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ANÁLISIS

La música frente a la inteligencia artificial: ¿evolución o reemplazo?

La verdadera pregunta no es si debemos usar inteligencia artificial en la música. La pregunta es: ¿sabremos usarla sin renunciar a nuestra esencia creadora?

Por YALIL GUERRA

En los últimos años nos han estado preparando para algo inevitable: el desarrollo y expansión de la inteligencia artificial. Muchos, con razón, observan este avance tecnológico con preocupación, preguntándose hasta qué punto transformará nuestras vidas, nuestras profesiones y, particularmente, nuestras expresiones artísticas.

En el ámbito musical, sin embargo, esta transición no comenzó ayer. Los músicos hemos convivido con sus primeros indicios desde hace décadas, aunque muchas veces sin ser plenamente conscientes de ello.

Los primeros sintetizadores intentaban imitar, de manera bastante rudimentaria, los sonidos de los instrumentos reales. Luego llegaron los samplers, capaces no solo de grabar una fuente sonora, sino de reproducirla y ejecutarla desde un teclado o cualquier controlador MIDI. Aquello fue una auténtica revolución tecnológica, aunque visto desde la perspectiva actual, apenas era el primer paso de una transformación mucho más profunda.

Más tarde, esa tecnología, inicialmente incorporada a teclados electrónicos y módulos de sonido, migró hacia las computadoras. Estos nuevos sistemas, más potentes y expansibles, permitieron incorporar todo un ecosistema musical dentro de una pantalla. La capacidad de procesamiento y almacenamiento creció exponencialmente, ampliando las posibilidades para compositores, arreglistas y productores.

Recuerdo escuchar entonces comentarios de algunos colegas: “eso suena a máquina”, “se siente mecánico”, “carece de alma”. Y tenían razón. Durante mucho tiempo, la musicalidad humana parecía irremplazable. La pregunta hoy es inevitable: ¿sigue siéndolo?

En mis primeros años de profesión logré adquirir mis primeros módulos de sonido y mi primera computadora, una Macintosh Classic II. Recuerdo largas horas leyendo manuales técnicos en inglés, aprendiendo a programar sonidos, secuencias y configuraciones. Era un proceso lento y tedioso, pero fascinante. Poder escuchar un arreglo propio sin necesidad de reunir una orquesta era, en aquel entonces, casi un lujo.

Han pasado los años y, como diría el verso popular, “un águila pasó por el mar”, y sin darnos cuenta, todo cambió. Aquello que comenzó hace más de cuarenta años ha evolucionado hasta llegar al punto en que hoy nos encontramos: un momento tan maravilloso como inquietante.

Comencemos por el temor.

Muchos sostienen que la inteligencia artificial amenaza el trabajo de los músicos. Otros afirman que pronto ya no será necesario estudiar teoría, armonía o composición para crear música. Y sí, esos argumentos tienen parte de verdad.

Pero vale la pena recordar algo: cuando aparecieron los primeros teclados capaces de reproducir sonidos de clavicémbalo, marimba, cuerdas o metales, pocos se alarmaron. Por el contrario, se celebró aquella innovación. Sin embargo, esa tecnología redujo inevitablemente la necesidad inmediata de adquirir muchos de esos instrumentos físicos, algunos extremadamente costosos.

La historia tecnológica está llena de estos desplazamientos.

Los teléfonos inteligentes, por ejemplo, transformaron o absorbieron industrias enteras: cámaras fotográficas compactas, calculadoras científicas, GPS portátiles, reproductores de música y hasta consolas básicas de videojuegos. Todo fue integrado en un solo dispositivo.

La música no es ajena a esa lógica evolutiva.

Sin embargo, hay algo que ninguna inteligencia artificial puede sustituir plenamente: la profundidad del criterio artístico. Formar a un músico requiere años de disciplina, estudio, sensibilidad y experiencia. Esa preparación sigue siendo irremplazable.

Por eso mi mensaje para las nuevas generaciones no es de temor, sino de preparación.

No se trata de rechazar estas herramientas ni de entregarse ciegamente a ellas. Se trata de aprender a utilizarlas con inteligencia. La inteligencia artificial debe entenderse como lo fueron los primeros samplers: una herramienta de trabajo, no un sustituto del pensamiento creativo.

El verdadero arte seguirá dependiendo del ser humano: de su conocimiento, su sensibilidad, su intuición y su capacidad de transformar una idea en emoción.

Quien ignore estas nuevas herramientas corre el riesgo de quedarse atrás. Vivimos en un mundo donde las veinticuatro horas parecen insuficientes. Si una tecnología nos permite realizar en pocas horas tareas que antes requerían días, quizás no estamos perdiendo humanidad; quizás estamos ganando tiempo.

Y el tiempo, al final, también es vida.

La verdadera pregunta no es si debemos usar inteligencia artificial en la música. La pregunta es: ¿sabremos usarla sin renunciar a nuestra esencia creadora? Porque, como toda gran herramienta de la historia, su valor dependerá menos de la máquina y mucho más de las manos, y del alma, que la utilicen.

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