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OPINIÓN

¿Gracias, simplemente?

Afortunadamente, con el tiempo uno se va encaminando, siendo a la vez coautor de una guía no escrita para el emigrante que venga atrás
Por FRANK DÍAZ DONIKIÁN

Por Frank Díaz Donikián.

Tal cual se describió una vez la poetisa cubana, Dulce María Loynaz, yo también fui como el viajero que llegó a puerto, y no lo esperaba nadie.

Un nuevo entorno tenía ante mí hace una década a la mitad de la vida. Un contexto diferente, con otras normas, rigores y una crisis de por medio, al cual me urgía adaptarme.

Pero andaba torpe, incluso enfermo, como mismo se afiebra un arbusto recién trasplantado.

Duele todavía la burla solapada o el insulto soez por no saber colar café con un aparato nunca visto. Ser incapaz de accionar la pistola de expendio en una gasolinera. O estar perdido en medio de la gran urbe, saltando peajes por el camino.

Me consolaba a veces sabiendo de comienzos muchos más rudos, como los de aquellos cubanos hace más de medio siglo laborando en sembradíos de tomates, sin que importaran sus títulos de doctos profesionales.

O lo vivido por la gran mayoría de los 14 mil chiquillos también venidos de mi país a principios de los 60 y acogidos por la Iglesia, quienes habiendo recibido el mejor trato, de todos modos sufrieron de traumas, como cachorros destetados a destiempo.

Afortunadamente, con el tiempo uno se va encaminando, siendo a la vez coautor de una guía no escrita para el emigrante que venga atrás.

En conclusión, soy menos lerdo y también vivo liviano, como sostenido por hilos que me tienden muchos ángeles de la guarda encima.

Ahí está la familia Medina, por ejemplo, dándome cobijo en Westchester, calor de familia y buenos platos de amor con pollo.

El primo Sergio, enrolándome en pantagruélicos almuerzos y dándome lecciones de cómo seguir siendo un buen ciudadano. Mientras, a mis espaldas, se confabula con las camareras de cuánto restorán me lleva, para que no acepten mi dinero, tal si fuera falso.

Los incontables colegas tenidos en distintos empleos, dispuestos a remediar -a veces sin logros- mi Inglés de café con leche.

El paisano con bríos de samurái llamando desde Alabama para ofrecer cualquier ayuda.

La esposa de otro criollo anclado en Massachusetts, enviándome ropa de perilla.

Y Daniel, tan buen amigo como periodista, quien siempre me procuró dónde trabajar.

A todos ellos, y a tantos otros tenidos a mano: GRACIAS. Aunque en verdad, me suena parca la palabra cuando debo agradecer en grande.

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