El 11 de marzo, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adoptó la Resolución 2817 por trece votos a favor, ninguno en contra, y las abstenciones de China y Rusia. Un hecho que pasó casi desapercibido en la vorágine de noticias sobre misiles y buques en llamas, pero que merece ser leído con la atención que se les da a los cambios históricos irreversibles.
Irán y el Estrecho: el régimen que se quedó solo
Un análisis preciso para contar las cosas como son
Por primera vez en décadas, los dos aliados tradicionales de Teherán en el Consejo de Seguridad no ejercieron su veto para protegerlo. Esta es la señal más clara que el sistema internacional puede emitir, cuando Rusia y China le soltaron la mano a Irán.
La resolución no surgió de una iniciativa occidental, porque la redactó Bahréin y la copatrocinaron 135 países, incluyendo naciones del Sur Global que habitualmente eluden estas posiciones. El texto condena “en los términos más enérgicos” los ataques iraníes contra Bahréin, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, y va más lejos porque censura cualquier acción iraní para cerrar u obstaculizar la navegación por el Estrecho de Ormuz.
Para entender la magnitud de lo ocurrido hay que preguntarse por qué Moscú y Pekín no vetaron. La respuesta no está en sus comunicados, que invocaron el “desequilibrio” del texto por omitir los ataques previos de EEUU e Israel. Eso fue la cobertura diplomática. La razón real es otra, y es mucho más fundamental.
El error que ningún aliado puede perdonar
Irán cometió tres errores estratégicos en el curso de este conflicto, pero uno de ellos opera en una categoría diferente a los demás.
El primero fue atacar a sus vecinos árabes, estos países no le habían declarado guerra y mantuvieron la neutralidad. Además, en algunos casos, actuaron como intermediarios diplomáticos en años recientes. Con eso, Teherán convirtió a todo el Golfo en víctima formal ante el mundo.
El segundo fue escalar contra la infraestructura civil de esos países con instalaciones de desalinización, depósitos de combustible y aeropuertos. La misma lógica que le reprocha Occidente a Rusia en Ucrania, aplicada ahora por Irán contra sus vecinos árabes. La hipocresía moral no es el punto aquí, sino político porque perdió el argumento ante el Sur Global.
Pero el tercero cambia la ecuación de manera permanente con el cierre del Estrecho de Ormuz.
Por ese pasaje de apenas 33 kilómetros en su punto más angosto transita aproximadamente el 20% del petróleo y el gas licuado que consume el mundo cada día, este es el suministro energético de China, de Japón, de Corea del Sur, de la India, de Europa y otros. Cuando el comandante naval de los Guardianes de la Revolución declaró que ningún buque podría transitar sin autorización iraní, y cuando los IRGC atacaron barcos de países neutrales como los tailandeses, japoneses o liberianos navegando en aguas internacionales, Irán le declaró la guerra económica al mundo entero.
Ahí está la respuesta a por qué China no vetó.
China importa más del 40% de su petróleo a través del Estrecho de Ormuz. Pekín tolera mucho de Teherán, incluyendo la retórica antioccidental, el programa nuclear, incluso la presión sobre Israel. Lo que no puede admitir, y ningún actor racional con intereses energéticos acepta, es que un régimen regional decida unilateralmente que tiene soberanía sobre una vía marítima internacional y el derecho de disparar a los barcos que no le pidan permiso. Si Irán normaliza ese principio hoy, mañana cualquier potencia con acceso a un estrecho podría replicarlo. Es un precedente que destruye el orden logístico sobre el que descansa la economía global.
Rusia tampoco está exenta de esa lógica, aunque sus intereses energéticos directos en el Estrecho sean menores. Moscú tiene sus propios estrechos, como el Bósforo, el Báltico, y sabe perfectamente que el principio de libertad de navegación en aguas internacionales no puede tener excepciones selectivas según quién tenga los misiles en la costa. Además, Rusia tiene sus propias relaciones con los países del Golfo que no se sacrifica por un régimen que ya ha demostrado ser incapaz de sobrevivir a la presión militar que enfrenta.
La inviabilidad no es el colapso, sino algo más difícil.
Aquí es donde el análisis exige precisión. La inviabilidad del régimen iraní no significa que desaparezca mañana, ni que la Operación Epic Fury produzca el resultado político que Washington e Israel declaran. Porque las intervenciones militares rara vez producen lo que sus arquitectos proyectan. La historia del Medio Oriente en las últimas tres décadas relata, en buena medida, ese fracaso repetido.
Pero inviabilidad no significa colapso inmediato, sino algo más preciso y, a largo plazo, más devastador para un régimen. Porque es la pérdida de legitimidad estructural ante el sistema internacional, incluyendo ante quienes hasta ayer eran sus protectores.
Un régimen puede sobrevivir a la hostilidad de sus enemigos. Lo que no puede sostener políticamente es la indiferencia de sus aliados combinada con la condena unánime de sus vecinos. Irán hoy no enfrenta solo la presión militar de EEUU e Israel, se suma el aislamiento político de todos los actores relevantes en el mundo árabe. Entre tanto, Occidente que nunca fue su aliado, pero ahora Rusia y China que se abstuvieron en lugar de vetarlo.
La pregunta que corresponde hacerse no es si este régimen sobrevivirá el ataque militar, eso depende de variables tácticas y políticas internas aún inciertas. La interrogante es: ¿puede un régimen negociar su supervivencia, reconstruir alianzas, conseguir financiamiento o mantener alguna forma de legitimidad internacional luego de haber atacado a siete países vecinos, hundido barcos neutrales en aguas internacionales, y provocado una crisis energética global que afectó a los mismos países que pretendía tener como aliados?
La respuesta es no, porque ya nadie tiene interés en defenderlo.
El Estrecho como límite civilizatoio
Hay una razón por la que la Resolución 2817 incluye un párrafo específico condenando las amenazas al Estrecho de Ormuz y al Bab el-Mandeb, y no es retórica. El acceso libre a las rutas marítimas internacionales es uno de los pocos principios sobre los que existe consenso genuino entre potencias con intereses contrapuestos en todo lo demás. Es el sustrato logístico de la globalización y sin él, no hay cadenas de suministro o mercados de energía, en suma, no hay economía industrial moderna.
Irán cruzó ese límite y así no solo se enfrentó a sus enemigos declarados, sino al sistema.
La pregunta que sigue abierta, y que ningún analista puede responder con certeza hoy, es qué forma tomará la reconfiguración del poder en Irán cuando este conflicto encuentre algún punto de cierre. Puede ser una negociación de elites internas o el ascenso de una facción dentro del propio aparato decidiendo que la supervivencia del Estado requiere desmantelar el régimen actual. Puede ser algo más caótico, pero parece improbable a la luz de lo que ocurrió el 11 de marzo en el Consejo de Seguridad, y que el orden internacional le permita a este régimen salir del conflicto como si nada hubiera pasado y retomar su posición regional como actor legítimo.
Las estructuras políticas que atacan a sus vecinos hunden barcos neutrales, y cierran estrechos internacionales no se reforman solos. Y tampoco encuentran, tarde o temprano, a nadie dispuesto a ayudarlos a hacerlo.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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