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OPINIÓN

La 'diplomacia' del béisbol

Practicismo y fundamentos tenaces que sacan a la luz el largo andar de nuestros pueblos

Por ZOÉ VALDÉS

La mal llamada ‘revolución cubana’, en realidad castrista, se instauró con un obeso Fidel Castro jugando al béisbol contra los suyos, por ejemplo, contra “el comandante de mil batallas”, Camilo Cienfuegos, al que años más tarde él y su hermano Raúl asesinaron, tumbándole en medio del mar la avioneta en la que viajaba. La narrativa fantasiosa que se desató a partir de este acontecimiento que provocó un duelo nacional ad aeternum pudiera ser tema para otra ocasión. Ese episodio, envuelto en la bruma de la traición y el misterio, marcó el inicio de una diplomacia peculiar en la isla: la del guante y el bate empuñados como símbolos de poder y desafío. Desde entonces, el béisbol no fue solo un pasatiempo nacional, sino un escenario donde se jugaban otras partidas —las del control, la lealtad forzada y la propaganda.

Mientras los estadios se llenaban de multitudes ávidas por ver a sus ídolos, en los palcos y los vestuarios se cocinaba una política de gestos y silencios, de alineaciones dictadas desde arriba. El béisbol funcionó como un hilo conductor entre la narrativa oficialista y las ansias de libertad de un pueblo, y en cada juego retumbaban los ecos de esa primera traición, ocultos bajo el estrépito de las ovaciones y los jonrones. La ‘diplomacia del béisbol’, entonces, dejó de ser inocente, nunca lo fue, de hecho; se convirtió en un terreno donde cada movimiento tenía consecuencias más allá del medallismo.

En realidad, Fidel Castro nunca jugaba para perder. Cada vez que tomaba el bate o subía al montículo, la coreografía estaba ya pactada: nadie osaba desafiarlo. Los rivales, bajo la mirada severa del poder, sabían que un error de cálculo —un jonrón robado, un strike sonado al comandante— podía costarles el puesto, y en ocasiones, incluso la vida. El juego, entonces, se transformaba en una representación teatral, donde la victoria de Castro era inapelable y necesaria para sostener la ficción de su grandeza. Así, el medallero se convertía en un escenario de obediencia, y el béisbol, lejos de ser un terreno de igualdad y competencia, era la vitrina de un ego que exigía triunfo absoluto, mientras el miedo recorría el campo como una sombra imposible de ignorar.

A lo largo de más de seis décadas, el régimen castrista mantuvo a la población sumida en la distracción —o el espejismo— de la ‘diplomacia’ pelotera. El juego de pelota trascendió la frontera deportiva para convertirse en un ritual de Estado, donde la expectativa era absoluta: cada vez que la selección cubana se enfrentaba a la de los Estados Unidos, en desigualdad de condiciones, una no profesional y la otra sí, no cabía otra opción más que volver con la victoria como heraldo del sistema. Perder no era simplemente una derrota en el marcador, sino una afrenta al relato oficial, una fisura en la fachada de invulnerabilidad que el régimen se empeñaba en preservar.

Las consecuencias para quienes fallaban eran severas y a menudo irreversibles. Los beisbolistas que regresaban sin el trofeo no solo perdían su brillo público; eran señalados, relegados, castigados, borrados de la historia nacional. Bastaba un resultado adverso para que la maquinaria estatal les diera la espalda, rompiendo su existencia como se quiebra un bate contra el suelo: de manera seca, definitiva, sin posibilidad de redención. Así, el deporte fue instrumentalizado como un método de control social y castigo ejemplar, y aquellos que alguna vez fueron héroes, podían convertirse de la noche a la mañana en villanos invisibles, atrapados en historias inventadas, atrapados en la telaraña de una diplomacia donde todo se jugaba a cara o cruz, y la moneda siempre caía del lado del poder.

No es casualidad que, en la constelación de líderes autoritarios latinoamericanos, el béisbol haya sido una pieza recurrente en la escenografía del mando. Sabido es que los dictadores imitan a los tiranos, y el numerito del juego de pelota entre Hugo Chávez y Fidel Castro no se hizo esperar. Chávez, como es sabido, dejó ganar a “su viejito”. Por cierto, el día en que Chávez le llamó “mi viejito” a Fidel Castro, cavó su tumba. También Nicolás Maduro, otro obeso beisbolero, se dedicó a batear en sentido contrario a su triunfo. Así las cosas, de este deporte en la política… Los dictadores, emulando aquel teatro inicial, tejieron sus propias versiones del drama sobre el medallero: todo gesto calculado, cada jugada pactada de antemano. El béisbol, lejos de ser terreno de camaradería, era espejo de lealtades interesadas y traiciones latentes. En esas coreografías políticas, la pelota constituyó menos un símbolo de unidad y más una herramienta de perpetuación, donde la victoria nunca era fortuita, sino previsible como el final de una obra escrita por la mano del tirano, o de su amigo escritor: el Gabo.

