“Comer, comprar y reventar las redes sociales con cuanta tontería se nos ocurre subir”
El "síndrome del recién llegado" cubano, según la psicóloga Noyda, se manifiesta en "comer, comprar y reventar las redes sociales" con actitudes que varían en su persistencia.
“Comer, comprar y reventar las redes sociales con cuanta tontería se nos ocurre subir”
Dice Noyda que a eso nos dedicamos todos los recién llegados al exilio, y que es una reacción normal. Que lo vea como una expresión típica de disfrutar o presumir lo que nunca tuvimos en todos estos años.
Ella es psicóloga y dice saber de lo que habla, aunque su experticia falla en algo: Noyda no puede precisar cuánto puede durar estas conductas que ella califica como “el síndrome del recién llegado”.
“Hay quien no se repone por el resto de su vida y otros consiguen supera al menos dos de los nuevos vicios, pero quedan condenados a arrastrar un tercero”.
Se pone histriónica y con pose profesional explica para la cámara, mirando directamente al lente, que la tiene fascinada desde que llegamos a su consulta, “Son los que se mueren de viejos comprando en Amazon, adquiriendo cosas que luego devuelven, porque lo que les importa es comprar, el acto de pagar por algo que te guste pero que, en definitivas, ni te interesa usar”
Dice que igual sucede con otros que se pasan todo el tiempo subiendo a las redes cuanta cosa ocurre en el día, “el colmo fue un paciente mío que publicó fotos de cuando su nieto fue al baño, solo, por primera vez, como si un tibor sucio fuera algo que celebrar”
En cuanto a comer, Noyda tiene la teoría que en los primeros años todos engordamos pero que después “nos ponemos para las cosas” y bajamos de peso o mejoramos la alimentación, aunque la dependencia del pastel de guayaba o la ropa vieja nos traicionen el subconsciente con cierta frecuencia.
La hija de Noyda se burla por detrás de las cámaras, nos hace señas de lo gorda que esta la psicóloga y creo entender que imita a su madre comprando online a través de la pantalla del celular. La hija me alcanza a decir bajito que Noyda viene siendo como la excepción de su propia regla.
En el camino de vuelta, con el camarógrafo y el productor, nos entregamos al ejercicio de recordar si cuando llegamos a este país padecimos de las tres supuestas dependencias que Noyda clasifica, y más importante aún, si todavía tenemos colgada alguna de tales conductas.
El camarógrafo no puede esconder su apetito voraz, yo soy testigo de que se come todo lo que le pasa cerca: que no importa si estamos bajo el miedo de los misiles rusos en la guerra ucraniana o golpeados por la policía de Daniel Ortega en el aeropuerto de Managua, él siempre reclama el derecho a sus quince minutos de ingesta. Incluso durante el reportaje de un huracán cometimos el error de nombrarlo albacea de las reservas comestibles y dejó al team completo sin comida.
En su defensa, el camarógrafo asegura que ese problema venía de antes, de cuando no pensaba ni en llegar al exilio.
Pero sus fotos viejas demuestran que había pocas libras dentro de sus ropas y que la gula desaforada parece un vicio adquirido a posteriori.
Yo soy autocritico, cargué con los tres vicios durante mucho tiempo y ahora mismo creo que no me he podido desprender de las compras y de las redes.
La comida la borré definitivamente de mi lista, la dejé aparte gracias a la ayuda de mi doctora y el tratamiento para la diabetes.
Pero comprar herramientas, repuestos para mis armas o artículos deportivos es una pasión de la que no puedo prescindir a pesar de los regaños de mi esposa.
Igual me siento más vinculado a las redes sociales después de que mis hijas crecieron y se fueron de casa. Postear, celebrar o al menos comentar en los portales digitales es como mantener la línea caliente con ellas, como si las obligara a reaccionar y a mantener la comunicación, aunque fuera en esta variable elemental.
Desde Cuba Lídice me califica de banal, dice no entender cómo puedo dedicar mi vida a semejante tontería.
En su agobiante universo le queda muy lejos ese cuento de velar las rebajas de determinado fusil o mostrar en Facebook las notas universitarias de una de mis hijas.
“Aquí no hay rebajas, aquí Hay o No Hay… y cuando Hay tienes que estar dispuesto a correr, a pelear y hasta a matar por comprarlo antes que otros”
Cuando le cuento la conclusión de la psicóloga, Lídice me dice que está preparada para tirarse de cabeza en los tres vicios, que no hay mejor negocio que dejar de comer por haber comido… que le parece imposible poder disfrutar de una conexión infinita en internet. . . y que no ve la hora en que le pueda comprar a su hijo todos los zapatos que le dé la gana.
“Pero si solo tiene dos pies” le digo y ella entre risas me cuenta que le da igual, que lo que quiere es que tenga muchos, como si los acumula y nunca se los pone, “he sufrido tanto descubriendo como le crece el pie, que ya no le sirven los zapatos que tenemos porque aumentó el número... que en algún momento de mi vida me tengo que desquitar”
Le pregunto si van a emigrar, ella no sabe, lo desea, pero sin un plan, sin una esperanza.
Dice que lo sueña diariamente, se imagina comiendo dulces “a trochi y mochi” y tratando de cerrar el hipotético closet rebosante de zapatos.
“Noyda no es ningún genio”, me sacude el fotógrafo en clara venganza por las burlas que le montamos debido a su apetito, “eso no es exclusivo de los cubanos, le pasa a todo el que se instala en los Estados Unidos, no hay que ser psicólogo para darse cuenta”
Trato de defender a la psicóloga, ella evalúa en base a su clientela, a su experiencia, que fundamentalmente es cubana. Pero el camarógrafo cree que “se está haciendo la especial para el reportaje”, dice que son verdades elementales disfrazadas de conclusiones profesionales.
Cae en “modo perreta” cuando le decimos que está molesto porque se sintió descubierto, con su ombligo tirante por encima de la hebilla. Nos ofende, dice que somos una banda de enfermos que envidian su salud y su posibilidad de no tener límites al acercarse al mostrador de cualquier cafetería.
Igual paramos para que el hombre despache un sándwich cubano y un batido de mamey antes de llegar al canal, mientras yo aprovecho la pausa para ver cómo están los precios de ciertas miras en el sitio especializado de armas que siempre visito en internet.
El tercero a bordo, desde el asiento delantero del auto retrata al glotón del camarógrafo en plena fagia, dice que lo va a postear en las redes de la psicóloga, para corroborar sus teorías.
Ni así deja de masticar, como movido por la rabia le da mordiscos más grandes a lo que va quedando del pan tostado y achatado, la ambrosia casi plana gracias a la acción de la plancha donde fue comprimido por la camarera.
Yo me imagino a Lídice en el lugar del glotón, por primera vez, embarrando a gusto su miseria, con la mezcla de mayonesa, tomate y mostaza que ahora mismo chorrea por la otra punta, la intacta aun, del pan del camarógrafo.
