo de la SIP. Pero lo que lo definía era su humildad. Juan Pablo fue una buena persona, una aspiración que pocos alcanzan.

Compartimos largas conversaciones que iban más allá del periodismo y de la prensa chilena, hacia la medicina y la salud pública, temas que dominaba como médico de formación.

En una época de celebridades, de autopromoción y palabras rimbombantes, su legado va en sentido contrario. Ejerció un liderazgo silencioso, pensado más en el bien común que en el propio, con la palabra justa y la sonrisa oportuna que iluminaban a quienes tuvimos la dicha de sentarnos a su lado.

Gracias, Juan Pablo.

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