En junio de 2025, KJ Muldoon volvió a casa después de 307 días en el hospital infantil de Filadelfia. Nació con deficiencia de CPS1, una enfermedad que afecta a uno de cada 1,3 millones de personas: su hígado no eliminaba el amoníaco que deja la digestión de las proteínas, y ese residuo tóxico se acumulaba en la sangre hasta dañarle el cerebro. La mitad de esos niños muere en los primeros meses de vida.
La letra que salvó a un niño
Una letra de su ADN lo estaba matando. Corregirla lo salvó, y anticipa la década en que la medicina tratará enfermedades en su origen, letra por letra. Lo que decidamos ahora determinará a quién alcanza y hasta dónde llega
El cardiólogo Kiran Musunuru y la genetista pediátrica Rebecca Ahrens-Nicklas diseñaron y produjeron en seis meses una terapia exacta para su mutación. El ADN se escribe con cuatro moléculas llamadas bases que funcionan como letras: adenina, timina, citosina y guanina —A, T, C, G—. En el gen CPS1 que KJ heredó de su padre, una C se convirtió en T, y ese cambio basta para colocar una señal de “alto” en medio de la instrucción. Una técnica llamada edición de bases corrigió esa letra sin cortar el ADN. Para llevarla hasta las células usaron nanopartículas lipídicas o pequeñas gotas de grasa similares a las que emplean las vacunas de ARN. Funcionó. KJ crece, tolera más proteínas y necesita menos medicación. “No creo exagerar si digo que este es el futuro de la medicina”, dijo Musunuru.
De leer a escribir
Todo empezó con las leyes del monje Gregor Mendel y siguió con la doble hélice que James Watson y Francis Crick describieron en 1953 gracias, en parte, a las imágenes de rayos X realizadas por Rosalind Franklin. La doble hélice reveló cómo el ADN podía almacenar y transmitir la información genética en dos cadenas complementarias, de modo que cada una sirve de molde para copiar con fidelidad a la otra. Leer el genoma humano completo costó una década y cerca de tres mil millones de dólares. El Proyecto Genoma Humano presentó su primer borrador en 2000. Siglo y medio para aprender a leerlo.
La edición del genoma llegó en 2012. El CRISPR es un mecanismo que las bacterias usan contra los virus: cuando una bacteria sobrevive a un ataque, guarda un fragmento del ADN del invasor en su propio genoma. Si el virus regresa, lo copia en ARN y lo usa como orden de búsqueda: una proteína que actúa como tijera recorre el ADN del virus hasta detectar el fragmento que coincide con el archivo, y lo corta en dos. Es un sistema inmune con memoria escrita. Lo descubrió el microbiólogo español Francisco Mojica, que acuñó el término junto al holandés Ruud Jansen. Sobre esa base, Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna demostraron en 2012 que podía reprogramarse para cortar donde uno quisiera, y les valió el premio Nobel en 2020. Por primera vez podíamos no solo leer el genoma, sino corregirlo.
La carrera hacia la precisión
El CRISPR original es potente, pero impreciso: corta las dos cadenas que forman la doble hélice y deja que la célula las repare. El proceso a veces introduce errores. Pero las técnicas que vinieron después apuntaron mejor.
En 2016, el laboratorio de David Liu en el Instituto Broad de MIT y Harvard creó la edición de bases: corrige una sola letra sin cortar el ADN. Es la que salvó a KJ. En 2019 llegó la edición prime, que reescribe tramos enteros y podría corregir una enorme variedad de mutaciones. Una tercera vía, la edición epigenética, enciende o apaga genes sin alterar la secuencia y de forma reversible.
Cada técnica es más precisa que la anterior y causa menos daño: de cortar el ADN a corregir una letra, luego a reescribir tramos y, por fin, a regular genes sin tocarlos. ¿Y si el editor se equivoca de sitio? Puede ocurrir, y por eso cada terapia se prueba antes en células, ratones y primates. Hasta ahora, ningún efecto adverso grave se atribuyó de forma convincente a la edición genética en sí.
