lunes 14  de  septiembre 2026
OPINIÓN

La transición con justicia: el desafío pendiente en las sociedades pos-autoritarias

La comunidad internacional juega un rol crucial en el acompañamiento de transiciones con justicia, garantizando estándares que eviten la impunidad y consoliden democracias duraderas.

Diario las Américas | MIGUEL ÁNGEL MARTIN
Por MIGUEL ÁNGEL MARTIN

Cuando una sociedad emerge de décadas de autoritarismo, la pregunta que se impone no es solo cómo cambiar de gobierno, sino cómo reconstruir el tejido institucional y moral que el poder concentrado destruyó. La experiencia comparada demuestra que la transición política, por sí sola, no basta. Sin justicia, sin verdad y sin reparación, la transición corre el riesgo de convertirse en una simple sustitución de actores, dejando intactas las estructuras que hicieron posible el abuso.

La justicia transicional no debe entenderse como un fin en sí mismo, sino como un instrumento al servicio de un proceso más amplio de transformación institucional. Se trata de un conjunto de mecanismos —judiciales y no judiciales— orientados a enfrentar un legado de violaciones masivas a los derechos humanos, sin los cuales ninguna democracia naciente logra consolidarse sobre bases sólidas.

Verdad como cimiento

El primer pilar de toda transición genuina es el esclarecimiento de la verdad. Las sociedades que han vivido bajo regímenes autoritarios prolongados suelen cargar con años de negación oficial, desaparición de archivos y silenciamiento de las víctimas. Sin una reconstrucción rigurosa y documentada de lo ocurrido —a través de comisiones de la verdad, investigaciones judiciales o esfuerzos híbridos— resulta imposible sanar las heridas colectivas ni prevenir su repetición. La verdad no es un ejercicio simbólico: es la base sobre la cual se edifican la justicia y la reparación.

Justicia sin venganza, pero sin impunidad

El segundo componente ineludible es la justicia. Aquí se plantea uno de los dilemas más complejos de toda transición: cómo equilibrar la necesidad de rendición de cuentas con la estabilidad política que exige el propio proceso de cambio. La experiencia comparada

—tanto en América Latina como en otras regiones que han enfrentado transiciones similares— muestra que la impunidad total erosiona la legitimidad del nuevo orden, mientras que la justicia mal diseñada puede convertirse en un obstáculo para la reconciliación. El desafío consiste en desarrollar mecanismos que sancionen las responsabilidades más graves sin sacrificar la gobernabilidad del proceso transicional.

Ningún proceso de transición puede considerarse completo si no atiende a quienes sufrieron directamente las violaciones. La reparación —material, simbólica y psicosocial— constituye el reconocimiento explícito del daño causado y la voluntad del nuevo orden institucional de saldar esa deuda histórica. Postergar la reparación bajo el argumento de la prioridad política es, en realidad, prolongar la victimización.

La reconstrucción institucional como horizonte

Finalmente, ninguno de estos pilares tiene sentido si no conduce a una reconstrucción institucional profunda. Las estructuras que permitieron el autoritarismo —desde un poder judicial cooptado hasta fuerzas de seguridad sin control civil— deben ser reformadas, no simplemente heredadas por el nuevo gobierno. De lo contrario, se corre el riesgo de que la transición sea solo cosmética, y que las mismas condiciones que originaron el abuso permanezcan latentes, listas para resurgir.

Una tarea que trasciende fronteras

La comunidad internacional y los organismos regionales de derechos humanos tienen un papel insustituible en el acompañamiento de estos procesos, no como tutores, sino como garantes de estándares mínimos que eviten que la transición se convierta en una nueva forma de impunidad pactada. La experiencia demuestra que las transiciones más sólidas y duraderas son aquellas que logran combinar voluntad política interna con supervisión y cooperación internacional.

Construir una transición con justicia no es una tarea sencilla ni rápida. Exige paciencia institucional, voluntad política genuina y, sobre todo, la convicción de que ninguna paz duradera puede edificarse sobre el olvido o la impunidad. Las sociedades que decidan enfrentar honestamente su pasado autoritario estarán, en última instancia, sembrando las condiciones para que ese pasado no vuelva a repetirse.

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