Décadas más tarde, la escena se repetiría, pero a escala global: un presidente de Estados Unidos, Barack Obama, cruzó el umbral de la isla bajo la mirada expectante del mundo entero. El acontecimiento, revestido de gestos cuidadosamente medidos, encontró su clímax en el estadio de béisbol, donde Obama, acompañado de Michelle, la primera dama de Estados Unidos, y Raúl Castro, se sentó a presenciar un partido que prometía ser símbolo de apertura, pero terminó sirviendo como espectáculo de distracción. Aquel encuentro no fue un simple juego; se trató de una elaborada coreografía donde el régimen, fiel a su tradición tramposa, manejó los hilos del relato.

Un presidente de Estados Unidos, Barack Obama, cruzó el umbral de la isla bajo la mirada expectante del mundo entero. El acontecimiento, revestido de gestos cuidadosamente medidos, encontró su clímax en el estadio de béisbol, lo que prometía ser símbolo de apertura terminó sirviendo al régimen. Los presos políticos continuaron encarcelados, y se asesinaron a los opositores más relevantes del régimen: Oswaldo Payá, Harold Cepero, del Movimiento Cristiano Liberación, Laura Pollán, líder de las Damas de Blanco, entre otros opositores asesinados.

Ganó el castrismo, perdió la democracia. Lo que debió ser un puente hacia el entendimiento -según los deseos de muchos- se tornó en una brillante fachada para el poder, una escenografía que embelesó a la audiencia internacional mientras la realidad cubana permanecía intacta, casi impermeable al cambio. Las esperadas muestras de buena voluntad y apertura por parte del Estado cubano nunca llegaron; en su lugar, se impuso la frialdad calculada de un régimen experto en simular transformaciones mientras afianza su control. Así, el tan citado "deshielo" quedó congelado en las imágenes del estadio, en los aplausos y los saludos de ocasión, y no en hechos tangibles o concesiones reales. El béisbol, una vez más, se convirtió en el velo perfecto para los viejos trucos del poder.

Hoy, la realidad deportiva cubana dista mucho de aquel esplendor que la propaganda oficial se empeñaba en exhibir. El béisbol, otrora emblema de orgullo nacional y máquina de fabricar héroes, ha caído en una espiral de fracasos que ni el relato más audaz puede maquillar. Cuba, como la extinta Unión Soviética, fue tierra fértil de atletas de élite a golpe de pulsos politiqueros, pero el desgaste del sistema y la fuga de talentos han convertido la isla en sinónimo de derrotas. Ya ni siquiera se trata de perder contra gigantes históricos; ahora los reveses llegan ante equipos que, décadas atrás, habrían sido considerados rivales menores, casi anecdóticos.

El lamento popular se hace eco en cada esquina, “aquí no se gana ni p’al chicle”, y no es sólo una frase: es el retrato de una decadencia que va más allá de lo deportivo. El béisbol, que durante años fue territorio de triunfos calculados y gestas coreografiadas del alto mando, se ha convertido en un espejo de la realidad nacional: talento menguante, recursos escasos y un exilio constante de quienes sueñan con el verdadero juego limpio. Así, las derrotas no sólo duelen en el marcador; hieren el orgullo de un pueblo que alguna vez vivió convencido de la excepcionalidad “a la cubana”.

Frente a esta nueva era de descalabros, la maquinaria oficialista apenas consigue hilvanar explicaciones. El discurso triunfalista se quiebra ante la evidencia: el béisbol cubano ya no intimida, ya no impone ni fascina; simplemente resiste, como lo hace la sociedad, entre la nostalgia y la resignación. Los estadios, antes templos de la euforia y la esperanza, hoy son testigos mudos de un desencanto que ni la diplomacia del bate ha logrado ocultar. En cada derrota, se desvanece otro trozo del mito, y el país, alguna vez potencia indiscutible, se enfrenta a la cruda verdad de que el poder y el deporte, cuando se usan como instrumentos de control, terminan erosionando hasta los cimientos de la excelencia.

Los triunfos, antaño motivo de desfiles y honores, han ido desapareciendo no sólo del medallero, sino del propio imaginario de premios y premiados en la Cuba contemporánea. Hoy, cuando alguna figura escuálida consigue rasguñar una medalla de consolación en el ajedrez internacional del deporte, lo que espera a su regreso es menos gloria que resignación: una botella de aceite malo, una mano de plátanos semipodridos, y quizá el efímero aplauso de quienes aún creen en milagros. No son, sin embargo, simples caprichos de la “diplomacia” pelotera, sino las consecuencias directas del sistema: el comunismo, en su versión insular, ha convertido el mérito en una rareza y el reconocimiento en una parodia.

El béisbol, que alguna vez fue la joya de la corona nacional, ahora sólo sirve como telón de fondo para una trama de carencias y recompensas exiguas. Así, la derrota deportiva se entrelaza con la rutina cotidiana, donde la escasez es el premio más frecuente y la promesa de grandeza se diluye en la espera interminable de lo que nunca llega. Los trofeos, cuando existen, son reliquias de otro tiempo; y los campeones, condenados al anonimato, aprenden que la verdadera victoria consiste en resistir, aunque sea con una mano de plátanos y una botella de aceite como testigos mudos de la ruina colectiva. El comunismo, lejos de distribuir sueños, ha repartido desencanto, y el béisbol, aquel viejo teatro de la esperanza, se ha convertido en el espejo más crudo de la realidad cubana. Tal vez deban volver los taínos, con su juego de batos, y los españoles para reescribir en lo que consistía aquella belleza de esfuerzo.

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