Llegar hasta la célula
Quedaba un desafío: llevar la herramienta hasta la célula correcta. Durante años, la edición genética se hizo fuera del cuerpo. Se extraían las células madre del paciente, se corregían en el laboratorio y se devolvían al organismo. Así funciona Casgevy, la primera terapia basada en CRISPR aprobada en 2023 para tratar la anemia falciforme. Hace algo más astuto de lo que suele contarse: no corrige la errata. La deja donde está y permite que vuelva a activarse el gen de la hemoglobina fetal, que funciona antes del nacimiento y luego se apaga. Esa hemoglobina sustituye en gran parte a la defectuosa. Corregir no es la única manera de reescribir: a veces basta con volver a leer una página anterior. Pero esa estrategia tiene un precio. Para que las células editadas puedan establecerse en la médula ósea, antes hay que acondicionar el organismo con quimioterapia. Ese tratamiento puede comprometer la fertilidad; por eso su preservación suele formar parte de la preparación previa.
Lo difícil era editar dentro del organismo con la herramienta viajando por la sangre hasta el órgano enfermo. En abril de 2026, la biotecnológica estadounidense Intellia anunció el primer éxito en fase 3 de una terapia CRISPR administrada dentro del cuerpo: una sola infusión redujo un 87 % las crisis del angioedema hereditario. Que una única dosis corrija de forma permanente un gen en el hígado de un paciente vivo no tiene precedentes. En 1966, la película “Viaje fantástico” imaginó una nave diminuta viajando por la sangre para curar a un enfermo desde dentro; la nanopartícula es ese vehículo, real y sin tripulación.
El destino de esa nave explica casi todo lo que hoy puede y no puede hacerse. Si tuviera que señalar el dato que más se omite al escribir sobre edición genética, sería este: los principales éxitos conseguidos dentro del cuerpo ocurrieron en el mismo órgano, el hígado. Ahí se corrigió el gen de KJ, actúa la terapia contra el angioedema hereditario y actuarán, como se verá, las del colesterol y la hepatitis B. No es casualidad: las nanopartículas lipídicas van al hígado por su propia naturaleza, como un río al mar. Llegar al cerebro, a los músculos o a los pulmones es otro reto, y el mayor de todos. El obstáculo de este campo no es escribir la corrección, sino entregarla.
Esa puerta empieza a abrirse por otras vías. En el síndrome de Rett, causado por mutaciones en un solo gen, la terapia TSHA-102 no viaja por la sangre: se inyecta en el líquido que rodea la médula espinal. Las doce pacientes del ensayo inicial ganaron o recuperaron al menos un hito del desarrollo durante el primer año —caminar con apoyo, decir palabras, usar las manos— en niñas y mujeres a las que el manual daba por estancadas. No es edición genética, sino terapia génica clásica, y son solo doce personas. Pero el camino existe. La edición genética aún no demuestra resultados comparables en el sistema nervioso central.
Del margen al centro de la medicina
La terapia de KJ se hizo a medida: meses de trabajo y mucho dinero para un solo paciente. Pero casi todo ese costo está en el diseño, no en la edición, y se reutiliza: nanopartículas y herramientas son siempre las mismas; solo cambia la instrucción que llevan dentro. La regulación ya lo entiende: en febrero de 2026, inspirada por el caso de KJ, la FDA —agencia del medicamento de Estados Unidos— propuso aprobar terapias individualizadas por la solidez del mecanismo biológico y lo aprendido con la plataforma, en vez de exigir un ensayo completo para cada una. Cuando la ciencia deja de fabricar tratamientos uno a uno y produce un método que los genera en serie, cambia la escala de lo posible.
