Chile vive, desde hace décadas, una crisis social y cultural que ha erosionado silenciosamente los vínculos que sostienen la vida en común. Robert N. Bellah, en Hábitos del corazón, texto escrito hace ya varias décadas y centrado en el análisis de la sociedad norteamericana, adquiere hoy una plena actualidad para comprender el momento que vive Chile. En dicha obra, el autor sostenía que cuando los hábitos del corazón se debilitan, la libertad se vacía de contenido y la comunidad se transforma en una agregación frágil de individuos solitarios.
Hábitos del corazón: la emergencia social y cultural y el nuevo gobierno de José Antonio Kast
La responsabilidad de los ciudadanos de a pie resulta ineludible, porque ninguna política pública puede sustituir los hábitos del corazón
Bellah entendía por hábitos del corazón aquellas disposiciones morales y culturales que orientan la vida cotidiana. Son los hábitos que permiten decir nosotros sin anular el yo, y afirmar la libertad sin disolver la responsabilidad. Cuando estos hábitos se dejan de vivir, la sociedad no se desintegra de inmediato, pero comienza a vivir de nostalgias sociales que, tarde o temprano, se olvidan.
Chile ha experimentado precisamente ese proceso. Durante décadas se fue consolidando un individualismo que redujo la vida buena a la satisfacción subjetiva. El lenguaje de los derechos se separó progresivamente del lenguaje de los deberes, y la noción de bien común fue desplazada por una suma de demandas fragmentadas. La revolución del 18 de octubre, la violencia normalizada, la desconfianza institucional y la crisis de autoridad no fueron un accidente, sino el síntoma visible de un corazón social indigente de virtudes cívicas.
En Hábitos del corazón, Bellah advertía que el individualismo, cuando se absolutiza, termina por socavar aquello mismo que promete proteger. Una sociedad que ya no educa en la pertenencia, en la lealtad y en el sacrificio compartido se vuelve incapaz de sostener la libertad. No porque falten derechos, sino porque faltan personas dispuestas a hacerse cargo de algo más que de sí mismas.
Este diagnóstico resulta particularmente pertinente para el Chile que comienza a dejar atrás una etapa marcada por la ingeniería social, la inflación ideológica y una concepción reductiva de la persona. El intento de rehacer la sociedad desde abstracciones identitarias debilitó aún más los vínculos en aquellas instituciones y formas de sociabilidad que dan vida a la república: la familia, la escuela, el barrio, la iglesia y las asociaciones libres.
La asunción del gobierno republicano de José Antonio Kast abre, en este contexto, una posibilidad significativa. No se trata simplemente de un giro político, sino de la oportunidad de iniciar una revitalización social y cultural a partir de la sencillez y naturalidad de la vida social, encarnada en la amistad cívica. Pensemos, por ejemplo, en una de las virtudes más elementales y decisivas para una sociedad vital y alegre: la gratitud. Dar las gracias a quien recoge la basura, al chofer del autobús o a la señora que hace el aseo en el metro puede convertirse en un bálsamo social de efectos insospechados.
En este sentido, la responsabilidad de los ciudadanos de a pie resulta ineludible, porque ninguna política pública puede sustituir los hábitos del corazón, aunque sí puede crear condiciones favorables para su florecimiento. Chile necesita volver a aprender el lenguaje de la responsabilidad compartida, no como consigna moralizante, sino como experiencia vivida. Como es sabido, las sociedades sanas narran su vida en común a través de historias que otorgan sentido. Por eso, recuperar un relato de austeridad, generosidad, gratitud, esfuerzo, sencillez, servicio y esperanza resulta hoy indispensable.
La tarea del próximo gobierno es gigantesca en orden a las prioridades que se ha impuesto y por lo que ha sido elegido por una mayoría significativa (58%): la seguridad, la inmigración ilegal y crecimiento con progreso. Todos, propósitos a la altura de la emergencia que vivimos, pero también hay una responsabilidad como ciudadanos de a pie.
Quienes consideramos a la libertad y a la responsabilidad, en sus diferentes dimensiones -como elegir el estado de vida (soltero o casado), educacional, económica, de expresión, política y religiosa-, como bienes no negociables, no podemos descansar en el que gobierno resolverá las cuestiones más fundamentales que configuran una vida lograda. Por eso, intentar vivir y difundir a través de acciones concretas y simples, como saludar, constituirá el complemento adecuado del gobierno de emergencia con la emergencia social y cultural que Chile reclama desde hace demasiado tiempo.
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