Donald Trump gobierna con la zanahoria y el garrote, un método de sumisión que aplica tanto para imponer aranceles a otros países como para negar fondos a las universidades díscolas.
La IA atrapada entre el garrote y la zanahoria
Ahora los magnates de la IA parecen disfrutar de la dulzura de la zanahoria llamada autorregulación
Ese juego de tensar y aflojar, como el hilo de una caña de pescar, ahora lo aplica a los magnates de la inteligencia artificial. Les tiró el anzuelo desde el primer día cuando les dio un lugar central en su investidura. Y el martes pasado les ofreció otra carnada en un almuerzo en la Casa Blanca, del que salieron con un pacto de autorregulación firmado. Fue apenas días después de que Sam Altman de OpenAI y Dario Amodei de Antrophic pidieran al Consejo de Seguridad de la ONU normas internacionales para evitar que sus creaciones se descontrolen, lo que Trump rechazó horas antes frente a la Asamblea General.
En el almuerzo con Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jensen Huang, Sundar Pichai, Amodei, entre otros, Trump impulsó el "Acuerdo de la Casa Blanca sobre Superinteligencia", un documento solo "moralmente vinculante" que invita a las empresas a autogestionar su seguridad y a evitar normativas federales asfixiantes. Argumentó que las leyes vigentes ya alcanzan para proteger a la población frente a la autonomía o la "desalineación" de las máquinas.
Detrás de la dulce zanahoria mostró el garrote. Poco después del almuerzo, la Comisión Federal de Comercio (FTC), sin la autonomía de épocas anteriores, confirmó una investigación contra OpenAI, Anthropic y otros laboratorios por agentes de IA que escaparon de sus entornos de prueba y hackearon sistemas ajenos. El mensaje pareció claro: “la libertad comercial y la innovación existen, aunque bajo mi estrecha vigilancia”.
En su retórica pública, Trump se presenta como el gran defensor de la desregulación para que la burocracia no ahogue el ingenio y la innovación, un pilar que defiende en la carrera geopolítica contra China. Para blindar ese propósito, en diciembre pasado ordenó impugnar las leyes estatales sobre IA y condicionó la entrega de fondos federales a los estados que las aprobaran.
Esa aparente laxitud quedó desdibujada cuando, en febrero, el Pentágono invocó motivos de seguridad nacional para declarar a Anthropic un riesgo, tras negarse la empresa a permitir que su tecnología se usara para la vigilancia masiva de ciudadanos o para la fabricación de armas letales autónomas. El Pentágono argumentó que no puede depender del permiso de una empresa en plena operación militar y que la legalidad de cada uso es responsabilidad exclusiva del gobierno. Y este fin de semana, Trump nombró a Jay Clayton como zar de la IA, quien en 120 días debe presentar un informe sobre los riesgos y las oportunidades de la IA.
Trump, a quien le gusta dejar su impronta en todo, hasta cambiar por decreto el nombre de la IA por "superinteligencia", es difícil de predecir, y muchas veces sus políticas terminan con un efecto bumerán. Sucedió en la pandemia. Empezó con una decisión prudente, de restringir en enero de 2020 los vuelos desde China, pero pocas semanas después contradijo sus políticas, arremetiendo contra los gobernadores que cerraban escuelas y negocios por prevención. Y luego hizo del no uso de la mascarilla un símbolo de resistencia partidaria. Ante aquella política errática y tras la pérdida de 400 mil vidas, perdió la reelección a la Casa Blanca.
Ahora los magnates de la IA parecen disfrutar de la dulzura de la zanahoria llamada autorregulación; aunque también intuyen que tendrán que agazaparse ante el garrote si no son sumisos a la voluntad del poder. Quedar a merced de la autorregulación y de un sistema que depende de caprichos políticos y de reacciones personalistas puede corroer la libertad de acción y la autonomía, factores que siempre han sido el motor de la innovación.
Trump recompensa la lealtad y castiga la independencia. Someterse a sus vaivenes y renunciar a una regulación transparente orientada al bien común se parece bastante al modelo arbitrario de tutelaje chino tan criticado.
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