El avance ya no se limita a las enfermedades raras, y aquí aparece una paradoja. Los grandes flagelos de la humanidad casi nunca son enfermedades de una sola letra: el infarto, el cáncer y las infecciones crónicas no tienen un error que corregir. La edición llega a ellos por una puerta lateral: en lugar de reparar el gen averiado de un enfermo, apaga un gen de riesgo que todos llevamos, o edita el genoma del patógeno en vez del genoma del paciente.
Las enfermedades cardiovasculares son las que más muertes causan en el mundo. En mayo de 2026, la farmacéutica Eli Lilly publicó los resultados del ensayo Heart-2: una sola infusión de VERVE-102, un editor de bases dirigido al gen PCSK9 del hígado, redujo el colesterol LDL hasta un 62 % y se mantuvo dieciocho meses después. Aquí nadie corrigió una mutación: se apagó un gen sano cuyo silencio protege, copiando lo que hace la naturaleza en quienes nacen con una variante poco activa del gen y rara vez sufren infartos. Es un ensayo de fase 1 y falta demostrar que menos colesterol significa menos muertes. Pero la herramienta que salvó a un niño entre 1,3 millones se prueba ya en el área cardiovascular.
La hepatitis B crónica afecta a entre 250 y 300 millones de personas. Los antivirales someten al virus, no lo eliminan: sobrevive en el núcleo de la célula hepática como un anillo de ADN, un reservorio intocable que obliga a medicarse de por vida. También en mayo de 2026, la biotecnológica Precision BioSciences presentó la primera prueba clínica de que un editor puede destruirlo. El dato es significativo por lo que cambia de sitio: el genoma editado no es el del enfermo. Es el del virus.
El cáncer merece capítulo aparte, porque es donde más se promete y menos se cumple. No es una enfermedad sino más de doscientas, y cada tumor acumula mutaciones propias mientras crece. Corregirlo letra por letra sería como enmendar un libro al que alguien añade errores nuevos cada día, en ejemplares que ya no son idénticos entre sí. Por eso la edición no se enfoca en el tumor, sino en el sistema inmune.
En mayo de 2022, en el hospital infantil Great Ormond Street de Londres, Alyssa Tapley, de trece años, recibió el primer tratamiento del mundo hecho con edición de bases. Su leucemia linfoblástica T no respondía a nada, ni siquiera a un trasplante. El equipo de Waseem Qasim no editó su cáncer, sino linfocitos de un donante sano, apagando letra a letra los genes que podrían volverse contra ella, y los convirtió en células que reconocen solo la leucemia. El ensayo completo, publicado en diciembre de 2025, dio esto: de once pacientes, nueve alcanzaron una remisión lo bastante profunda para recibir el trasplante que podía salvarlos, y siete siguen libres de enfermedad. La edición no curó la leucemia, sino que la puso al alcance del trasplante, que es lo que cura. Es la misma técnica que salvó a KJ, aplicada al cáncer. Alyssa lleva tres años sin rastro. Tiene dieciséis y quiere ser científica.
Y hay algo que ninguna de las dos historias termina de contar. Corregir un gen no devuelve una vida: la hace posible. KJ salió del hospital con el ciclo de la urea reparado y todo el desarrollo por delante —hablar, comer, moverse, recuperar los trescientos siete días que pasó dentro—. Alyssa volvió a un aula. Lo que ocurre después de la corrección no lo escribe ningún editor de bases: lo escriben la crianza, la escuela, el entorno y el tiempo. Trabajo desde hace años en ese terreno, el de la conducta y el aprendizaje, y por eso me interesa esta tecnología: no porque sustituya lo que hacemos con los niños después, sino porque decide con qué material empezamos.
