ver más
OPINIÓN

La verdadera pregunta sobre Irán es cómo romperá el acuerdo

Lo que todavía falta no es tiempo de enriquecimiento sino una decisión política y un último tramo de ingeniería

Por Mookie Tenembaum

En junio de 2026 Estados Unidos e Irán firmaron un acuerdo, cuyo nombre oficial es alto el fuego. El texto promete la reapertura del estrecho de Ormuz, frenar la guerra y abrir 60 días de conversaciones sobre el programa nuclear iraní. El nombre verdadero debería ser apenas un número escrito en rojo, con 60 días sin nadie que controle de verdad. Conviene entender por qué ese número importa tanto.

Todo gira alrededor del uranio enriquecido iraní. Este elemento es un metal que existe en la naturaleza, pero en su estado natural casi no sirve para una bomba, dadas las impurezas que lleva. Para convertirlo en combustible o en arma hay que refinarlo, y a ese proceso se lo llama enriquecimiento. Imagine usted que tiene agua de mar y quiere obtener sal pura, necesita evaporar agua para quedarse con un poco de sal. Enriquecer uranio se parece a eso, puesto que se necesitan máquinas que giran a velocidad altísima, las centrifugadoras, y separan lo útil del residuo.

El uranio de una central eléctrica se enriquece poco, alrededor del 5%. El uranio de una bomba necesita llegar al 90%. Irán acumula una cantidad de material al 60%. A primera vista, parece que todavía le falta un tercio del camino, sin embargo, es un engaño de la aritmética. La parte lenta y difícil consiste en subir desde el estado natural hasta el 60%. El recorrido del 60 al 90% resulta rápido. Piense usted en un corredor de maratón. La carrera entera mide 42 kilómetros. Llegar al kilómetro 40 cuesta varias horas de esfuerzo y los dos últimos kilómetros se corren en pocos minutos. Irán ya está parado en el kilómetro 40. Por eso conviene desconfiar de quien lo describe lejos de la bomba. El material que guarda equivale a un arma cargada apoyada sobre la mesa. Lo que todavía falta no es tiempo de enriquecimiento sino una decisión política y un último tramo de ingeniería.

El carácter del régimen

Acá entra la conducta del régimen iraní. Conviene formularla con precisión, porque la versión fácil se rebate fácil. Irán no incumple todo lo que firma, sino aquello que alguien puede verificar de inmediato. Miente en todo lo demás, donde la mentira no se nota a tiempo. Esta es la conducta del comerciante que entrega el comprobante correcto mientras el inspector lo observa y esconde la mitad de la caja apenas el inspector se marcha. Durante años Irán mostró sus instalaciones secretas siempre tarde. Es decir, reveló la planta de Natanz en 2002 y la de Fordow en 2009, cuando otros gobiernos ya las descubrían por su cuenta. En febrero de 2021 expulsó de hecho a buena parte de la vigilancia internacional. El patrón se repite con la regularidad de las estaciones del año. Por eso la pregunta más útil no es si Irán cumplirá este acuerdo al pie de la letra, ya que con este historial se remota esa posibilidad. La incógnita verdadera es de qué manera elegirá apartarse de él.

Las formas de incumplir

Existen varias maneras y conviene conocerlas todas. La primera es la carrera abierta hacia el arma. Esta consiste en tomar el material que ya posee y llevarlo en secreto hasta el grado apto para un arma, dentro de una instalación pequeña y escondida. Conviene aclarar acá algo que muchos confunden, ya que producir ese material es cosa de pocas semanas. Convertirlo después en una bomba que de verdad funcione exige todavía otros pasos largos, la transformación del gas en metal, el diseño del artefacto y su montaje final. Por eso esta vía es la más grave de todas. También resulta la menos probable, porque es la más fácil de descubrir y la que garantiza una respuesta militar inmediata. Un ladrón experto rara vez entra por la puerta principal a plena luz del día.

La segunda es la salida por la puerta legal. Irán firmó hace décadas un tratado internacional donde promete no fabricar armas nucleares. Podría anunciar que abandona ese tratado, alegar su derecho a defenderse después de los bombardeos sufridos y enriquecer entonces a la vista de todos. Es lo que hizo Corea del Norte en su momento, entre tanto, los 60 días le regalan el tiempo para preparar el discurso.

La tercera es la más astuta y por eso la más probable. Esta vía no corre hacia la bomba. Prefiere reconstruir con paciencia lo que las bombas dañaron. Usa la tregua para rehacer máquinas, mudar el material a lugares nuevos, enterrarlo más hondo y reparar sus defensas. Sale de los 60 días mucho más fuerte de lo que entró sin buscar el arma esta semana. Así, construye la fábrica que volverá inevitable el arma de mañana.

