Agradezco —no sin cierta ironía soterrada— la rutina que me circunda y me asedia. En medio de ese discurrir cotidiano, irrumpe la voz de un antiguo amigo: entrañable, sí, pero difuminado por la erosión del tiempo y la distancia. Su mensaje no convoca la reminiscencia ni el anhelo de reencuentro, sino algo más previsible, casi mecánico: la solicitud de un nuevo favor. Otro más. Como si la amistad, despojada de su sustancia original, hubiese mutado en una suerte de línea de crédito tácita.
La banca de favores
Como escribió Friedrich Nietzsche, “en nuestro amigo debemos tener nuestro mejor enemigo”. Tal vez no en el sentido de confrontación, sino de verdad
Negarse no es empresa sencilla. La memoria —caprichosa y persistente— rescata gestos pretéritos, lealtades que alguna vez fueron recíprocas. Y sin embargo, una inquietud se instala con obstinación: la relación ha devenido en un flujo unidireccional. No hay llamadas gratuitas ni palabras desinteresadas; sólo demandas que emergen cuando la urgencia apremia. Y aun así, me descubro cediendo. Porque, en algún rincón de la conciencia, sigue siendo mi amigo.
He comenzado a concebir esta dinámica como una suerte de institución invisible: un banco de favores. No uno regido por capitales ni intereses, sino por gestos acumulativos, por concesiones que se sedimentan en una cuenta sin balances explícitos. No llevo registro —no es necesario—, pero el volumen de lo otorgado adquiere una densidad ineludible. No se trata de una expectativa de restitución inmediata, sino de la necesidad de un mínimo equilibrio que impida la disolución del vínculo.
Se impone entonces una interrogante de larga data: ¿deben los favores inscribirse en una lógica de reciprocidad tácita, donde el dar y el recibir configuren un intercambio equitativo? ¿O han de concederse desde una gratuidad absoluta, desprovista de toda expectativa, casi como un acto de abnegación? Como advirtió Aristóteles, “la amistad es una reciprocidad de benevolencia”, una afirmación que, más que definir, exige: no puede sostenerse aquello que no encuentra correspondencia.
Movido por esta disyuntiva, decidí someter la relación a una prueba discreta. No desde la vindicación, sino desde la lucidez. Solicité ayuda. Un favor concreto, incluso moderado: un préstamo que, en circunstancias pretéritas, yo mismo había concedido sin titubeos. La respuesta fue el silencio. Y el silencio, en estos contextos, no es ausencia, sino una forma elocuente de enunciación.
Insistí. Eventualmente, llegó la negativa, revestida de argumentos plausibles, humanos, comprensibles. Porque todos transitamos por estrecheces, es cierto. Pero también lo es que la memoria —cuando no está mediada por la conveniencia— no suele ser selectiva.
Reiteré la prueba con una solicitud menor, casi simbólica. El resultado fue análogo: imposibilidad, evasiva, negación. Así, la cuenta invisible dejó de ser una metáfora para devenir en evidencia.
Quizás el error no esté en dar, sino en insistir en dar donde ya no hay vínculo, sino conveniencia. Porque llega un punto en que el favor deja de ser un gesto noble para convertirse en una forma de servidumbre voluntaria. Y no, no toda ayuda dignifica: hay ayudas que degradan, no al que recibe, sino al que, a sabiendas, sigue entregando sin ser visto.
Tal vez debamos abandonar esa idea romántica de la amistad incondicional cuando esta se convierte en un monólogo disfrazado de relación. Porque quien sólo aparece en la necesidad no es amigo: es usuario. Y quien siempre responde, sin cuestionar, corre el riesgo de convertirse en recurso.
Como escribió Friedrich Nietzsche, “en nuestro amigo debemos tener nuestro mejor enemigo”. Tal vez no en el sentido de confrontación, sino de verdad: alguien capaz de devolvernos, con la misma intensidad con que damos, el peso de la relación. Cuando eso no ocurre, lo que queda no es amistad, sino una ilusión sostenida por la costumbre.
Dar sin medida no siempre es virtud; a veces es una forma elegante de negarse a ver la realidad. Porque la verdadera generosidad no consiste en vaciarse, sino en saber retirarse a tiempo. Y hay deudas que no se cobran con dinero ni con favores, sino con distancia.
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