Lo que no va a desaparecer
Conviene decir qué no va a desaparecer por esta vía. La próxima década traerá, casi con seguridad, más enfermedades de una sola letra corregidas de una sola vez y en una dosis. No traerá el final del Alzheimer, ni el de la mayoría de los cánceres o de la diabetes: no son enfermedades de una letra, sino el resultado de cientos de variantes pequeñas combinadas con décadas de ambiente. Ahí no puede corregirse una errata, y quien prometa borrarla ofrece una solución de una letra a un problema que no la tiene.
Los reguladores, además, frenan cuando corresponde. En septiembre de 2025, la biotecnológica holandesa uniQure anunció que su terapia génica para la enfermedad de Huntington ralentizó un 75 % el avance de la enfermedad, medido por el criterio principal del estudio. La FDA consideró que la evidencia aún no bastaba y exigió confirmar la eficacia en un ensayo con un grupo de control antes de autorizar el tratamiento. Pero los límites no son solo regulatorios. Retirar un cromosoma entero de más —las tres copias del 21 que causan el síndrome de Down— solo se consiguió en células cultivadas, nunca en una persona ni en un embrión.
La única línea que importa
“Gattaca” (1997) llevó al cine una sociedad que no curaba con el genoma, sino que clasificaba a las personas por él. Esa es la sombra de esta tecnología, y tiene un nombre preciso: el riesgo no está en la técnica, sino en la decisión de a quién se aplica cuando el afectado no puede consentir.
En 2018, He Jiankui modificó el gen CCR5 de dos gemelas —Lulu y Nana, seguidas por una tercera niña— con el propósito de hacerlas resistentes al VIH. Un tribunal chino lo condenó a tres años de prisión. Quedó en libertad en 2022 y regresó al laboratorio. En enero de 2026 propuso editar embriones para reducir el riesgo de Alzheimer, un riesgo que no depende de una única letra del ADN. El principal problema de He no es la edición genética, sino que decidió modificar una herencia que no le pertenecía. Actuó sobre personas que aún no existían, sin que pudieran aceptar ni rechazar esa intervención. La diferencia con un ensayo clínico autorizado no es el tiempo ni la audacia científica. Es que alguien responde ante un paciente que dio su consentimiento o, cuando no puede hacerlo, ante quien tiene el deber de proteger sus intereses.
Existe otra frontera, menos citada, que tampoco debe ignorarse: el acceso. Hoy hay una terapia de unos 2,2 millones de dólares para una enfermedad que afecta sobre todo a África. Cada año nacen más de trescientos mil niños con anemia falciforme y la mayoría lo hace justo donde ese precio no abre un debate: lo cierra. Es una desigualdad injusta y urgente. Pero también puede corregirse. Los precios bajan, las patentes caducan y las nuevas plataformas abaratan tratamientos que antes parecían inalcanzables. Una modificación introducida en la línea germinal, en cambio, puede transmitirse a las generaciones futuras.
Al final, todo conduce a la misma frontera. La que separa lo reversible de lo irreversible, el tratamiento del propio cuerpo de las modificaciones heredables, el consentimiento de quien puede decidir por sí mismo de la imposición sobre quien nunca tendrá esa oportunidad. Tratar una enfermedad en un paciente que acepta el riesgo es una cosa; modificar el genoma de un embrión para que ese cambio pase a sus descendientes es otra. De los dos errores posibles —tratar de más a un paciente o alterar de forma permanente la herencia genética— solo el primero puede corregirse después.
La edición del genoma es, probablemente, el avance médico decisivo de nuestro tiempo. En apenas quince años pasó de una idea a corregir la única letra que necesitaba un niño para volver a casa. Cuidar esa frontera no es desconfiar del logro: es la única manera de estar a su altura.
Eduardo Mora Basart es ingeniero y analista de conducta certificado (BCBA), con un máster en Prevención e Intervención Psicológica en Problemas de Conducta por la Universidad Internacional de Valencia. Ha enseñado matemáticas en Miami Dade College y Tamiami School Center. Escribe sobre conducta, neurociencia y educación, y aborda los dilemas humanos de la medicina contemporánea.
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