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OPINIÓN

La izquierda debe parar de legitimar el brutal régimen de Cuba

La legitimidad es, precisamente, aquello que ansía el régimen cubano. Y la izquierda está más que dispuesta a concedérsela

Por Danielle Alvarez, Asesora Sénior en el Comité Nacional Republicano (RNC)

Seamos honestos sobre lo que es Cuba: un régimen repugnante y represivo que controla la prensa, silencia la disidencia, encarcela a la oposición política y organiza elecciones fraudulentas para aferrarse al poder. Miguel Díaz-Canel no ha sido elegido; fue impuesto. El pueblo cubano no tiene voz ni voto real en su propio futuro.

Cuando los representantes Pramila Jayapal (D., WA) y Jonathan Jackson (D., IL) se reunieron con Miguel Díaz-Canel, no estaban haciendo diplomacia. Le regalaron una victoria propagandística a una dictadura brutal.

Mientras la flotilla de activistas de izquierda disfrutaba de comodidades y suministro eléctrico ininterrumpido, el pueblo cubano padecía apagones generalizados, escasez de alimentos y miedo. Las familias permanecían a oscuras, mientras que a los activistas estadounidenses, que simpatizan con el régimen, se les mostraba una versión de la realidad cuidadosamente escenificada.

¿Y los medios de comunicación? Una vergüenza. Ver a Kristen Welker permitir que Díaz-Canel afirmara ser “elegido”, sin oponer la más mínima objeción, resultó inaceptable. Le brindó al brutal dictador una plataforma para difundir su propaganda, mientras que los verdaderos cubanos, quienes serían encarcelados por hablar libremente, permanecen sin voz.

La legitimidad es, precisamente, aquello que ansía el régimen cubano. Y la izquierda está más que dispuesta a concedérsela.

Cuando Díaz-Canel sostiene que es “elegido”, su afirmación no solo es engañosa: es pura propaganda. El pueblo cubano no elige a sus líderes, lo hace el régimen.

Los cubanos de a pie racionan sus alimentos, soportan la represión y viven bajo una vigilancia constante. Mientras tanto, los visitantes extranjeros son mantenidos al margen de esa realidad y, al regresar a sus hogares, hablan de “acercamiento” y “diálogo”, como si hubieran sido testigos de la verdad.

Ellos no vieron la verdad. Yo sé cómo luce esa verdad, porque mi familia la vivió.

Mi tío estuvo encarcelado durante 17 años por alzar la voz contra el régimen. Diecisiete años robados. Mi tía formó parte de la Operación Pedro Pan; fue enviada sola a los Estados Unidos siendo niña, bajo la falsa promesa de una separación temporal. Tenía 12 años. Dejó a sus padres creyendo que los vería pronto. No fue así. Las cartas eran censuradas y nunca llegaban. La comunicación quedó interrumpida. El reencuentro no se produjo hasta la edad adulta.

Mi madre tenía apenas diez años cuando fue obligada a ingresar en el llamado sistema de “educación” del régimen. Era un sistema que el régimen diseñó no para enseñar, sino para adoctrinar y explotar. A los niños se les empujaba hacia programas de trabajo y campamentos bajo el pretexto de construir un futuro socialista. Las circunstancias generaron una desesperación tan abrumadora que mi madre recuerda a un niño que tomó un ladrillo y se destrozó el propio brazo con la esperanza de que lo enviaran de vuelta a casa.

Millones de cubanos han sufrido. Millones de cubanos han huido. Millones más permanecen atrapados, tan desesperados por la libertad que construyen embarcaciones improvisadas y arriesgan sus vidas cruzando 90 millas de mar abierto.

La tragedia reside en el fracaso del régimen y en la frecuencia con la que este es propiciado. Cuando los demócratas, los grupos activistas y ciertos sectores de los medios de comunicación otorgan a los funcionarios cubanos una plataforma para repetir sus argumentos, sin control ni cuestionamiento alguno, están legitimando la propaganda sin abordar la causa fundamental: un sistema fallido que ha defraudado a su pueblo durante décadas.

Ya sea a través de los medios de comunicación o por parte de miembros del Congreso, aquellos que dan cabida a estas mentiras no solo oscurecen la verdad, sino que también prolongan el sufrimiento de millones de cubanos que viven a diario con sus consecuencias.

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