El mundo entero ha celebrado la tregua de dos semanas entre Irán y los Estados Unidos, todos los países aplauden, todos excepto Cuba: para el régimen de La Habana esto es como subirle la candela a la olla de presión.
La última colada
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
“Ellos ya lo veían venir” me comenta José Daniel Ferrer, él conversa con muchos militares en la isla y sus jefes llevan días diciéndoles que la paz en Irán era cosa cantada y que el ataque a Cuba es cuestión de días, que deben estar preparados.
El opositor cubano me muestra los mensajes en su teléfono celular, protegiendo con el pulgar de su mano izquierda el nombre de los remitentes, mientras con el índice de la mano derecha recorre, una y otra vez , de arriba hacia abajo, la lista de los mensajes que le entran desde Cuba, una maniobra elemental que aun así me permite ver que muchos de los militares comentan como no los dejan pedir la baja, el régimen los obliga a permanecer en filas a pesar de que ya consumieron el tiempo por el que habían jurado.
“Que si los dejan irse se quedan sin fuerzas armadas” me aclara José Daniel, “se repite el mismo sentimiento, tanto entre los soldados como entre los oficiales que me escriben”.
Le alerto que algunos pueden ser ciberclarias y que pudieran estarlo manipulando desde la inteligencia cubana, “de eso siempre hay, pero son fáciles de detectar, llegan con noticias viejas, juegan a que lo que informa es extraordinario y siempre son los más agresivos a la hora de pedir dinero o prebendas”.
En el caso de Miguel Diaz Canel, el dictador de turno, como que siente que la cosa se complica, se nota en el cambio de sus discursos, ahora, aunque insiste en la negociación habla de batalla violenta, de alzamiento de guerrillas y de la guerra de todo el pueblo, al mejor estilo de los años 90.
Desde Cuba una amiga es tajante: “que le toquen la puerta a mi vecina, la madre de los jimaguas, para decirle que coja un fusil y se vaya a la Sierra Maestra a pelear por Diaz Canel… ¡los manda a cagar!, oye que como decía el difunto Pánfilo, aquí lo que hace falta es jamaaa, no fusiles, que las balas no se ablandan en el caldero”.
Desde la cancillería cubana Josefina Vidal comenta con asombro que las conversaciones con el enemigo histórico de la revolución no han llegado a ningún lado, que nunca pasaron de la fase preliminar.
Ellos, que se habían frotado las manos engrasando su maquinaria de dilatar negociaciones, deben haberse quedado boquiabiertos al escuchar la respuesta del secretario de estado Marco Rubio cuando le comentaron sobre el plan de guerrillas de Diaz Canel, “no pienso mucho en lo que tiene que decir” contestó mientras lanzaba un manotazo al aire, como quien espanta una mosca.
A mi amiga de la isla le encanta que los traten así, pero dice que al final ella también termina con ansiedad, “es el no saber lo que te mata, ¿van a venir o no?, compadre que los yumas son la última esperanza que nos queda”.
En su afán por aparentar un regreso a la normalidad la prensa oficial cubana se desvive por mostrar el regreso de dos patanas turcas, como si con ello se acabaran los apagones, a nuestra amiga no le convencen: “la poca energía que aporten los dos barcuchos esos será distribuida por la misma red eléctrica destruida y colapsada que sufrimos cada día”, ella va perdiendo los estribos y subiendo el metal de voz por el teléfono, “son tan descarados que ahora presentan en el noticiero a ladrones de cables para acusarlos de los apagones, como si doscientos metros de línea eléctrica pudieran apagar todo un país, eso ya se jodió, créeme que no hay petróleo ruso o patana turca que lo arregle”.
Le dio que se cuide, que no grite, que la pueden oír, “mijo gritar contra el gobierno ya es el deporte nacional”, ahora ríe, “si por gritar se fueran a llevar preso a alguien yo sería la última de la lista, tienes que escuchar a mi vecina, la madre de los jimaguas, cuando le quitan la luz con la comida a medio hacer, por media hora se caga en la madre de cada uno, ni Carlos Manuel de Cespedes se escapa de su lengua”.
Eso era impensable cuando yo vivía en Cuba, estaban los CDR, los chivatos y los policías de verdad, todos atentos al menor comentario.
Pero si bien es un cambio importante, no es suficiente, no basta con gritar para acabar de sacar de juego a esos sátrapas del poder, “estamos madurando”, me dice medio en broma, “no tengo la suficiente progesterona para salir a fajarme con la policía, pero si los yumas vienen de seguro que les cuelo café”.
Le cuestiono que siempre queremos que otro resuelva nuestros problemas, que estamos como los pichones que escandalizan en el nido, esperando a que la madre pase trabajo y les deje caer la comida en sus picos abiertos.
“Compadre si no tenemos ni energía para levantarnos en las mañanas, mucho menos para pararnos frente a los tanques, en mi caso lo que me quedan son dos coladas de café, que vengan los yumas que con gusto se las doy”.
Entones me recuerdo de José Daniel Ferrer y de la agilidad con que deslizaba su índice por la pantalla para mostrarme diez, veinte y hasta treinta mensajes de militares cubanos. Y sueño con la idea de que terminen por amotinarse, por acelerar la caída de un régimen que sin remedio cae por el abismo, pero en cámara lenta, arrastrando consigo a todos los infelices que se encuentra por medio, incluso aquellos que reservan sus últimas coladas de café para festejar con los americanos.
“¡Soñemos todos!, que es lo que nos queda y no cuesta nada”, me vuelve a gritar mi amiga desde La Habana, “total, que a lo mejor un día de estos nos sacan del sueño con la sorpresa de que se dio, con yumas o sin ellos, pero que se dio”
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