La cuarta es el desgaste lento del control. Consiste en aceptar inspecciones de palabra y estorbarlas en los hechos. Dirán que este sitio quedó dañado por las bombas o que aquel necesita un permiso nuevo; asimismo, se excusarán con que otro lugar toca la soberanía nacional. Cada pretexto suena razonable por separado, pero sumadas levantan un muro infranqueable. Es la técnica del deudor que promete pagar y siempre encuentra un motivo para postergar la cuota.

Un reloj que corre a dos velocidades

De ahí la importancia exacta del número, porque 60 días forman un reloj que avanza a dos velocidades distintas. Es mucho tiempo para esconder algo pequeño, y alcanza de sobra para enriquecer el material de una primera bomba, cosa de pocas semanas. También es suficiente para mover y enterrar lo que ya se tiene guardado. Sin embargo, es poco tiempo para fabricar algo grande. Un arma confiable, probada y montada sobre un misil exige meses de trabajo paciente. Por eso el peligro no consiste en que Irán muestre una bomba terminada en agosto, sino que está en el cruce, en silencio, de una línea irreversible. Pasado ese punto el resto del planeta ya no puede impedir nada, y solo puede acostumbrarse a convivir con el hecho consumado.

¿Dónde conviene mirar entonces durante esos dos meses? La respuesta es simple y la repiten todos los que entienden del tema. El orden de prioridades empieza por el material. La única prueba que de verdad importa consiste en sacar de Irán el uranio entre el 60 y al 20%, o diluirlo bajo vigilancia total e inmediata, todo lo demás es pura decoración. Mientras el material siga dentro del país y bajo control iraní, ninguna promesa escrita tiene valor real. Existe además un punto ciego heredado de años atrás, porque desde febrero de 2021 nadie vigila de manera continua la fábrica donde se producen las centrifugadoras. Es como tener cámaras dentro de la bóveda del banco y ninguna cámara en el taller donde se fabrican las llaves de esa bóveda. Sin esa vigilancia nadie puede asegurar cuántas máquinas nuevas existen ni en qué rincón del país las esconden.

El papel de la inteligencia artificial

Acá aparece la inteligencia artificial y conviene explicarla sin misterio. Irán es un territorio enorme con montañas, desiertos y miles de túneles excavados durante décadas. Ningún grupo de personas puede vigilar semejante extensión con sus propios ojos. La IA cambia por completo la escala del trabajo. Sistemas de análisis automático comparan miles de fotografías de satélite y marcan las diferencias que un ojo humano tardaría semanas en advertir, una excavación recién abierta, un calor anómalo que sugiere una máquina en marcha, un camión que circula donde antes no pasaba ninguno. Esos mismos sistemas cruzan datos de compras y de barcos y de viajes para señalar a quien consigue piezas sospechosas. El organismo internacional que vigila lo nuclear ya emplea estas herramientas para leer fotografías y publicaciones científicas y detectar aquello que un Estado prefiere callar.

Pero la misma herramienta esconde una trampa peligrosa. La inteligencia artificial no ve debajo de la tierra. Una sala pequeña excavada en la roca no emite señales que un satélite pueda leer desde el cielo. Los datos además se pueden falsear con cuidado porque Irán también dispone de inteligencia artificial y puede usarla para esconder. El peligro mayor es de otra naturaleza y conviene llamarlo la trampa de la confianza. Durante años el consuelo cabía en una sola frase, si vuelven a empezar nosotros lo sabremos. La versión moderna confía en otra frase parecida, el programa lo detectará por nosotros. Es la misma fe de siempre con ropa nueva, cuando un sistema no marca una alarma, la gente interpreta que no nada ocurre. El silencio se confunde entonces con la paz, y un Estado que conoce bien la máquina aprende a moverse justo donde esta no mira.

Cómo sería un acuerdo serio

Un acuerdo serio empezaría por el final. Primero, el material fuera del país o diluido, con verificación inmediata y completa. Después las máquinas, con vigilancia continua sobre el lugar donde se fabrican. Recién entonces el alivio de las sanciones, atado paso a paso a cada hecho comprobado y nunca a cada promesa verbal. Y la inteligencia artificial siempre como ayuda del inspector humano, jamás como reemplazo. Un satélite no sustituye a una persona parada dentro de la instalación. La fotografía apenas muestra el techo del edificio. Solo el inspector de carne y hueso abre la puerta y mira lo que hay dentro.

Queda una última advertencia política. Si los gobiernos venden a su propia gente la idea de que la amenaza ya desapareció, nadie reclamará después corregir el acuerdo. Quien se convence de que ya ganó la guerra deja de pelear por más. Por eso conviene mirar estos 60 días con los ojos bien abiertos porque no son un puente tendido hacia la paz, sino una ventana que alguien dejó abierta de par en par. La pregunta no es si Irán la usará, la historia ya respondió esa parte hace mucho tiempo. La verdadera cuestión es para qué la empleará.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Temas

Deja tu comentario

Te puede interesar