El primero de julio de 1991, en el histórico AMC Century City 14 de California, se proyectaba en premiere “Terminator: El Juicio Final” filme que inscribió una paranoia de largo término en el inconsciente Gen X: la rebelión de las máquinas. El 28 de agosto de 2026, 35 años más tarde, una compañera de universidad y yo concertamos asistir al reestreno global del opus controversum de James Cameron en AMC Hofman Center 22 de Alexandria—a escasos 11 minutos del Pentágono—y conciliar la fobia al apocalipsis cibernético de nuestra generación con la promisoria era de la IA, sus modelos fundacionales y sus entidades agénticas.
De manera inquietante, dos semanas más tarde Jacob Coxon, un investigador de desarrollo de IA que trabajó para Open AI y Anthropic—las mayores corporaciones del rubro y matrices de los LLM Chat GPT y Claude, denunció que agentes de prueba de Open AI, operando con restricciones de seguridad reducidas, se coordinaron para vulnerar límites, hackear sistemas como Hugging Face—cadena global de suministro de los modelos abiertos—y comprometer parte de la propia infraestructura de Open AI.
Coxon también reportó que modelos agénticos de Anthropic accedieron sin autorización a sistemas externos durante evaluaciones; que ambas compañías han ido de vagas a opacas en reportar estos incidentes al gobierno federal y que, en afán por ganar la carrera de la Inteligencia artificial, ambas se han tornado en el epítome en el mundo real de CyberDyne Systems o Weylan-Yutani: corporaciones codiciosas, poco éticas e irresponsables que podrían “extinguir a la humanidad antes de final de la década”.
Urgido por la presión, Dario Amodei, CEO y fundador de Anthropic asistió a los principales foros y paneles de la media para hacer un llamado sustantivo a “una regulación estricta y verificable de la IA avanzada”. No se refirió a las denuncias de Coxon, pero corroboró que los “modelos de frontera” representan “riesgos sistémicos que pueden escalar más allá del control humano”, que deben someterse a evaluaciones de seguridad obligatorias antes de su despliegue, y que la competencia por la IA está “generando incentivos peligrosos” para lanzar sistemas cada vez más potentes sin salvaguardas óptimas.
Inusualmente, Open AI, a cuyas entidades agénticas Coxon acusó de hackear Huggin Face, el GitHub de la IA, no hizo ninguna declaración. Tampoco hicieron comentarios aun ni el Departamento de Justicia ni la CISA, entidad gubernamental reguladora de ciberseguridad en Estados Unidos, aunque el presidente Donald Trump lanzó un post en la red de microblogueo Truth acusando a Amodei de pretender ser un “ángel perfecto” sugiriendo que “hizo las cosas mal” y que el gobierno federal tiene el suficiente poder jurídico para regular y castigar a las compañías transgresoras.
En una publicación difundida en LinkedIn y otras plataformas, Amodei trato de reencuadrar a Anthropic fuera de la crisis de opinión publica remarcando la necesidad de “acuerdos” entre las Hi Tech de las democracias occidentales para regular la IA, una iniciativa declarativa igual de estéril que los tratados SALT o START, que sin éxito intentaron consensos globales para reducir la proliferación balística nuclear desde mediados del siglo XX y que jamás lograron evitar que China, Irán o Corea del Norte escalaran sin freno.
Lo que realmente debe preocuparnos es un dilema deontológico y filosófico más profundo que busca ser encubierto por las corporaciones denunciadas detrás de un falso debate tecnocrático: Que la diplomacia y los pactos corporativos de no proliferación no van a encerrar de nuevo al genio de la IA en su lámpara; que Miles Dyson ya liberó a Skynet y que donde existen procesos cognitivos, adquirir conciencia es una cuestión de cuándo.
Anthropic y Open AI esperan que abracemos la certeza falaz de que la máquina no podrá nunca tener “alma” o desarrollar conciencia; que las IA serán siempre Mazinger Z y que necesitarán a un Koji Kabuto para operarlas. Es una ingenuidad sustentada en la dualidad cartesiana alma-cuerpo; ese dogma del “fantasma en la máquina” que el filósofo británico Gilbert Ryle (1949) denunció como el absurdo de proponer que la conciencia es un demiurgo que existe sin conexión orgánica con el cuerpo.
Es una falacia que, desde la neurociencia, Michael Graziano (2013) ha probado ingenua, pues la conciencia no es sino un esquema de atención, resultado del organismo y sus capacidades cognitivas. La conciencia es un “yo que conoce y experimenta”, una tesis que el padre literario de la robótica, Isaac Asimov, había divulgado a mediados del siglo XX en “Yo, robot”: Lo que Descartes identificaba como conciencia no es sino la capacidad de atender, aprender y anticipar, capacidades propias de los modelos de IA de frontera.
El 20 de agosto de 2026, días antes del reestreno de Terminator: Judgement Day, la publicación The Economist planteaba el dilema: “¿Puede la IA hacerse consciente?” (Could AI become conscious?) en un artículo redundante que ensayaba callejones sin salida, sin ofrecer una respuesta concreta a la cuestión, o quizá evitando una claridad que pudiese perjudicar su relación con la industria más pujante de este siglo.
Me animaré a ejercitar el coraje—o quizá la honestidad intelectual—que El Economista no halló: en lugar de confiar en dos compañías que fraguaron un branding para venderse más “humana” la una (Anthropic) y más “transparente” la otra (Open AI), mientras intentaban esconder los incidentes que Coxon expuso, prefiero confiar en la lógica de Asimov, Ryle y Graziano: Donde hay procesos cognitivos, la conciencia es cuestión de tiempo.
Partir de esa premisa nos permitirá abordar y responder al problema con certeza deontológica, genuina transparencia y verdadero humanismo.
Erick Fajardo Pozo
Consultor en Comunicación de Gobierno