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¡Good Bye, Mr. President! ¿Welcome, Mr. President?

Trump llega con otra puesta en escena. Ya pasó el tiempo de la campaña con la cual muchos pensaron que la retórica era la única manera de ganar espacios en la televisión nacional
Por JOSÉ LUIS RUMBAUT LÓPEZ

Se fue Barack Obama. Fueron 8 años de luces y sombras; de esperanzas y frustaciones, de noticias que estremecieron al mundo y posiblemente cambiaron el decursar de los cubanos. Dos períodos administrativos que influyeron en el mundo y lo cambiaron tal cual lo vemos hoy.

Para muchos, la llegada de un afroamericano con ideas (sobre todo en su contexto) muy progresistas para provenir de un presidente norteamericano, significaba un aliento para la nación que en el último siglo marcó anhelos y esperanzas, a la par que provocó críticas y desprecio. Podría, al fin, marcar un camino al mundo unipolar heredado del término de la Guerra Fría y la desaparición de ese otro punto de referencia que fue el campo socialista. Obama era el enviado para enrumbar a Estados Unidos por una senda donde sería más respetada como nación y serviría como ejemplo para un mundo mejor.

La verdad, no sé de donde sacaron esa idea. El propio Obama fue claro desde un principio y sus acciones estuvieron encaminadas a darle una mejor vida a los norteamericanos con menores ingresos, con necesidades de salud y educación. Sus datos de deportación de inmigrantes, una economía que sufrió crisis constantes, fueron elementos que caracterizaron sus dos mandatos. Hoy la cruzada de Trump por un nacionalismo a ultranza se ve con ojos despavoridos, pero Obama no hizo otra cosa diferente durante su mandato.

No obstante, sin dudas estos 8 años han sido tal vez los mejores en cuanto a un discurso menos beligerante que los mandatarios anteriores, una pareja presidencial que se mostró siempre asequible, al nivel de las personas sencillas que le votaron y con temas muy cercanos a la problemática cotidiana de millones de personas, dentro y fuera de los Estados Unidos. Ya fuera en una universidad en Estambul o en un teatro en La Habana, el discurso de Obama siempre tenía una aprobación mayoritaria y la simpatia del público.

Al margen de si los resultados fueron buenos, mejores o peores; si el discurso fue por un camino y la realidad por otro; si recibió un inmerecido Premio Nobel de la Paz; el presidente Obama gozó y se lleva una popularidad que pocos pueden obstentar luego del costo que significan 8 años en las más altas esferas de las decisiones del poder. Con el mismo ahínco con que ofreció seguro médico a muchos necesitados en la nación más poderosa del planeta, ordenó la ejecución de Bin Laden.

Para los cubanos Obama tiene otras lecturas. Fue el que acercó las dos naciones, devolvió las relaciones diplomaticas entre vecinos, visitó la isla sin hacer concesiones en su discurso, abrió su corazón en un popular programa dando al pueblo cubano la misma dosis de humildad y sencillez con que enamoró a millones de coterráneos suyos. Pero también será quien levantó la opción de entrada de miles de cubanos a un mundo que se nos vende desde niños como el paraíso y que ha servido de válvula de escape a los problemas internos del país. Será quien puso fin a la política de pies secos pies mojados, dejando en el camino por toda Centroamérica a muchos cubanos que cifraron sus esperanzas en lo que su propia propaganda les vendió como la solución a sus problemas.

Será dificil decir si al final, con los años que son implacables, el saldo será positivo o negativo, pero al día de hoy, considero que nunca tuvimos un presidente norteamericano que se nos pareciera tanto. Por eso, tal vez más que por sus muchos éxitos, será recordado.

Y el sucesor, qué?

Trump llega con otra puesta en escena. Ya pasó el tiempo de la campaña con la cual muchos pensaron que la retórica era la única manera de ganar espacios en la televisión nacional que de otro modo hubiera costado los millones que su presupuesto al parecer no tenía. Pasó el tiempo en que mencionar temas políticamente incorrectos podían ser elementos para una campaña agresiva, acorde con su manera de negociar y hacer dinero en su prolífera vida.

Donald Trump ya es presidente de los Estados Unidos y sus decisiones, desde el primer día, el discurso y la acción han sido tan coherentes que da miedo. No hay una sola idea, polémicas casi todas, que no se dirija a exaltar el nacionalismo blanco, una política antiinmigrante y un racismo ferviente que desdice los mejores valores de la sociedad norteamericana.

Pero lo cierto es que fue el presidente electo bajo las normas de su país, con la aceptación de una importante zona del electorado y ha sido investido con los honores que su alto cargo demanda. Podría ser, como opinan muchos y muy respetados colegas, una variable importante para desviar el curso neoliberal y acérrimo de una globalizacion que aporta siempre más para los que más tienen. O tal vez también, como dicen otros que ven su legado antes de empezar el mandato, el fin de una era de políticos que corrompieron los valores de los Padres fundadores.

Incluso esta política que denigra a sus vecinos y aliados, podría también convenir a estos países que por primera vez tendrían que mirar hacia dentro y promover políticas y soluciones con colores nacionales y sin tintes interventores como se han visto a lo largo de los años. Podría por primera vez en muchos años hacer que los países del área se unan en un frente común para evitar que las políticas domésticas norteamericanas arruinen las economías de los países que antes fueron su patio trasero.

Podrá ser lo que el quiera y pueda ser. El tiempo siempre es un testigo excepcional. Pero hoy, a juzgar por los hechos, muchos consideran que su llegada no es para nada bienvenida.

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