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opinión

Gracias, comandante

España no debería olvidar jamás al hombre que salvó la vida de más de un centenar de personas, en circunstancias totalmente desfavorables, simplemente haciendo bien su trabajo
Por ITXU DÍAZ

No sabemos casi nada de él. Ni siquiera ha trascendido su nombre a la hora en que escribo estas líneas. Es el piloto de Air Canadá 837. Es un héroe. Lo ocurrido con el avión averiado en Madrid este lunes es una gesta, una suma de talentos y paciencias, una de las mejores historias periodísticas de lo que llevamos de siglo, aunque tenga la bendita rareza de haber culminado felizmente. Cuatro horas de angustia, vagando por esos cielos de Madrid que pintó Velázquez, volando con un motor y sin una rueda, con la sensación de la tragedia anticipándose segundo a segundo en la cabeza, con la responsabilidad de tener en tus manos más de cien vidas. Madrid pudo haber anochecido en luto, y amaneció entre brillos y sonrisas. Daban ganas de echarse, al fin, a las calles y respirar un poco de esperanza.

En el despegue, la rueda destrozada, el posible fallo en el motor izquierdo. Comienzan las decisiones providenciales del piloto. Dicen en el gremio que se limitó a hacer su trabajo. Que nadie lo vea como un intento de restarle méritos. Lo difícil cuando sabes que estás muy cerca de estamparte en un avión y contigo más de un centenar de personas, es hacer tu trabajo. Mantener la calma. No perder un instante. Tomar las decisiones oportunas. Todo lo que hizo este buen hombre, desde que dio la alerta y apagó el motor, hasta que aterrizó ese bicho en el aeropuerto de Adolfo Suárez-Barajas sin un solo rasguño entre la euforia colectiva, que fue la euforia de una nación unida, al menos por unas horas. Gracias, también, por eso, comandante. Los españoles –y espectadores de todo el mundo– rezamos juntos aquella tarde mientras el Air Canadá sobrevolaba a bajísima altura el cielo de Madrid, quemando combustible para poder aterrizar de emergencia, en esas horas de incertidumbre y angustia. Rezamos juntos y estoy convencido de que nuestra oración también sostuvo la panza de ese avión y aferró el tren de aterrizaje para que no se quebrara más al tomar tierra, y sirvió de ansiolítico para el capitán y la tripulación que dieron un ejemplo valiosísimo al mundo entero.

No habría sido posible el final feliz sin que cada una de las partes implicadas realizara un trabajo impecable. Desde los controladores hasta el último técnico, la tripulación y –hay que decirlo– el pasaje, que mantuvo un comportamiento ejemplar. Sin embargo, quiero mencionar, en unas palabras aparte, al piloto de las Fuerzas Armadas, el capitán Macías, que se presentó voluntario para inspeccionar el avión desde su F18, actuando con velocidad, y demostrando una vez más que el Ejército español sigue siendo un orgullo para toda la nación. Nunca, nunca, nos dejan solos.

Nuestra sociedad necesita héroes. Referentes. En un mundo repleto de influencers, famosillos de enclenque moralidad y antihéroes, necesitamos el ejemplo de hombres valiosos que nos recuerden que, cuando llega la hora de la verdad, el heroísmo no es casualidad, es consecuencia de un código de valores que hemos de proteger con todas nuestras fuerzas.

España no debería olvidar jamás al hombre que salvó la vida de más de un centenar de personas, en circunstancias totalmente desfavorables, simplemente haciendo bien su trabajo. Nos ha dado a todos una lección importante, un nuevo impulso para levantarnos cada mañana sabiendo que hay muchas cosas buenas y grandes que dependen de que cada uno de nosotros haga lo que le corresponde para aportar su granito de arena al bien común. El mundo tiene hoy un poquito más de luz. Gracias, comandante. Y gracias, capitán.

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